Un escrito de Cristina Cendoya

El matrimonio es una sabia institución del Creador para realizar su designio de amor en la humanidad

La unión conyugal tiene su origen en Dios, quien al crear al hombre lo hizo una persona que necesita abrirse a los demás, con una necesidad de comunicarse y que necesita compañía. «No está bien que el hombre esté solo, hagámosle una compañera semejante a él» (Gen. 2, 18). «Dios creó al hombre y a la mujer a imagen de Dios, hombre y mujer los creó, y los bendijo diciéndoles: Procread, y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla» (Gen. 1, 27- 28). Desde el principio de la creación, cuando Dios crea a la primera pareja, la unión entre ambos se convierte en una institución natural, con un vínculo permanente y unidad total (Mt. 19, 6). Por lo que no puede ser cambiada en sus fines y en sus características, ya que de hacerlo se iría contra la propia naturaleza del hombre. El matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o consecuencia de instintos naturales inconscientes.

El matrimonio es una sabia institución del Creador para realizar su designio de amor en la humanidad. Por medio de él, los esposos se perfeccionan y crecen mutuamente y colaboran con Dios en la procreación de nuevas vidas.

El matrimonio para los bautizados es un sacramento que va unido al amor de Cristo su Iglesia, lo que lo rige es el modelo del amor que Jesucristo le tiene a su Iglesia (Cfr. Ef. 5, 25-32). Solo hay verdadero matrimonio entre bautizados cuando se contrae el sacramento.

El matrimonio se define como la alianza por la cual, —el hombre y la mujer— se unen libremente para toda la vida con el fin de ayudarse mutuamente, procrear y educar a los hijos. Esta unión —basada en el amor— que implica un consentimiento interior y exterior, estando bendecida por Dios, al ser sacramental hace que el vínculo conyugal sea para toda la vida. Nadie puede romper este vínculo (Cfr. CIC, can. 1055).

En lo que se refiere a su esencia, los teólogos hacen distinción entre el casarse y el estar casado. El casarse es el contrato matrimonial y el estar casado es el vínculo matrimonial indisoluble.

El matrimonio posee todos los elementos de un contrato. Los contrayentes que son el hombre y la mujer. El objeto que es la donación recíproca de los cuerpos para llevar una vida marital. El consentimiento que ambos contrayentes expresan. Unos fines que son la ayuda mutua, la procreación y educación de los hijos.

Institución

Hemos dicho que Dios instituyó el matrimonio desde un principio. Cristo lo elevó a la dignidad de sacramento a esta institución natural deseada por el Creador. No se conoce el momento preciso en que lo eleva a la dignidad de sacramento, pero se refería a él en su predicación. Jesucristo explica a sus discípulos el origen divino del matrimonio. «¿No habéis leído, cómo Él, que creó al hombre al principio, lo hizo varón y mujer? Y dijo: Por ello dejará a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne?» (Mt. 19, 4-5). Cristo en el inicio de su vida pública realiza su primer milagro —a petición de su Madre— en las Bodas de Caná (Cfr. Jn. 2, 1-11). Esta presencia de Él en un matrimonio es muy significativa para la Iglesia, pues significa el signo de que —desde ese momento— la presencia de Cristo será eficaz en el matrimonio. Durante su predicación enseñó el sentido original de esta institución. «Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre» (Mt. 19, 6). Para un cristiano la unión entre el matrimonio —como institución natural— y el sacramento es total. Por lo tanto, las leyes que rigen al matrimonio no pueden ser cambiadas arbitrariamente por los hombres.

Fines del Matrimonio

Los fines del matrimonio son el amor y la ayuda mutua, la procreación de los hijos y la educación de estos (Cfr. CIC, n. 1055; Familiaris consortio, nn. 18; 28).

