“¡Familia, sé lo que eres!”

(San Juan Pablo II)

 

 

 

Podemos tomar como ejemplo, la Sagrada Familia: San José, la Santísima Virgen María y Jesús. Como hombre, esta fue la familia donde creció Jesús. Ahí aprendió y se formó.

 

                 

 

 

«Fundada por el Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad conyugal de vida y amor se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable. Así, del acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la sociedad, una institución confirmada por la ley divina. Este vínculo sagrado, en atención al bien tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisión humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio, al cual ha dotado con bienes y fines varios, todo lo cual es de suma importancia para la continuación del género humano, para el provecho personal de cada miembro de la familia y su suerte eterna, para la dignidad, estabilidad, paz y prosperidad de la misma familia y de toda la sociedad humana. Por su índole natural, la institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con su corona propia. De esta manera, el marido y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6), con la unión íntima de sus personas y actividades se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren conciencia de su unidad y la logran cada vez más plenamente. Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad» (Gaudium et spes,

n. 48,1).

La familia no es solo una institución de derecho natural, con contenidos bien precisos, sino también una institución social que influye poderosa y positivamente en la formación total de todos aquellos que la integran, siempre y cuando la vida de la familia responda a una concepción rica de valores humanos, sociales y culturales.

Cuando la familia es una institución viva y compacta y está llena de contenido influye vigorosa y fuertemente en el concierto de la vida social. Más aún, ella es el fundamento y, en cierto sentido, el tipo de la sociedad.

El matrimonio y la familia contienen dentro de sí todos los valores humanos necesarios para reconstruir una sociedad. Defender la familia, es defender nuestra felicidad.

La familia es ese lugar querido por Dios para cada persona, donde pueda desarrollarse en un ambiente de amor, de aceptación, cariño y confianza.

La familia es el ámbito donde el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral.

En el hogar es donde se aprende a vivir verdaderamente, a valorar la vida y la salud, la

libertad y la paz, la justicia y la verdad, el trabajo, la concordia y el respeto.

La familia es la primera y principal escuela de humanidad: es la mejor e imprescindible transmisora de los valores, educadora en las virtudes, lugar donde se aprende a amar, y guía en la búsqueda de la verdad.

La familia es la primera escuela para ejercitar el amor, la participación, la autorrealización de la personalidad de cada uno de sus miembros, con manifiesta vocación de servicio a los demás tendente al logro del bien común en la sociedad.

La familia ocupa un lugar primario en la educación de la persona. Es una verdadera escuela de humanidad y de valores perennes.

Victòria Cardona, educadora familiar, sostiene que «la familia, núcleo de la sociedad, es escuela de valores donde se educan, por contagio, todos los que la integran. Es en la familia donde se crean vínculos afectivos, donde se quiere a cada uno por lo que es, con cualidades y defectos. Nuestra familia es el espacio de la intimidad. Somos conocidos totalmente, no necesitamos de ningún ‘curriculum’ para que nos aprecien. Esto influye para que sea el ámbito propicio, donde, gracias a la convivencia, se aprendan unos valores que perduran siempre».

En el Génesis se lee: «Y Dios los bendijo diciéndoles: ‘sed fecundos y multiplicaos y

henchid la tierra y sometedla’» (Gn. 1,28).

Los hijos son un don.

Debemos quitarnos de la vista la gran mentira del mundo que quiere hacernos ver a los hijos como una carga y como una amenaza.

La familia tiene como misión el ser fecunda.

Grabemos en nuestra cabeza y en nuestro corazón esta verdad fundamental: no hay amor verdadero si este no está abierto a la vida.

En los planes de Dios está el que los esposos sean fecundos.

Los esposos egoístas contribuyen a que el mundo sea más egoísta; los esposos generosos con la vida, son sembradores de vida y esperanza.

Los hijos son el encanto de los hogares, la alegría y la ternura de los padres, los perpetuadores de su nombre, el estímulo de sus trabajos, el consuelo de sus sufrimientos y la esperanza de su vejez.

Los niños fortalecen el amor de sus padres.

Los hijos enriquecen el amor conyugal. Hacen superar el egoísmo.

Los padres tienen la misión de educar a sus hijos para el amor: para el amor a Dios y al prójimo, para el amor a sus hermanos, para el amor a la patria. Hay que educarlos en las virtudes, pues nadie es bueno si no es virtuoso. Hay que educarlos en los valores esenciales de la vida humana.

Toda familia puede convertirse, si quiere ser dócil a los designios de Dios, en una escuela de perfecta humanidad; porque en ella: los hijos dan a sus padres: amor, respeto y obediencia; y los padres dan a sus hijos: autoridad, seguridad y educación afectiva, psicológica y espiritual.

