Un escrito de Alfonso López Quintás

(Fuente: Análisis digital)

El tirano no lo tiene fácil en una democracia. Quiere dominar al pueblo, y debe hacerlo de forma dolosa para que las gentes no lo adviertan, pues lo que prometen los gobernantes en una democracia es, ante todo, libertad. En las dictaduras se promete eficacia, a costa de las libertades. En las democracias se prometen cotas nunca alcanzadas de libertad aun a costa de la eficacia. ¿Qué medios tiene en su mano el tirano para someter al pueblo mientras lo convence de que es más libre que nunca?

Ese medio es el lenguaje. El lenguaje es el mayor don que posee el hombre, pero el más arriesgado. Es ambivalente: el lenguaje puede ser tierno o cruel, amable o displicente, difusor de la verdad o propalador de la mentira. El lenguaje ofrece posibilidades para descubrir en común la verdad, y facilita recursos para tergiversar las cosas y sembrar la confusión. Con sólo conocer tales recursos y manejarlos hábilmente, una persona poco preparada pero astuta puede dominar fácilmente a personas y pueblos enteros si éstos no están sobre aviso. Para comprender el poder seductor del lenguaje manipulador debemos estudiar cuatro puntos: los términos, los esquemas, los planteamientos y los procedimientos. Veamos hoy los dos primeros.

A) Los términos

El lenguaje crea palabras, y en cada época de la historia algunas de ellas se cargan de un prestigio especial de forma que nadie osa ponerlas en tela de juicio. Son palabras «talismán», que parecen condensar en sí todas las excelencias de la vida humana. En los siglos XVI y XVII se consideró como talismán el término «orden». Proceder con orden era proceder bien. Quien instaura orden en la vida es la razón. Este vocablo fue considerado como talismán en el siglo XVIII. Mediante el ejercicio de la razón se llegó a finales del siglo a glorificar la revolución como una vía de progreso. En todo el siglo XIX, el término talismán por excelencia fue el de revolución. Todavía hoy, el término «reaccionario» está lastrado con una connotación negativa.

La palabra talismán del siglo XX fue libertad. Una palabra talismán tiene el poder de prestigiar las palabras que se le avecinan y desprestigiar a las que se le oponen o parecen oponérsele. Hoy se da por supuesto —el manipulador nunca demuestra nada, da por supuesto lo que le conviene— que censura —todo tipo de censura— se opone siempre a libertad (término que el manipulador no se cuida nunca de matizar). En consecuencia, la palabra censura se halla actualmente desprestigiada hasta el punto de que apenas hay quien se detenga a pensar que, en casos, algún tipo de censura mejoraría la calidad de los productos que se ofrecen al espíritu de las gentes. En cambio, las palabras independencia, autonomía, democracia, cogestión y otras afines van unidas con la palabra libertad y quedan convertidas, por ello, en una especie de términos talismán por adherencia.

El manipulador saca amplio partido de este poder de los términos talismán. Sabe que, al introducirlos en un discurso, el pueblo queda intimidado, no ejerce su poder crítico, acepta ingenuamente lo que se le proponga. Cuando, en España, se legalizó el aborto en tres supuestos, el ministro responsable de tal ley intentó justificarla con este razonamiento: «La mujer tiene un cuerpo y hay que darle libertad para disponer de ese cuerpo y de cuanto en él acontezca». La afirmación de que «la mujer tiene un cuerpo» está pulverizada por la mejor Antropología filosófica desde hace casi un siglo. Ni la mujer ni el varón tenemos cuerpo; somos corpóreos. Y no se olvide que entre ambas expresiones media un abismo. El verbo tener es adecuado cuando se refiere a realidades poseíbles, es decir, a objetos. Pero el cuerpo humano, el de la mujer y el del varón, no es algo poseíble de lo que podamos disponer; es una vertiente de nuestro ser personal, como lo es el espíritu. Te doy la mano para saludarte y sientes en ella la vibración de mi afecto personal. Es toda mi persona la que te sale al encuentro. El hecho de que en la palma de mi mano vibre mi ser personal entero pone al trasluz que el cuerpo no es un objeto. No hay objeto, por excelente que sea, que tenga ese poder. El ministro intuyó sin duda que la frase «la mujer tiene un cuerpo» es demasiado endeble para sostenerse en el estado actual de la investigación filosófica, y, para dar fuerza a su argumento, introdujo inmediatamente el término talismán libertad: «Hay que conceder libertad a la mujer para disponer de su cuerpo…» Sabía que, con la mera utilización de ese término supervalorado en el momento actual, millones de personas iban a replegarse tímidamente y a decirse: «No te opongas a esta proposición, porque está la libertad en juego y serás tachado de antidemócrata, de fascista, de ultra». Y así sucedió, efectivamente.