El hombre y la mujer se atraen mutuamente, buscando complementarse. Cada uno necesita del otro para llegar al desarrollo pleno —como personas—  expresando y viviendo profunda y totalmente su necesidad de amar, de entrega total. Esta necesidad lo lleva a unirse en matrimonio, y así construir una nueva comunidad fecunda de amor, que implica el compromiso de ayudar al otro en su crecimiento y a alcanzar la salvación. Esta ayuda mutua se debe hacer aportando lo que cada uno tiene y apoyándose el uno al otro. Esto significa que no se debe imponer el criterio o la manera de ser al otro, que no surjan conflictos por no tener los mismos objetivos en un momento dado. Cada uno se debe aceptar al otro como es y cumplir con las responsabilidades propias de cada quien.

El amor que lleva a un hombre y a una mujer a casarse es un reflejo del amor de Dios y debe ser fecundo (Cfr. Gaudium et spes, n. 50).

Cuando hablamos del matrimonio como institución natural, nos damos cuenta que el hombre o la mujer son seres sexuados, lo que implica una atracción a unirse en cuerpo y alma. A esta unión la llamamos «acto conyugal». Este acto es el que hace posible la continuación de la especie humana. Entonces, podemos deducir que el hombre y la mujer están llamados a dar vida a nuevos seres humanos, que deben desarrollarse en el seno de una familia que tiene su origen en el matrimonio. Esto es algo que la pareja debe aceptar desde el momento que decidieron casarse. Cuando uno escoge un trabajo —sin ser obligado a ello— tiene el compromiso de cumplir con él. Lo mismo pasa en el matrimonio, cuando la pareja —libremente— elige casarse, se compromete a cumplir con todas las obligaciones que este conlleva. No solamente se cumple teniendo hijos, sino que hay que educarlos con responsabilidad.



La maternidad y la paternidad responsable son obligación del matrimonio

Es derecho —únicamente— de los esposos decidir el número de hijos que van a procrear. No se puede olvidar que la paternidad y la maternidad es un don de Dios conferido para colaborar con Él en la obra creadora y redentora. Por ello, antes de tomar la decisión sobre el número de hijos a tener, hay que ponerse en presencia de Dios —haciendo oración— con una actitud de disponibilidad y con toda honestidad tomar la decisión de cuántos tener y cómo educarlos. La procreación es un don supremo de la vida de una persona, cerrarse a ella implica cerrarse al amor, a un bien. Cada hijo es una bendición, por lo tanto, se deben de aceptar con amor.



El Signo: la Materia y la Forma

Podemos decir que el matrimonio es verdadero sacramento porque en él se encuentran los elementos necesarios. Es decir, el signo sensible, que en este caso es el contrato, la gracia santificante y sacramental, por último, que fue instituido por Cristo.

La Iglesia es la única que puede juzgar y determinar sobre todo lo referente al matrimonio. Esto se debe a que es justamente un sacramento de lo que estamos hablando. La autoridad civil solo puede actuar en los aspectos meramente civiles del matrimonio (Cfr. nn. 1059 y 1672).

El signo externo de este sacramento es el contrato matrimonial, que a la vez conforman la materia y la forma.

La Materia remota: son los mismos contrayentes.

La Materia próxima: es la donación recíproca de los esposos, se donan toda la persona, todo su ser.

La Forma: es el Sí que significa la aceptación recíproca de ese don personal y total.



Efectos

El sacramento del matrimonio origina un vínculo para toda la vida. Al dar el consentimiento —libremente— los esposos se dan y se reciben mutuamente y esto queda sellado por Dios (Cfr. Mc. 10, 9). Por lo tanto, al ser el mismo Dios quien establece este vínculo —el matrimonio celebrado y consumado— no puede ser disuelto jamás. La Iglesia no puede ir en contra de la sabiduría divina (Cfr. Catec., nn. 1114; 1640).



Este sacramento aumenta la gracia santificante

Se recibe la gracia sacramental propia que permite a los esposos perfeccionar su amor y fortalecer su unidad indisoluble. Esta gracia —fuente de Cristo— ayuda a vivir los fines del matrimonio, da la capacidad para que exista un amor sobrenatural y fecundo. Después de varios años de casados, la vida en común puede que se haga más difícil, hay que recurrir a esta gracia para recobrar fuerzas y salir adelante (Cfr. Catec., n. 1641).