La misión de la familia, ante un mundo en permanente cambio, es proporcionar a los hijos sentimientos de arraigo y seguridad, elevar su autoestima y sentimiento de competencia, ofrecerles ejemplos y modelos válidos, dignos de imitar.

La familia es la célula biológica de la sociedad. Esto quiere decir, que una nación, un país, vive y crece en la medida en que tiene familias que viven y crecen y dan origen a nuevas familias. Una sociedad perfecta, como es una nación, no vive de individuos sino de familias.

La familia es la célula moral de la sociedad. Con esto queremos decir que es en la familia donde el ser humano, varón o mujer, adquiere las fuerzas espirituales y morales, que luego podrá difundir en la sociedad.

La familia es la célula cultural de la sociedad. Una nación se identifica y se distingue de las demás por sus valores culturales: cantos, bailes, lengua, usanzas, vestimentas, pintura,

arquitectura, historia, instituciones. Pero, ¿qué es lo que permite que una cultura se mantenga y se transmita? ¿Qué mantiene viva la lengua, los ritos, las leyendas, las costumbres? No es el Estado sino la familia.

La familia es el lugar donde se transmite la fe. La fe nos viene por la Sagrada Escritura, la Tradición y la autoridad de la Iglesia que es Madre y Maestra. Pero la primera catequesis de los niños se recibe en la familia; allí se les enseña a invocar a Dios, se aprende el dulce nombre de la Virgen, escuchan hablar por vez primera de la Iglesia. Por esto es muy

importante que los padres se preparen, porque —lo quieran o no— siempre son catequistas de sus hijos (con su palabra o con su ejemplo).

La familia es un lugar de oración y de vida sobrenatural. San Pablo VI (Fue proclamado

santo por el Papa Francisco en octubre de 2018) decía a los padres: «Madres, ¿enseñáis a vuestros niños las oraciones del cristiano? (…) ¿Los acostumbráis, si están enfermos, a pensar en Cristo que sufre? ¿A invocar la ayuda de la Virgen y de los santos? ¿Rezáis el Rosario en familia? Y vosotros padres, ¿sabéis rezar con vuestros hijos, con toda la comunidad doméstica, al menos alguna vez? Vuestro ejemplo, en la rectitud del pensamiento y de la acción, apoyado por alguna oración común vale una lección de vida, vale un acto de culto de un mérito singular; lleváis de este modo la paz al interior de los muros domésticos: ‘Paz a esta casa’. Recordad: así edificáis la Iglesia».

Para San Juan Pablo II (El Papa Francisco le declaró santo en abril de 2014), «la familia

posee vínculos vitales y orgánicos con la sociedad, porque constituye su fundamento y alimento continuo mediante su función de servicio a la vida. En efecto, de la familia nacen los ciudadanos, y estos encuentran en ella la primera escuela de esas virtudes sociales, que son el alma de la vida y del desarrollo de la sociedad misma» (Familiaris consortio, n. 42,2).

San Juan Pablo II afirma más adelante en dicha exhortación apostólica que «la misma experiencia de comunión y participación, que debe caracterizar la vida diaria de la familia, representa su primera y fundamental aportación a la sociedad.

»Las relaciones entre los miembros de la comunidad familiar están inspiradas y guiadas por la ley de la ‘gratuidad’ que, respetando y favoreciendo en todos y cada uno la dignidad personal como único título de valor, se hace acogida cordial, encuentro y diálogo, disponibilidad desinteresada, servicio generoso y solidaridad profunda.

»Así la promoción de una auténtica y madura comunión de personas en la familia se convierte en la primera e insustituible escuela de socialidad, ejemplo y estímulo para las relaciones comunitarias más amplias en un clima de respeto, justicia, diálogo y amor.

»De este modo, como han recordado los Padres Sinodales, la familia constituye el lugar natural y el instrumento más eficaz de humanización y de personalización de la sociedad: colabora de manera original y profunda en la construcción del mundo, haciendo posible una vida propiamente humana, en particular custodiando y transmitiendo las virtudes y los ‘valores’ . Como dice el Concilio Vaticano II, en la familia ‘las distintas generaciones coinciden y se ayudan mutuamente a lograr una mayor sabiduría y a armonizar los derechos de las personas con las demás exigencias de la vida social’» (Familiaris consortio, n. 43,1-4).

Finalizamos con el n. 44, 2 y 5 de la citada exhortación en el que San Juan Pablo II asevera:

«Las familias, tanto solas como asociadas, pueden y deben por tanto dedicarse a muchas obras de servicio social, especialmente en favor de los pobres y de todas aquellas personas y situaciones, a las que no logra llegar la organización de previsión y asistencia de las autoridades públicas» (n. 44,2).

«La función social de las familias está llamada a manifestarse también en la forma de intervención política, es decir, las familias deben ser las primeras en procurar que las leyes y las instituciones del Estado no solo no ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos y los deberes de la familia» (n. 44,5).

