Lectio Divina: 31 de mayo de 2018

La Visitación de María

1.- Oración Introductoria.

Señor, me dicen mucho a mí estas primeras palabras: “En aquellos días”. La Visitación no la realizó la Virgen ni el primer día ni el segundo. Los primeros días después de la Encarnación María se quedó contemplando el Misterio que ni Ella era capaz de comprender. “El ángel la dejó”. Así acaba el relato. La dejó sola, la dejó en paz, la dejó estremecida, la dejó gustando, saboreando el Misterio. Y es que, cuando Dios irrumpe en una criatura, como sucedió a María, hasta los mismos ángeles estorban.

2.- Lectura reposada del Evangelio. Lucas 1,39-56

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno. Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: «Tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor». Entonces dijo María: «Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre y su misericordia llega de generación en generación a los que lo temen. Ha hecho sentir el poder de su brazo: dispersó a los de corazón altanero, destronó a los potentados y exaltó a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió sin nada. Acordándose de su misericordia, vino en ayuda de Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia, para siempre». María permaneció con Isabel unos tres meses, y se volvió a su casa. Palabra del Señor.

3.- Qué dice el texto

Meditación-reflexión

Se puso en camino deprisa hacia la montaña. El servicio es lo suyo. Sabe que el Verbo se ha encarnado en ella. Es la madre del Hijo de Dios pero no se le han subido los humos a la cabeza. Es la de siempre, la servidora, y por eso va a visitar a su prima que la necesita. Y va con gozo, con prontitud, con garbo…Alguien ha descrito este viaje como “la primera procesión eucarística”. Podemos imaginar a María sumergida en una oración cósmica. Canta con el sol, con la luna, con las estrellas, y también con los pájaros, con los montes, con la acequia llena de agua, con los pastos del páramo, con las praderas cubiertas de rebaños, con los valles vestidos de mieses. Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. ¡Qué abrazo aquel! Son dos mujeres preñadas de historia que simbolizan dos alianzas, dos testamentos, dos pueblos: el antiguo y el nuevo. Y los dos se abrazan en un abrazo íntimo y estrecho. Juan, el último de los profetas, salta de júbilo en el vientre de su madre. Con ese salto de júbilo recibe Israel a Jesús. El A.T. llevaba a Cristo en sus entrañas.

Isabel se llenó del Espíritu Santo. Sólo aquel que está lleno puede llenar. A este mundo vacío de Dios no lo llenarán los mediocres, los superficiales, los tibios, los frívolos, los pasotas… Lo llenarán los que estén llenos de Dios. Si siempre ha sido conveniente la oración en los sacerdotes, ahora se hace necesaria, imprescindible… María se convierte en la primera evangelizadora, la primera que da a su primera la buena noticia de la salvación. Isabel agradece a María el servicio material de ayudarle a fregar unos platos o limpiar la casa, pero ante todo el servicio de la fe… “Dichosa tú, la creyente”…, la que me da el Espíritu, la que me habla de Dios. Todo servicio que hacemos a nuestros hermanos se quedará manco si no le damos el servicio de la fe.

Palabra del Papa

No habían pasado siquiera tres años y a tu hijo le anunciaban pronta muerte. ¿Dónde aprendió a amar de tal manera, que ni la misma muerte tortuosa le aplacó el deseo de amar? Detrás de Él hubo una madre que le amó de tal manera, que le enseñó a mirar constantemente más allá de su propia vida. Amándolo tanto lo habías preparado a amar. Te dejaría, María. Y lo despedirías con la misma confianza con que lo diste a luz. Cambiaste la humanidad, Madre mía, engendrado al mismo Dios que se encarnó. Tú tan sólo una criatura, pero tan generosa. Tan sólo una criatura, pero tan silenciosa. Tan sólo una criatura, pero tan comprensiva. Tan sólo una criatura, pero llena de gracia. Tan sólo una criatura, pero la Madre del Señor. Tan sólo una criatura, pero también mi madre. Creíste. Feliz seas, Madre mía, que creyendo abriste el mundo al mismo Dios; y el mismo Dios nos vino a redimir. He ahí a mi madre. He aquí a tu hijo, he aquí a tu hija. Quiero caminar contigo hasta la cruz y escuchar a mi Señor decir «he ahí a tu madre». Ángelus S.S. Papa Francisco, 15 de agosto de 2016)

4.- Qué me dice hoy a mí este texto del evangelio ya meditado. (Silencio)

5.- Propósito. Hoy haré todo con la prontitud, la alegría y la ilusión con que hizo María ese viaje a visitar a su prima.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, uno mi alabanza a la alabanza de María y con ella te doy gracias por tantas gracias que me has dado a lo largo de mi vida. Como María yo también te digo: ¿Qué has mirado en mí? No cabe duda: lo poco que valgo, lo poco que tengo, lo poco que soy. Crear es hacer algo de la nada. Gracias por esta creación continuada.

 

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Autor: Raúl Romero