Matrimonio Civil

El matrimonio civil es el que se contrae ante la autoridad civil. Este matrimonio no es válido para los católicos, el único matrimonio válido entre bautizados es el sacramental. En ocasiones es necesario contraerlo —depende de las leyes del país— porque es útil en cuanto sus efectos legales. Los católicos casados —únicamente— por lo civil, deben casarse por la Iglesia.

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(Añadimos escrito)

Sacramento del matrimonio (2): ministros, fórmula e intención -  FSSPX.Actualités / FSSPX.News

Reflexiones sobre el sacramento del matrimonio

Javier Úbeda Ibáñez

«Soy cristiano y deseo contraer matrimonio, como lo manda la Santa Madre Iglesia»

El «soy cristiano» es la afirmación decisiva para acercarse al sacramento católico del matrimonio

Origen del matrimonio

El matrimonio tiene su origen en Dios, quien al crear al hombre lo hizo una persona que necesita abrirse a los demás, con una necesidad de comunicarse y que necesita de compañía. «No está bien que el hombre esté solo, hagámosle una compañera semejante a él» (Gen. 2, 18).

«Dios creó al hombre a imagen de Dios, lo creó varón y mujer, y los bendijo diciéndoles: Procread y multiplicaos y llenad la tierna» (Gen. 1, 27-28).

Jesucristo explica a sus discípulos este origen divino del matrimonio: «¿No habéis leído, como Él, que creó al hombre al principio, lo hizo varón y mujer? Y dijo: Por ello el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos serán una misma carne» (Mt. 19, 4-6).

¿Qué es el matrimonio?

El matrimonio es una institución natural, lo exige la propia naturaleza humana. Por lo que es una institución que no puede ser cambiada en sus fines y en sus características.

El matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o consecuencia de instintos naturales inconscientes. Por medio de él, los esposos se perfeccionan, y crecen mutuamente. Colaborando con Dios en la procreación de nuevas vidas.

El matrimonio es una llamada de Dios, es una vocación divina.

El matrimonio es una comunidad de amor, camino de salvación personal y del otro. Las parejas están llamadas al amor, cuanto más amen, más cerca estarán de Dios, pues Él es AMOR. Siempre hay que dar, buscar la felicidad del otro, no la propia.

El matrimonio no es un contrato, sino una alianza, es decir, es un acuerdo entre dos personas libres y conscientes. Unidad de hombre y mujer. Es para toda la vida, corriendo la misma suerte los dos. Con una vida en común, llamada a amarse.

El matrimonio es la íntima unión y la entrega mutua de la vida entre un hombre y una mujer con el propósito de buscar en todo el bien mutuo. Dicha relación tiene sus raíces en la voluntad original de Dios quien al crear al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, les dio la capacidad de amarse y entregarse mutuamente, hasta el punto de poder ser «una sola carne» (Gn. 1, 22 y 2, 24).

Así, el matrimonio es tanto una institución natural como una unión sagrada que realiza el plan original de Dios para la pareja. Pero además Cristo elevó esta vocación al amor a la dignidad de sacramento cuando hizo del consentimiento de entrega de los esposos cristianos el símbolo mismo de su propia entrega por todos en la cruz.

En otras palabras, el consentimiento libre por el cual la pareja se entrega y se recibe mutuamente es la esencia o «materia» del sacramento del matrimonio, de la misma forma como el pan y el vino son la materia del sacramento de la Eucaristía. Dicho consentimiento o símbolo visible de la presencia de Cristo se concretiza, dentro del rito matrimonial, en la fórmula que una vez y para siempre se dicen los esposos con palabras como: «Yo te recibo como esposo(a) y me comprometo a amarte, respetarte y servirte, en salud o enfermedad, en tristeza y alegría, en riqueza o en pobreza, hasta que la muerte nos separe».