La familia es insustituible para la pedagogía social: ella enseña a una persona a ser buen ciudadano, porque: al respetar a sus padres y hermanos un niño aprende a respetar a su patria; al aprender a proteger a sus hijos y a su esposa un hombre aprende a sacrificarse por su tierra; al practicar la sinceridad con su familia, la sociabilidad con sus padres y hermanos, el sacrificio, la pobreza y el dolor, etc., todo varón y toda mujer cultivan las virtudes que necesita nuestra sociedad.

Pero la familia también recibe el influjo de las múltiples instituciones y fuerzas sociales (Estado, cultura, ciencia…) que pueden contribuir a su auge y solidez o a su debilidad y decadencia.

La familia es el ámbito más próximo tanto biológica como espiritualmente hablando, de la persona humana individual y concreta, a la cual pertenece primariamente la titularidad de los derechos de índole natural. La conveniencia de comprender esta tesis resulta en la actualidad tanto más clara cuanto que no es lícito desconocer que hoy por hoy se ataca a la familia desde muy varios frentes y que existe, por otra parte, una fuerte tendencia a absorber los derechos de la persona humana individual en los cometidos propios de la sociedad en su conjunto y del Estado como su gestor y promotor.

San Juan Pablo II nos dice en la Familiaris consortio (n. 45,2) que «ciertamente la familia

y la sociedad tienen una función complementaria en la defensa y en la promoción del bien de todos los hombres y de cada hombre. Pero la sociedad, y más específicamente el Estado, deben reconocer que la familia es una ‘sociedad que goza de un derecho propio y primordial’ y por tanto, en sus relaciones con la familia, están gravemente obligados a atenerse al principio de subsidiaridad».

San Juan Pablo II nos sigue diciendo que «en virtud de este principio, el Estado no puede ni debe substraer a las familias aquellas funciones que pueden igualmente realizar bien, por sí solas o asociadas libremente, sino favorecer positivamente y estimular lo más posible la iniciativa responsable de las familias. Las autoridades públicas, convencidas de que el bien de la familia constituye un valor indispensable e irrenunciable de la comunidad civil, deben hacer cuanto puedan para asegurar a las familias todas aquellas ayudas —económicas, sociales, educativas, políticas, culturales— que necesitan para afrontar de modo humano todas sus responsabilidades» (Familiaris consortio, n. 45,3).

En How to avoid the Future (Cómo evitar el futuro), el escritor inglés Gordón R. Taylor (1911-1981) publicó hace algunos años unas interesantes reflexiones sobre la familia, que fueron recogidas en el diario alemán Die Welt:

«La familia es el microcosmos de la sociedad; una familia en la cual los niños pueden hacer casi todo, significa preparar una sociedad en la cual casi todo es posible; una familia desordenada, significa una sociedad caótica; una familia llena de odio, equivale a una sociedad de gentes que se odian; una familia que está a punto de romperse da lugar a una sociedad que está a punto de quebrar».

Taylor recordaba también una experiencia vieja como el hombre, aunque la presentaba con lenguaje actual: «Los psicólogos han elaborado modelos que explican cómo se forma la conciencia de los niños, como producto de la aceptación e interiorización del ejemplo de los padres». Y el escritor inglés hacía ver que el problema de la disgregación familiar es hoy «el más importante de la sociedad, más que los problemas políticos y económicos, en los que nuestros líderes emplean la mayor parte de su tiempo».

Para Victòria Cardona, «todos los padres queremos que nuestros hijos sean felices. Los hijos lo serán en la medida que vean que sus padres lo son. La mejor referencia es la vida de los padres».

La familia, como principio y fundamento de la sociedad, ha sido consagrada en los textos

internacionales, pero lo mismo ha sucedido con los derechos humanos, y no por ello es menor su continua conculcación.

En esta actual crisis de la familia no es tanto por falta de ideales cuanto por un error radical en la base misma desde la que se persiguen esos ideales de mejora. Y este radical yerro de la base conduce a las más diversas alternativas sexuales, matrimoniales y familiares, al empobrecimiento de los lazos humanos y a la conciencia de frustración.

La pérdida de identidad personal del hombre (en su masculinidad y en su feminidad) es la causa de la pérdida de identidad del matrimonio y de la familia.

Lo que está en juego, en el trasfondo de la crisis de la familia, es el rescate de la naturaleza natural del hombre, la salvaguardia de su condición y dignidad de persona humana, única e irrepetible, libre y responsable de sus actos. Cual sea la naturaleza de la persona humana, tal la del matrimonio y tal la de la familia. Cual sea la familia, tal la sociedad, tal el hombre. Reconstruir el matrimonio y la familia —en consecuencia, la entera sociedad— a la luz de las exigencias de la dignidad personal del hombre, esa es la cuestión.