Si queremos ser de verdad libres interiormente, debemos perder el miedo al lenguaje manipulador y matizar el sentido de las palabras. El ministro no indicó a qué tipo de libertad se refería, porque la primera ley del demagogo es no matizar el lenguaje. De hecho, aludía a la «libertad de maniobra», la libertad —en este caso— de maniobrar cada uno a su antojo respecto a la vida naciente: respetarla o eliminarla (nivel 1). La «libertad de maniobra» no es propiamente una forma de libertad; es, más bien, una condición para ser libre. Uno comienza a ser libre con libertad interior cuando, pudiendo elegir entre diversas posibilidades —«libertad de maniobra»— opta por aquellas que le permiten desarrollar su personalidad de modo cabal —libertad creativa—. Pero una persona que utilice esa libertad de maniobra en contra del germen de vida que marcha aceleradamente hacia la plena constitución de un ser humano, ¿se orienta hacia la plenitud de su ser personal? Vivir personalmente es vivir fundando relaciones comunitarias, creando vínculos. El que rompe los vínculos fecundísimos con la vida que nace destruye de raíz su poder creador y bloquea su desarrollo como persona.

Todo esto se ve claramente cuando se reflexiona. Pero el demagogo, el tirano, el que desea conquistar el poder por la vía rápida de la manipulación opera con extrema celeridad para no dar tiempo a pensar y someter a reflexión detenida cada uno de los temas. Por eso no se detiene nunca a matizar los conceptos y justificar lo que afirma; lo da todo por consabido y lo expone con términos ambiguos, faltos de precisión. Ello le permite destacar, en cada momento, el aspecto de los conceptos que le interesa para sus fines. Cuando subraya un aspecto, lo hace como si fuera el único, como si todo el alcance de un concepto se limitara a esa vertiente. De esa forma evita que las gentes a las que se dirige tengan suficientes elementos de juicio para clarificar las cuestiones por sí mismas y hacerse una idea serena y bien aquilatada de las cuestiones tratadas. Al no poder profundizar en una cuestión, el hombre está predispuesto a dejarse arrastrar. Es un árbol sin raíces que lo lleva cualquier viento, sobre todo si este sopla a favor de las propias tendencias elementales. Para facilitar su labor de arrastre y seducción, el manipulador halaga las tendencias innatas de las gentes y se esfuerza en cegar su sentido crítico.

Toda forma de manipulación es una especie de malabarismo intelectual. Un mago, un ilusionista o prestidigitador, hace trueques sorprendentes que parecen «mágicos» porque realiza movimientos muy rápidos que el público no percibe. El demagogo procede, asimismo, con meditada precipitación, a fin de que las multitudes no adviertan sus trucos intelectuales y acepten como posibles los escamoteos más inverosímiles de conceptos. Un manipulador proclama, por ejemplo, ante las gentes que «les ha devuelto las libertades», pero no se detiene a precisar a qué tipo de libertades se refiere: si a las libertades de maniobra, que pueden llevar a experiencias de fascinación, que despeñan al hombre hacia la asfixia, o a la libertad para ser creativos y realizar experiencias de encuentro, que lo lleva al pleno desarrollo de su personalidad. Basta pedirle a un demagogo que matice un concepto para desvirtuar sus artes hipnotizadoras.

En verdad, tenía razón Ortega y Gasset al advertir: «¡Cuidado con los términos, que son los déspotas más duros que la Humanidad padece!». Un estudio, por somero que sea, del lenguaje nos revela que «las palabras son a menudo en la historia más poderosas que las cosas y los hechos» (Cf. Martin Heidegger: Nietzsche I, Neske, Pfullingen 1961, p. 400).



B) Los esquemas mentales

Una alumna manifestó un día en clase lo siguiente: «En la vida hay que escoger: o somos libres o aceptamos normas; o actuamos conforme a lo que nos sale de dentro o conforme a lo que nos viene impuesto de fuera. Como yo quiero ser libre, dejo de lado las normas». Obviamente, esta joven entendía el esquema libertad-norma como un dilema. En consecuencia, para ser auténtica —actuando con libertad interior— se sentía obligada a prescindir de cuanto le habían dicho desde fuera acerca de normas morales, dogmas religiosos, prácticas piadosas, etc. Con ello se alejaba de la moral y la religión de sus mayores y hacía imposible toda actividad verdaderamente creativa.

He aquí el poder temible de los esquemas mentales. Si un manipulador te sugiere que para ser autónomo en tu obrar debes dejar de ser heterónomo y no aceptar norma alguna de conducta que te venga propuesta del exterior, dile que es verdad, pero solo en un caso: cuando actuamos de modo pasivo, no creativo. Tus padres te piden que hagas algo, y tú obedeces forzado. Entonces no actúas autónomamente. Pero suponte que percibes el valor de lo que te sugieren y lo asumes como propio. Esa actuación tuya es a la vez autónoma y heterónoma, porque es creativa.