Propiedades del matrimonio:

  • Unidad: Dios instituyó el matrimonio desde un principio, como una unión exclusiva de uno con uno. Es un amor fiel hasta la muerte. Por ello, no se permiten varias esposas o esposos.
  • Indisoluble: nada puede separar al hombre y a la mujer, solo la muerte. Cuando por razones que no están en nuestras manos, hay una separación, hay que seguir viviendo como si se estuviese casado. El divorcio no se permite entre bautizados.

El vínculo matrimonial (Catec.)

El consentimiento por el que los esposos se dan y se reciben mutuamente es sellado por el mismo Dios. De su alianza «nace una institución estable por ordenación divina, también ante la sociedad».

La alianza de los esposos está integrada en la alianza de Dios con los hombres: «el auténtico amor conyugal es asumido en el amor divino».

Por tanto, el vínculo matrimonial es establecido por Dios mismo, de modo que el matrimonio celebrado y consumado entre bautizados no puede ser disuelto jamás. Este vínculo que resulta del acto humano libre de los esposos y de la consumación del matrimonio es una realidad ya irrevocable y da origen a una alianza garantizada por la fidelidad de Dios. La Iglesia no tiene poder para pronunciarse contra esta disposición de la sabiduría divina.

El vínculo conyugal: es el que une a los esposos para toda la vida.

La gracia del sacramento del matrimonio (Catec.)

«En su modo y estado de vida, (los cónyuges cristianos) tienen su carisma propio en el Pueblo de Dios». Esta gracia propia del sacramento del matrimonio está destinada a perfeccionar el amor de los cónyuges, a fortalecer su unidad indisoluble. Por medio de esta gracia «se ayudan mutuamente a santificarse con la vida matrimonial conyugal y en la acogida y educación de los hijos».

Cristo es la fuente de esta gracia. «Pues de la misma manera que Dios en otro tiempo salió al encuentro de su pueblo por una alianza de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia, mediante el sacramento del matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos».

Permanece con ellos, les da la fuerza de seguirle tomando su cruz, de levantarse después de sus caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar unos las cargas de los otros, de estar «sometidos unos a otros en el temor de Cristo» y de amarse con un amor sobrenatural, delicado y fecundo. En las alegrías de su amor y de su vida familiar les da, ya aquí, un gusto anticipado del banquete de las bodas del Cordero:

¿De dónde voy a sacar la fuerza para describir de manera satisfactoria la dicha del matrimonio que celebra la Iglesia, que confirma la ofrenda, que sella la bendición?

Los ángeles lo proclaman, el Padre celestial lo ratifica… ¡Qué matrimonio el de dos cristianos, unidos por una sola esperanza, un solo deseo, una sola disciplina, el mismo servicio! Los dos hijos de un mismo Padre, servidores de un mismo Señor; nada los separa, ni en el espíritu ni en la carne; al contrario, son verdaderamente dos en una sola carne. Donde la carne es una, también es uno el espíritu.

La gracia sacramental en este sacramento es la santificación de los esposos y el fortalecimiento para cumplir con nuestros deberes de casados. Todas las dificultades se pueden vencer, si lo deseamos, acudiendo a la gracia de Dios. Para ello es necesario quitar nuestro egoísmo.

Signo:

  • La materia es el sí, en cuanto a entrega al otro, manifestados con signos o palabras.
  • La forma: es el sí, en cuanto la aceptación del otro, manifestado con palabras.

La materia, la realidad sensible, son los esposos mismos en cuerpo y alma. Ellos son ministros y a la vez materia del Sacramento. Y la forma es el consentimiento que se dan públicamente ante el sacerdote y ante la Iglesia y que se siguen dando durante toda la vida, hasta que la muerte los separe, por el amor recíproco.

Ministro y Sujeto:

  • Ministros: los que se casan. El sacerdote es un testigo imprescindible e imparte la bendición.
  • Sujetos: el hombre y la mujer bautizados que cumplan los requisitos y que no tengan ningún impedimento.