El Papa Francisco durante el rezo del Ángelus del 31 de diciembre de 2017, fiesta de la

Sagrada Familia, afirmó: «Cada vez que una familia, también las que están heridas o marcadas por la fragilidad, el fracaso o la dificultad, regresa a la fuente de la experiencia cristiana, se abren caminos nuevos y posibilidades impensables».

Defendamos a nuestras Familias por medio de la atención diaria a sus necesidades, afecto, comprensión y un deseo inmenso de buscar siempre y en todo momento su bienestar, no nos arrepentiremos. No nos dejemos llevar por los dichos populares, no siempre son sabios. Ni nos dejemos llevar por las propagandas de los medios de comunicación.

«El bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar. Por eso los cristianos, junto con todos lo que tienen en gran estima a esta comunidad, se alegran sinceramente de los varios medios que permiten hoy a los hombres avanzar en el fomento de esta comunidad de amor y en el respeto a la vida y que ayudan a los esposos y padres en el cumplimiento de su excelsa misión; de ellos esperan, además, los mejores resultados y se afanan por promoverlos» (Gaudium et spes, n. 47,1).

La familia es la única institución que puede sembrar unidad en este mundo dividido.

La familia nace de la unión de un hombre y una mujer, de manera firme, permanente e indisoluble. Esta unión está llamada a renovarse día a día, con sacrificios y entregas, con el vencimiento de cada uno de los cónyuges, para ser cada día más del otro.

Esta unidad se «extiende» a los propios hijos, y, sin detenerse en ellos, llega a los demás familiares. De este modo la familia es una comunidad de amor entre aquellos que tienen vínculos de carne y sangre: padres, hijos, hermanos, abuelos. Y en la familia cristiana esto

se hace más fuerte todavía, porque en ella está presente la gracia de Cristo, la cual es, como dice Santo Tomás, «gracia fraterna», es decir, gracia que vincula a los creyentes entre sí, y con Cristo y con la Iglesia. Por eso se llama a la familia «iglesia doméstica».

Concluimos con unas palabras del Papa Francisco, pronunciadas en el Ángelus del 29 de

diciembre de 2013: «Invoquemos con fervor a María santísima, la Madre de Jesús y Madre nuestra, y a san José, su esposo. Pidámosles a ellos que iluminen, conforten y guíen a cada familia del mundo, para que puedan realizar con dignidad y serenidad la misión que Dios les ha confiado».

                                            

 

 

 

___________________________________________________

Clasificación de los documentos… pontificios, documentos del Concilio Vaticano II y escritos… de algunos Papas:

 

https://www.corazones.org/articulos/clasificacion_documentos_pontificios.htm

https://es.wikipedia.org/wiki/Constituci%C3%B3n_apost%C3%B3lica

http://encuentra.com/biografia/los_tipos_de_documentos_y_mensajes_papales14490/

https://www.corazones.org/articulos/magisterio_niveles.htm

http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/index_sp.htm

http://www.familiam.org/pls/pcpf/V3_S2EW_CONSULTAZIONE.mostra_pagina?id_pagina=9848

http://www.vatican.va/themes/famiglia_test/santopadre_sp.htm

https://www.aciprensa.com/noticias/las-familias-no-son-piezas-de-museo-recordo-el-papa-francisco-53714

https://www.benedictinas.cl/documentos-del-papa-francisco/

https://w2.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals.index.html

https://www.unav.edu/documents/58292/5834876/PAPA+FRANCISCO+FAMILIA.pdf

http://www.lafamilia.info/familia-y-valores/las-mejores-frases-del-papa-francisco-sobre-la-familia

https://www.aciprensa.com/noticias/que-es-la-familia-responde-el-papa-francisco-44300

https://www.aciprensa.com/juanpabloii/pensamientos.htm#3

https://www.conferenciaepiscopal.es/JuanPabloII/juanPablo/documentos.htm

http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es.html

https://www.revistaecclesia.com/la-familia-segun-benedicto-xvi-2/

https://opusdei.org/es-es/article/benedicto-xvi-habla-sobre-la-familia/

http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es.html

http://w2.vatican.va/content/leo-xiii/es.html

http://w2.vatican.va/content/pius-ix/es.html

http://w2.vatican.va/content/pius-x/es/encyclicals.index.html

http://w2.vatican.va/content/pius-xi/es.html

https://w2.vatican.va/content/pius-xii/es.html

http://w2.vatican.va/content/john-xxiii/es/encyclicals.index.html

https://w2.vatican.va/content/paul-vi/es/encyclicals.index.html

http://w2.vatican.va/content/john-paul-i/es.html

http://www.vatican.va/offices/papal_docs_list_sp.html