En nuestra última firma introdujimos el recién estrenado “Año Familia Amoris Laetitia” prometiendo transitar sus doce itinerarios. ¡Empezamos a caminar!

¿Por dónde? Por la primera senda propuesta por Papa Francisco para implementar la Amoris Laetitia [1].

¡Primer camino! La necesidad de un acompañamiento por parte de matrimonios más experimentados; por un lado la preparación remota, próxima e inmediata al matrimonio y por otro el acompañamiento en los primeros años de vida conyugal

Por qué este acompañamiento a los novios, se preguntarán ustedes. Porque la Iglesia, como madre entregada, invita a vivir este periodo tan importante de una manera plena, y qué mejor que aquellos que ya han pasado por este periodo de discernimiento para acompañar fraternalmente a aquellos otros que se están descubriendo todavía.  ¿Cómo? Compartiendo experiencia vivida, iluminando ese buen amor –plagado de compromiso, templanza y entrega-, ese buen amor  ajeno a aquellos vaivenenes sentimentales que tanto nos templan y destemplan, y que pueden alejar a los novios del sólido apoyo en la roca del amor verdadero – y del Amor verdadero-. La experiencia de aquellos que ya nos hemos preguntado ¿es esta la persona con la que quiero compartir toda mi vida? ¿esta es la pareja que me va a ayudar a ir al cielo? sin duda será un acicate para que su noviazgo avance y no quede a la deriva, y para que –si no lo han hecho ya- puedan debatir apasionadamente sobre aquellos principios negociables o irrenunciables en la vida.

El acompañamiento ha de estar teñido de humildad, conscientes de que al compartir nuestros errores –siempre en clave de esperanza- podemos ayudar mucho más que con grandes y académicas peroratas. Que el noviazgo no es el tiempo de modelar al otro a mi manera, ¡si lo sabremos nosotros! Ni el tiempo para fingir lo que no se es, ¡ya te cuento! Ni un tiempo para experimentarlo todo, ¡no te digo!

Qué paz podemos transmitir a estos novios cuando saben que  nosotros también hemos pasado por esos “primeros fuegos de la pasión”, y aprendido a no poner al otro en circunstancias límite. Que los entendemos mejor de lo que puedan imaginar, que todos estamos aprendiendo a “acoplarnos al baile”  entre la ternura y el deseo, el instinto y el amor…

Y todo llega. Nuestros queridos novios por fin  han contraido matrimonio, ¡qué gran momento! Después de los fuegos artificiales, empieza la bendita cotidianeidad, y por qué negarlo, algún susto. Esos calcetines en el suelo, esa tapa del inodoro sin bajar, ese silencio inoportuno… empiezan a amplificarse en nuestra cabeza alcanzando magnitudes desproporcionadas. Los buenos deseos empiezan a quedar sepultados bajo la  montaña rusa de ropa por lavar, los baños de los bulliciosos hijos, los imprevistos económicos… y uno empieza a flaquear en su cuerpo y su espíritu, observando impotente cómo en su interior crece y crece una  única palabra: YO.

Aquí, aquí, querido lector, entran de nuevo esos matrimonios “talluditos”, a recordar algo que ya se sabe –porque se lleva grabado a fuego en el alma- pero que se olvida tan a menudo. Bendito acompañamiento que recuerda a estos “primerizos del matrimonio” que justamente ahí, en esa rutina  que empieza a  oscurecer las miradas, está precisamente la “tabla de salvación”: la Gracia del Sacramento, que como viento huracanado puede ventilar –si le dejamos- todos las oquedades del hogar. Viento huracanado que quita las telarañas de la casa –y de nuestros ojos- y nos permite ver al otro como lo que es realmente: nuestra ayuda adecuada, aquel con el que soñamos entrar al cielo, los dos, muy cogidos de las manos, muy juntos, muy apretados…

Querido lector, yo me apunto a caminar de la mano de mi esposo, muy apretada a él, y acompañar en el camino a aquellos novios y matrimonios “primerizos”. Seguramente seremos tan ilusos que creeremos que estamos haciendo una buena obra, cuando los primeros beneficiados de esta labor de acompañamiento seremos, sin ninguna duda, nosotros dos.


[1] Reforzar la pastoral de preparación al matrimonio con nuevos itinerarios catecumenales a nivel de diócesis y parroquias (cf. AL 205-222) para ofrecer una preparación remota, próxima e inmediata al matrimonio y un acompañamiento de las parejas en los primeros años de matrimonio. Un compromiso confiado de manera especial a los matrimonios que, junto con los pastores, se convierten en compañeros de viaje de los prometidos y de las parejas de recién casados https://www.conferenciaepiscopal.es/papa-convoca-dedicado-a-la-familia/