Requisitos para el matrimonio:

  1. Estar bautizados el hombre y la mujer.
  2. Estar capacitados para dar el consentimiento libremente.
  3. Haber hecho la Confirmación
  4. Tener la edad necesaria.
  5. Presentar la fe de Bautismo actualizada ante el párroco y el acta de Confirmación.
  6. Asistir a las pláticas de preparación.
  7. No haber estado casado antes por la Iglesia.
  8. No tener parentesco cercano.
  9. Conocer y aceptar libremente los fines y propiedades del matrimonio.
  10. Pesentarse ante el párroco para que autorice la ceremonia.

Fines del matrimonio:

  • El bien de los esposos: tiene que existir un verdadero amor de entrega, de donación. Hay que crecer en el amor y en la fidelidad.
  • Generación y educación de los hijos: este amor debe de traer como consecuencia los hijos, pero no basta con tenerlos, también hay que educarlos.

Efectos del matrimonio

El canon 1134 lo explica: «En el matrimonio cristiano los cónyuges son fortalecidos y quedan como consagrados por un sacramento peculiar para los deberes y la dignidad de su estado».

El Concilio Vaticano II, en la constitución dogmática Lumen gentium, 11, indica que «los esposos cristianos, con la fuerza del sacramento del matrimonio, por el que representan y participan del misterio de la unidad y del amor fecundo entre Cristo y su Iglesia (cf. Ef. 5, 32) se ayudan mutuamente a santificarse con la vida matrimonial y con la acogida y educación de los hijos».

No se puede decir que existen dos matrimonios, uno canónico al que hace referencia la sacramentalidad del matrimonio y otro civil, que se refiere al contrato entre los contrayentes. Antes bien, de acuerdo con san Juan Pablo II en su discurso a la Rota Romana de 2003, «es preciso redescubrir la dimensión trascendente que es intrínseca a la verdad plena sobre el matrimonio y sobre la familia, superando toda dicotomía orientada a separar los aspectos profanos de los religiosos, como si existieran dos matrimonios: uno profano y otro sagrado».

Por otro lado, en el matrimonio sacramental —o, según otra terminología, el matrimonio rato—: cfr. canon 1061 § 2— que además haya sido consumado, la indisolubilidad adquiere una especial firmeza: así lo afirma el canon 1141.

Obsérvese que no se hace referencia al matrimonio contraído canónicamente. El carácter sacramental del matrimonio se debe entender, por lo tanto, referido a los matrimonios válidamente contraídos, si ambos contrayentes son bautizados. Incluye, por lo tanto, a los matrimonios contraídos entre bautizados en cualquier confesión cristiana: los requisitos son, como ya vemos, que el bautismo de ambos contrayentes sea válido y que el matrimonio igualmente sea válido. Téngase en cuenta que, si ninguno de los dos contrayentes es católico, no rige pare ellos el derecho canónico. Así lo afirma el canon 1059, interpretado sensu contrario:

Canon 1059: El matrimonio de los católicos, aunque sea católico uno solo de los contrayentes, se rige no solo por el derecho divino, sino también por el canónico, sin perjuicio de la competencia de la potestad civil sobre los efectos meramente civiles del mismo matrimonio.

Por lo tanto, si ambos contrayentes están válidamente bautizados en una confesión no católica, contraen matrimonio válido si su matrimonio sigue las normas del derecho divino: aunque sea contraído ante el ministro de su confesión religiosa o una autoridad civil. Y, además, su matrimonio es verdadero sacramento. Pero no acaban aquí las conclusiones que hemos de sacar del canon 1055.