Cuando era todavía muy niño, mi madre me dijo un día: «Toma este bocadillo y dáselo al pobre que llamó a la puerta». Yo me resistí porque era un señor de barba larga y me daba miedo. Mi madre insistió: «No es un delincuente; es un necesitado. Vete y dáselo». Mi madre quería que yo me adentrara en el campo de irradiación del valor de la piedad. El valor de la piedad me venía sugerido desde fuera, pero no impuesto. Al reaccionar positivamente ante esta sugerencia de mi madre, fui asumiendo poco a poco el valor de la piedad hasta que se convirtió en una voz interior. Con ello, este valor dejó de estar fuera de mí para convertirse en el impulso interno de mi obrar. En esto consiste el proceso formativo. El educador nos adentra en el área de imantación de los grandes valores, y nosotros los vamos asumiendo como algo propio, como lo más profundo y valioso de nuestro ser.

Ahora vemos con claridad la importancia decisiva de los esquemas mentales. Un especialista en revoluciones y conquista del poder, José Stalin, afirmó lo siguiente: «De todos los monopolios de que disfruta el Estado, ninguno será tan crucial como su monopolio sobre la definición de las palabras. El arma esencial para el control político será el diccionario». Nada más cierto, a condición de que veamos los términos dentro del marco dinámico de los esquemas, que son el contexto en el que juegan su papel expresivo.

Tomar distancia frente al poder que tienen los esquemas mentales de orientar nuestro dinamismo espiritual es condición indispensable para ser libres y creativos. Lo veremos de forma impresionante a través de la siguiente experiencia:

Comienzo una clase de ética de esta forma: «Convendrán ustedes conmigo en que debemos actuar con criterios propios y no dejarnos conducir desde fuera, a modo de marionetas. Para realizarnos como personas, debemos ser autónomos, obrar conforme a los cánones de vida que hayamos elaborado dentro de nosotros, en nuestro interior. Tengamos en cuenta que dentro se opone a fuera, e interior, a exterior. Ordenemos en columnas los términos subrayados y sus antónimos, para mayor claridad:

Propio – ajeno, extraño,

autónomo – heterónomo,

interior – exterior,

dentro – fuera».


Este punto de partida suele ser aceptado sin discusión por los alumnos ya que los términos subrayados sugieren una actitud de autenticidad. Prosigo mi alocución: «Lo que nos viene dado de fuera y propuesto como norma de acción, impulso y meta de la existencia es algo distinto de nosotros y, en principio, distante, externo, extraño y ajeno a nuestra vida. Si lo que nos viene propuesto de fuera es tomado obedientemente por nosotros como cauce y norma de acción, nos aliena —o enajena— y torna inauténticos. ¿Admiten ustedes todo esto?». Los alumnos permanecen en silencio, un tanto perplejos. Yo entonces agrego rápidamente: «Si lo aceptan, sean consecuentes y apresúrense a dejar de lado, como se deja un vestido que se ha quedado corto y ridículo, cuanto han recibido de fuera en cuanto a convicciones éticas, creencias religiosas, usos y costumbres, criterios estéticos…» En ese momento los alumnos presienten que se hallan ante un abismo, pues la mayoría de nuestras ideas básicas nos han venido sugeridas de fuera. Yo entonces pongo las cartas boca arriba, les confieso que los estaba manipulando y, para que abran bien los ojos, les hago esta pregunta decisiva: «¿En qué momento de mi discurso debieron ustedes levantar la mano y pedirme que matizara debidamente las afirmaciones que estaba haciendo?».  Si nadie responde, agrego: «Cuando indiqué que fuera se opone a dentro, e interior, a exterior. Si se opone siempre, no podemos interiorizar lo que nos viene propuesto, con lo cual lo propuesto se convierte en impuesto. Al plegarnos a ello en nuestra actividad, nos convertimos en marionetas, ya que perdemos nuestra iniciativa personal y nos alienamos. Para ser autónomos en nuestro obrar, no tenemos otra salida que rechazar toda aportación externa y atenernos a criterios elaborados por nosotros en nuestra interioridad. Este partir de cero nos dejaría desconectados de las realidades que nos ofrecen posibilidades creativas en el aspecto estético, ético y religioso».

Por fortuna, lo exterior se opone a lo interior solamente en el nivel 1, no en el nivel 2. Si una realidad distinta y externa a mí me ofrece posibilidades de juego, las asumo activamente y las convierto en el principio interno de mi obrar, deja de serme externa y se convierte en íntima, en una especie de voz interior. Es la transfiguración propia del nivel 2.

Queda claro que la atención a los distintos niveles en que podemos movernos nos permite delatar ciertas formas muy peligrosas de manipulación.