Dios, que tiene todas las disposiciones a su deseo y voluntad, dispuso de una mujer para poner a su Hijo en este mundo. MÁXIMO PRIVILEGIO PARA TODAS LAS MUJERES.

Qué es Mujer - Definición, Significado y Concepto

El 8 de marzo se celebra el Día internacional de la mujer. Dios ha creado al ser humano como varón y mujer: iguales en dignidad y diferentes no para pelearse, sino para complementarse.

La sabiduría del plan de Dios nos exige favorecer el desarrollo de la identidad femenina en reciprocidad y complementariedad con la identidad del varón.

Por eso, la Iglesia está llamada a compartir, orientar y acompañar proyectos de promoción de la mujer con organismos sociales ya existentes, reconociendo el ministerio esencial y espiritual que la mujer lleva en sus entrañas: recibir la vida, acogerla, alimentarla, darla a luz, sostenerla, acompañarla y desplegar su ser de mujer, creando espacios habitables de comunidad y de comunión.

De hecho, en nuestra historia familiar, personal y social, la mujer ha ocupado un lugar valioso e insustituible. El «genio femenino», al que se refería el Papa Juan Pablo II, se ha desplegado con gracia, delicadeza y eficacia: que los varones sepamos agradecerlo, acogerlo y promoverlo; que las mujeres sepan reconocerlo, defenderlo y cultivarlo.

Ofrecemos algunos pensamientos:

«Ser mujer es una forma de estar en la existencia, una actitud ante la vida, un modo de ver el mundo y de relacionarse con él. La mujer actualiza sus facultades y se instala en la realidad desde su propia perspectiva y desde ella interpreta el mundo, le da sentido y se proyecta» (María Dolores Vila-Coro, Jornadas La mujer en el umbral del siglo XXI).

«El amor del hombre es algo aparte en su vida, mientras que el de la mujer es su existencia entera» (Lord Byron).

«Te doy gracias mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas» (Carta del Papa Juan Pablo II, 1995, con motivo de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, en Pekín).

«Dicen que el hombre no es hombre mientras no oye su nombre de labios de una mujer» (Antonio Machado).

«La función de una mujer es laboriosa no porque sea diminuta, sino porque es gigantesca. ¿Cómo es posible que enseñar a los niños de otros la regla de tres sea una carrera profesional importante y grande, mientras que enseñar a los propios hijos todo sobre el universo sea una carrera insignificante y diminuta?» (G.K. Chesterton).

«Sin la mujer, la vida es pura prosa» (Rubén Darío).

«La mujer está aún más lejos de la naturaleza; supone un más alto grado de perfección; está hecha de la carne del varón, y quizás de sus sueños» (Julián Marías).

«Un hombre de noble corazón irá muy lejos, guiado por la palabra gentil de una mujer» (Johann Wolfang Von Goethe).

«La mujer fuerte, ¿quién la hallará? Vale mucho más que las perlas. En ella confía el corazón de su marido y no carece de ganancia» (Proverbios 31, 10).

La identidad de la mujer no puede consistir en ser una copia del hombre; puesto que ella está dotada de cualidades y prerrogativas propias.

Hoy hay una corriente feminista defensora de los derechos de la mujer. La defensa de los derechos de la mujer comenzó cuando San Pablo mandó a los maridos que amen a sus mujeres. Esto era algo inaudito en un mundo en que la mujer no era nada. Incluso algunos filósofos de aquel tiempo dudaban de que la mujer tuviera alma.

En la era pagana la mujer no tenía los mismos derechos que el hombre. Fue el cristianismo el que elevó la mujer de su estado de ignominia haciéndola la reina, festejada, admirada y amada; pues la misión de madre es la más gloriosa de la vida.

Bernabé Tierno reconoce que «fue el cristianismo el que de manera más directa contribuyó a devolver a la mujer toda su dignidad y derechos de igualdad con el hombre» (Bernabé Tierno, Valores humanos, III, Familia, Ed. Taller de editores, Madrid 1994).

Una cosa es la igualdad de derechos ante la ley del hombre y de la mujer, lo cual es justo; y otra que la mujer se ponga a imitar en todo al hombre, perdiendo sus características femeninas que tanto la enriquecen. «Feminismo es aquella cualidad de la mujer por la cual ella se hace atractiva y agradable, y hace agradable y atractivo todo cuanto la rodea» (Enrique Mª Huelin Vallejo, S.J., María en la voz de la Iglesia, II, Rute 1990).

Pretender hacer de la mujer otro hombre es una equivocación. La mujer tiene sus cualidades específicas que no debe perder, y deben ser para ella de gran valor. La familia es el fundamento de la sociedad, y sin verdaderas mujeres no es posible la familia.