En efecto, el canon habla de cualquier contrato matrimonial válido entre bautizados. No se excluye el matrimonio entre católicos. Ciertamente a nadie se le escapa que se incluye el matrimonio celebrado en forma canónica. Pero no se puede olvidar que puede haber matrimonios válidos entre católicos celebrados en forma no canónica: el canon 1117 indica que están obligados a la forma canónica del matrimonio los contrayentes «si al menos uno de los contrayentes fue bautizado en la Iglesia católica o recibido en ella y no se ha apartado de ella por acto formal», sin perjuicio de la normativa aplicable a los matrimonios mixtos. Por lo tanto, puede haber católicos apartados formalmente de la Iglesia Católica, que por lo tanto no están obligados a la forma canónica. En estos casos los contrayentes contraen válidamente si lo hacen de otra forma, y por efecto del canon 1055, tal matrimonio es sacramental. Entiéndase que, si el Código de derecho canónico recuerda la naturaleza sacramental del matrimonio de los católicos, aunque se hayan apartado de la Iglesia, no intenta favorecer —nada más lejano a la intención del Legislador— lo que podríamos llamar un matrimonio «civil» de católicos. El Código de derecho canónico pretende más bien reconocer y facilitar el derecho a contraer matrimonio —el ius conubii— de quienes han tenido la desgracia de apartarse de la Iglesia Católica, dicho esto sin ánimo de juzgar la intención de quien así haya actuado.

Quedan dos posibles dudas: por un lado, el caso de los casados que se bautizan. Y por otro, el caso del matrimonio mixto, es decir, el matrimonio en que uno de los contrayentes es bautizado y el otro no. «La Iglesia católica ha reconocido siempre los matrimonios entre no bautizados, que se convierten en sacramento cristiano mediante el bautismo de los esposos, y no tiene dudas sobre la validez del matrimonio de un católico con una persona no bautizada, si se celebra con la debida dispensa», de acuerdo con san Juan Pablo II, en el Discurso a la Rota Romana de 2003.

Por lo tanto, se debe concluir recordando la dignidad de cualquier matrimonio, pero especialmente del matrimonio que además es sacramento.

Matrimonios válidos

Además de los matrimonios entre bautizados existen otros matrimonios válidos, que son los que se han celebrado entre personas no cristianas. Se debe recordar que estos matrimonios son auténticos, e igualmente queridos por Dios.

El canon 1055 recuerda:

Canon 1055 § 1: La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados.

§ 2: Por tanto, entre bautizados, no puede haber contrato matrimonial válido que no sea por eso mismo sacramento.

Como se ve, cualquier matrimonio entre bautizados es un matrimonio sacramental.

El Papa san Juan Pablo II, en su Discurso a la Rota Romana de 2003, recuerda que «la dimensión natural y la relación con Dios [del matrimonio] no son dos aspectos yuxtapuestos; al contrario, están unidos tan íntimamente como la verdad sobre el hombre y la verdad sobre Dios». Por el contrario, la exclusión de la sacramentalidad del matrimonio es una de las causas de nulidad (cfr. canon 1101 § 2), e igualmente lo es el error determinante acerca de la dignidad sacramental del matrimonio (cfr. canon 1099).

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Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: «La alianza matrimonial por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de Sacramento entre bautizados (CIC, 1601, citando el Código de Derecho Canónico, can. 1055, 1)». El matrimonio es una realidad santa y sagrada y si no se la comprende y no se lo vive religiosamente, nunca se llega a comprender lo que es en verdad.

Hay un número del Catecismo de la Iglesia Católica muy hermoso que dice: «Dios que ha creado al hombre por amor lo ha llamado también al amor, vocación fundamental e innata de todo ser humano. Porque el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (Gn. 1, 2), que es Amor (cfr. 1 Jn. 4, 8-16). Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre. Este amor es bueno, muy bueno, a los ojos del Creador (cfr. Gn. 1, 31). Y este amor que Dios bendice es destinado a ser fecundo y a realizarse en la obra común del cuidado de la creación. “Y los bendijo Dios y les dijo: Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla” (Gn. 1, 28)» (CIC, 1604).

«La Sagrada Escritura afirma que el hombre y la mujer fueron creados el uno para el otro: “No es bueno que el hombre esté solo”. La mujer, “carne de su carne”, su igual, la criatura más semejante al hombre mismo, le es dada por Dios como un “auxilio”, representando así a Dios que es nuestro “auxilio” (cfr. Sal.121, 2). “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne” (cfr. Gn. 2,18-25). Que esto significa una unión indefectible de sus dos vidas, el Señor mismo lo muestra recordando cuál fue “en el principio”, el plan del Creador: “De manera que ya no son dos sino una sola carne (Mt 19, 6)”» (CIC, 1605).

