Decir que ser progresista es optar por el uso de la razón, y ser conservador es abandonarse a una fe no razonada, es un slogan estimulante. Según esta etiqueta, el progresismo coincidiría con la plenitud humana, con la madurez propia del ser adulto, mientras que el tradicionalismo coincidiría con la inmadurez, con el capricho, con la condición de segunda clase en la vida social de quien renuncia a pensar por su cuenta, de quien se fía sin saber por qué.

Existe un progresismo auténtico, capaz de descubrir que no puede descalificar al otro, que debe respetar al que piensa de un modo distinto, que no pierde sus derechos el rival político, el obrero que no se une al sindicato más fuerte, el compañero de la fábrica que no apoya la huelga por motivos personales, el político que renuncia a servir al partido para defender los derechos fundamentales de los más débiles.

El progresismo auténtico no desprecia al tradicionalismo, porque sabe que en el mundo democrático pueden coexistir visiones y programas muy distintos, siempre que respeten los derechos de los demás. El progresismo auténtico condena las discriminaciones ideológicas, o sociales, o jurídicas. Defiende el derecho del pobre o del rico, de los esposos o de los solteros, del niño o del anciano.

El progresista auténtico debe reconocer, además, que no existe el pensar puramente racional. Aceptar la confianza de un amigo, comprometer la propia vida con un esposo o una esposa, esperar y acoger a un joven que queda gravemente dañado después de un accidente, a un esposo o una esposa que pide perdón después de una escapada del hogar…: todo ello tiene algo de misterioso, algo de inalcanzable a la luz de la razón que solo calcula costos y beneficios. Porque la razón no puede entenderlo todo. O, mejor, porque la razón inteligente sabe que es razonable que no todo sea razonable.

En el fondo, la distinción entre progresismo y tradicionalismo obedece a un mecanismo neuronal tan viejo como el hombre, según el cual nos gusta fichar a la gente por categorías, y luego enaltecer a los valiosos y degradar a los no valiosos.

Hay que superar ese mecanismo con el mejor uso de la tradición y del progreso, con esa intuición que siempre ha existido en el fondo de nuestras conciencias y que nos lleva a tratar a todos como lo que son, simplemente hombres. Hombres capaces de superarse y de construir un mundo mejor, como dicen muchos progresistas inteligentes. Todo lo demás es echar agua fuera de tiesto. O, lo que es lo mismo, seguir exaltando lo que nos separa para impedir construir desde lo que nos une.

Aquellos que se hacen llamar «progresistas» tienen una fe ciega en el progreso. Pero no es un progreso verdadero, sino lo que ellos consideran progreso: la paulatina liberalización de la sociedad.

Su eje para interpretar la historia es materialista: si los avances tecnológicos y científicos nos hacen mucho bien, entonces todo lo demás está bien. Pero, además, consideran a la destrucción del espíritu como un «avance», bajo la falsa premisa de que la humanidad ostenta un progreso imparable y que las «luchas sociales» validan esta evolución de los acontecimientos.

Cuando los progresistas dicen que están en contra de la religión, en realidad se refieren a la fe cristiana. No tienen problema en aceptar la «exploración de nuevas ideas» que nunca han sido mayoritarias en la historia reciente de Occidente: el paganismo, el budismo, el hinduismo…

Es curioso, además, que los progres tiendan a ver como iguales al catolicismo y al protestantismo, a pesar de que ambos son en el fondo muy distintos.

Gritan «Estado laico», pero meten su falsa religión al Estado para que este la ejerza en todo su esplendor: que imponga dogmas y reprima disidentes.

Además, los progresistas acusan constantemente de «fanático religioso» al cristiano que profese su religión de manera íntegra. Los únicos cristianos aceptables en su cabeza son los «moderados»: esos que deforman su fe para caer bien a la sociedad civil. Todo bien, mientras se «adapte» a los «nuevos tiempos».

Les encanta atacar al fanatismo como el origen de todos los problemas en la opinión pública. Lo que no detectan es que ellos en el fondo profesan un fanatismo igual o peor al que señalan.

Para los progresistas, solo son aceptables las opiniones que se muevan en un rango de ideas favorable a su religión. Siempre que surja algún intelectual cuestionándolos, lo tacharán de fanático. Esto sucede porque dentro de la mentalidad progre no cabe la idea de que alguien que no piense como ellos pueda ser inteligente.

En este sentido, los progresistas alardean de que se cuestionan las cosas (aunque sus cuestionamientos rara vez tienen respuestas definidas) y de que son independientes (a pesar de que dependen de la moda ideológica del momento). Son los abanderados de la razón y la ciencia; quien no llegue a sus mismas conclusiones utilizando métodos lógicos y científicos, no merece ser tomado en cuenta en la opinión pública.

Ahora bien, ¿cómo podemos sustentar la idea de que el progresismo se comporta como aquello que juró destruir? Resulta que toda religión tiene cultos, oraciones, pastores y relatos.

El progresismo tiene como culto las marchas y protestas: no asistir a ellas ni apoyarlas desde las redes sociales es pecado mortal. Sus oraciones son los cantos de protesta y los hashtags o etiquetas en Internet, siempre disfrazadas de luchas sociales.

Sus pastores son los sociólogos que, por supuesto, son incuestionables: ellos demuestran con «pruebas científicas» que su ideología es la correcta. Y sus relatos míticos son las fuentes de información «modernas» y «en onda» acerca del pasado: memes, videos de YouTube, diarios digitales «independientes» y autores exclusivamente nacidos después del año 1800.

Así, para sus ataques al viejo orden, el progresismo maneja cartas mágicas que les dan permiso de juzgar al cristianismo sin argumentar: la Inquisición, las cruzadas y la pedofilia. No hay que preguntar por datos específicos, ni por fuentes, ni por contextos: esas cartas mágicas bastan y sobran para «destruir» al malvado cristianismo.

Y si no odian a los católicos, los progres dicen amarlos, pero odian a su institución (la Iglesia Católica), que es la que dio forma a aquello en lo que creen los fieles.

Ese es otro punto clave del progresismo: respeta única y exclusivamente a los creyentes que comulguen con sus ideas. No importa si crees en Dios: solo eres bienvenido para los progres si deformas esa creencia, si fuerzas las leyes de Dios para que se «adapten» al mundo actual y estén «en onda».

A fin de cuentas, es necesario refundar la fe cristiana para caerle bien a un progresista. Un Cristo gay, un Cristo feminista, un Cristo marihuanero, serían mucho más complacientes para los progres que un Cristo verdadero, único e inmutable. De esta manera, negar a Cristo para amoldarlo a nuestros gustos personales es lo mejor para no ser marginado de esta sociedad «avanzada».

La sociedad hoy está controlada por el progresismo. Ha negado todos sus cimientos, pero intenta construir un nuevo credo común de la «libertad infinita», del «placer libre» y del bienestar y de la salud como valor para el máximo disfrute.