A propósito de la igualdad de derechos de hombres y mujeres, con frecuencia se oye añadir el femenino detrás del masculino: alumnos y alumnas, trabajadores y trabajadoras, cantores y cantoras, etc. Esto es necesario cuando el masculino no incluye el femenino: señoras y señores, actores y actrices, poetas y poetisas, etc. Pero generalmente es innecesario, pues en castellano el masculino incluye el femenino. «Todos» incluye «todas». «Todos los hombres» incluye también a «todas las mujeres», pues se refiere a la humanidad entera. En cambio «todas las mujeres» no incluye a «todos los hombres». «Los padres católicos» incluye también a las madres. Pero cuando se habla de «las madres solteras» no se incluye a los padres. Cuando en la misa se dice que Jesucristo redimió a todos los hombres, no excluye a las mujeres. En cambio, cuando se habla de las mujeres que abortan, se habla de las madres abortistas, no de los médicos abortistas. Así es el modo correcto de hablar: el masculino incluye el femenino, pero no viceversa.

El feminismo que reivindica los mismos derechos para la mujer que para el hombre ante la ley, es normal y sano, pues hombre y mujer tienen la misma dignidad como persona humana (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, nº 49). Delante de Dios no hay distinción entre hombre y mujer (San Pablo, Carta a los Gálatas, 3: 28).

Pero hay otro feminismo revanchista que resulta ridículo. Hay mujeres feministas que quieren ocupar el sitio del hombre en todo…

La mujer debe ser mujer. El querer ser como el hombre es una equivocación, pues es considerarse inferior al hombre. Y la mujer no es inferior al hombre, es diferente, que no es lo mismo. El hombre y la mujer son distintos en su cuerpo y en su psicología. Dice la Biblia que Dios «los creó hombre y mujer» (Génesis, 1: 27). No «unisex».

 La feminidad es un gran valor para la mujer.

José María García Escudero, hablando de Lilí Álvarez, que acababa de morir, aquella gran mujer que triunfó como deportista (tenis, motorismo, esquí, etc.) y como escritora católica, defensora de los derechos de la mujer, dice de ella que fue una gran feminista, pero que combatió en «marimachismo», pues lo que engrandece a la mujer es ser muy femenina, no el masculinizarse (Diario ABC, Madrid, 11-VII-98, pág. 44).

Janne Haaland Matlary, la que fue secretaria de Estado para Asuntos Exteriores de Noruega, afirma que la mayoría de las mujeres son madres o desean serlo. Tiene cuatro hijos, cuyas edades oscilan entre los 12 y los 7 años y es catedrática de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Oslo.

En 1995, participó como miembro de la delegación de la Santa Sede en las Conferencias organizadas por las Naciones Unidas en Copenhague (sobre el desarrollo social) y en Pekín (sobre la mujer). Janne publicó un libro en Italia, «Tiempo de florecer. Por un nuevo feminismo» (Mondadori), llamado a convertirse en una especie de manifiesto del feminismo, en el que se declara que ha llegado la hora de que florezcan «las cualidades femeninas» en todos los campos de la vida personal y social y «en todo rincón de la tierra». Y «el feminismo de los años setenta tendía a la negación de la maternidad y a la imitación de los hombres. Esto ha impedido, de hecho, todo desarrollo de las cualidades y de las contribuciones femeninas, así como la aplicación de políticas capaces de ayudar verdaderamente a las mujeres».

Dice Matlary que hay que ir a las raíces, de la cuestión, es decir, «hay que reconocer que los hombres y las mujeres son muy diferentes, tienen talentos diferentes. Además, la mayoría de las mujeres son madres o quieren serlo.

»El desafío consiste en crear una igualdad que tenga en cuenta estas diferencias».

Así opina Juan Pablo ll: «A menudo es penalizado, más que gratificado, el don de la maternidad, al que la humanidad debe su supervivencia. Ciertamente que aún queda mucho por hacer para que el ser mujer y madre no comporte una discriminación. Es urgente alcanzar, en todas partes, la efectiva igualdad de los derechos de la persona y, por tanto, igualdad de salario respecto a igualdad de trabajo, y tutela de la trabajadora-madre» (Juan Pablo II, Mulieris dignitatem, nº 4). También dice en Mulieris dignitatem (nn. 10, 14, 26 y 27), «la mujer no puede convertirse en objeto de placer y explotación, pero tampoco debe invadir el terreno propio del hombre, masculinizándose y apropiándose de las características masculinas, y haciéndose un marimacho».

«La igualdad de derechos de la mujer y el hombre no debe consistir en su masculinización, en deterioro de los auténticos valores femeninos». Y «la identidad de la mujer no puede consistir en ser una copia del hombre; puesto que ella está dotada de cualidades y prerrogativas propias, que le confieren una personalidad autónoma, que siempre se ha de promover y alentar» (Juan Pablo II, Diario ABC, Madrid, 7-XII-95, pág. 64).