El derecho matrimonial canónico es muy amplio y complejo. Nos limitamos aquí a

recordar, abreviando, lo que el Código de Derecho Canónico (1983) dispone actualmente acerca de:

Las condiciones exigidas para el matrimonio sacramental:

1065  § 1.    Los católicos aún no confirmados deben recibir el sacramento de la confirmación antes de ser admitidos al matrimonio, si ello es posible sin dificultad grave.

 § 2.    Para que reciban fructuosamente el sacramento del matrimonio, se recomienda encarecidamente que los contrayentes acudan a los sacramentos de la penitencia y de la santísima Eucaristía.

1066 Antes de que se celebre el matrimonio debe constar que nada se opone a su celebración válida y lícita.

1067 La Conferencia Episcopal establecerá normas sobre el examen de los contrayentes, así como sobre las proclamas matrimoniales u otros medios oportunos para realizar las investigaciones que deben necesariamente preceder al matrimonio, de manera que, diligentemente observadas, pueda el párroco asistir al matrimonio.

1068 En peligro de muerte, si no pueden conseguirse otras pruebas, basta, a no ser que haya indicios en contra, la declaración de los contrayentes, bajo juramento según los casos, de que están bautizados y libres de todo impedimento.

1069 Todos los fieles están obligados a manifestar al párroco o al Ordinario del lugar, antes de la celebración del matrimonio, los impedimentos de que tengan noticia.

1070 Si realiza las investigaciones alguien distinto del párroco a quien corresponde asistir al matrimonio, comunicará cuanto antes su resultado al mismo párroco, mediante documento auténtico.

1071  § 1. Excepto en caso de necesidad, nadie debe asistir sin licencia del Ordinario del lugar:

1 al matrimonio de los vagos;

2 al matrimonio que no puede ser reconocido o celebrado según la ley civil;

3 al matrimonio de quien esté sujeto a obligaciones naturales nacidas de una unión precedente, hacia la otra parte o hacia los hijos de esa unión;

4 al matrimonio de quien notoriamente hubiera abandonado la fe católica;

5 al matrimonio de quien esté incurso en una censura;

6 al matrimonio de un menor de edad, si sus padres lo ignoran o se oponen razonablemente;

7 al matrimonio por procurador, del que se trata en el c. 1105.

 § 2.    El Ordinario del lugar no debe conceder licencia para asistir al matrimonio de quien haya abandonado notoriamente la fe católica, si no es observando con las debidas adaptaciones lo establecido en el c. 1125.

1086  § 1. n Es inválido el matrimonio entre dos personas, una de las cuales fue bautizada en la Iglesia católica o recibida en su seno, y otra no bautizada.

 § 2.    No se dispense este impedimento si no se cumplen las condiciones indicadas en los cc. 1125 y 1126.

 § 3.    Si al contraer el matrimonio, una parte era comúnmente tenida por bautizada o su bautismo era dudoso, se ha de presumir, conforme al c. 1060, la validez del matrimonio hasta que se pruebe con certeza que uno de los contrayentes estaba bautizado y el otro no.

1095 Son incapaces de contraer matrimonio:

1 quienes carecen de suficiente uso de razón;

2 quienes tienen un grave defecto de discreción de juicio acerca de los derechos y deberes esenciales del matrimonio que mutuamente se han de dar y aceptar;

3 quienes no pueden asumir las obligaciones esenciales del matrimonio por causas de naturaleza psíquica.

1096 § 1. Para que pueda haber consentimiento matrimonial, es necesario que los contrayentes no ignoren al menos que el matrimonio es un consorcio permanente entre un varón y una mujer, ordenado a la procreación de la prole mediante una cierta cooperación sexual.

1101 § 2. Pero si uno o ambos contrayentes excluyen con un acto positivo de la voluntad el matrimonio mismo, o un elemento esencial del matrimonio, o una propiedad esencial, contraen inválidamente.


https://www.vatican.va/archive/cod-iuris-canonici/cic_index_sp.html

https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/index_sp.html