Lectio Divina: 9 de julio de 2018

1.-Oración introductoria.

Jesús, en este evangelio que voy a meditar, me encanta poder acercarme a Ti como “Señor y dador de vida”. En el caso de la niña, la vida ya la tenía prácticamente perdida; en el caso de la mujer su vida se estaba malogrando y era como la antesala de la muerte. Gracias, Señor, porque Tú apuestas por la vida, por quitar el dolor y sufrimiento de las personas, por ver felices a los hombres y mujeres de este mundo. Gracias, Jesús, amigo de la vida.

2.- Lectura reposada de la palabra bíblica. Mateo 9, 18-26

Así les estaba hablando, cuando se acercó un magistrado y se postró ante él diciendo: «Mi hija acaba de morir, pero ven tú a imponerle las manos y vivirá». Jesús se levantó y le siguió junto con sus discípulos. En esto, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto. Pues se decía para sí: «Con sólo tocar su manto, me salvaré». Jesús se volvió, y al verla le dijo: «¡Animo!, hija, tu fe te ha salvado». Y se curó la mujer desde aquel momento. Al llegar Jesús a casa del magistrado y ver a los flautistas y la gente alborotando, decía: «¡Retiraos! La muchacha no ha muerto; está dormida». Y se burlaban de él. Mas, echada fuera la gente, entró él, la tomó de la mano, y la muchacha se levantó. Y la noticia del suceso se divulgó por toda aquella comarca.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión.

El contexto de esta mujer que padece “flujos de sangre” es significativo porque, según la mentalidad de entonces, estaba impura y, todavía peor, contagiaba la impureza a quien tocara. Ella, se acerca son sumo respeto a Jesús para tocar sólo la orla de su manto, pero no a ÉL para no contagiarle. Jesús le curó la enfermedad física y eliminó para siempre el el tabú de la sangre. Lo que quiere Jesús es que ninguna mujer sufra por ese o por otros prejuicios con relación a la mujer. Algo parecido ocurre con la niña muerta a los “doce años” justo a la edad en que ya se consideraba a la mujer apta para dar vida. La niña era un cadáver y, por tanto, contagiaba a quien la tocara. Jesús “la tomó de la mano”, pero no se contagió por eso. Y así cae otro tabú. El pecado que contagia al hombre es la maldad que brota del corazón. El verbo que usa el evangelio “se levantó” es el mismo que se usa para hablar de la Resurrección. Jesús siempre nos levanta para vivir en plenitud. Y esta plenitud se alcanza con la Resurrección.

Palabra del Papa.

El hombre o la mujer que tiene fe confía en Dios: ¡confía! Pablo, en un momento oscuro de su vida, decía: ‘Yo sé bien de quien me he fiado’ ¡De Dios! ¡Del Señor Jesús! Confiar: y esto nos lleva a la esperanza. Así como la confesión de la fe nos lleva a la adoración y a la alabanza a Dios, el fiarse de Dios nos lleva a una actitud de esperanza. Hay muchos cristianos con una esperanza demasiado aguada, no fuerte: una esperanza débil. ¿Por qué? Porque no tiene la fuerza y la valentía para confiarse al Señor. Pero si nosotros cristianos creemos confesando la fe, también guardándola, haciendo custodia de la fe y confiando en Dios, en el Señor, seremos cristianos vencedores. Y esta es la victoria que ha vencido al mundo: ¡nuestra fe! (Cf Homilía de S.S. Francisco, 10 de enero de 2014, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto bíblico ya meditado. (Silencio)

5.-Propósito: Un recuerdo especial en este día por tantas mujeres todavía esclavas de prejuicios.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Gracias, Señor, porque Tú nos has traído la verdadera libertad. Tú liberaste a esas dos mujeres de prejuicios propios de la cultura de su época. Y Tú quieres también darnos a todos la verdadera libertad, especialmente la libertad interior, la que nos hace hijos de Dios y nos hace disfrutar de tantas cosas hermosas que Tú nos has dado como Padre maravilloso.

 

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Autor: Raúl Romero