Lectio Divina: 28 de noviembre de 2017

Algo debe ser destruido. En la Iglesia soñada por Jesús siempre debe existir un “fin del mundo éste”. Esa Iglesia de grandeza, de poder, de grandes joyas, de riqueza acumulada y no compartida, debe desaparecer. De esa Iglesia no debe quedar piedra sobre piedra. Esa Iglesia de miedos y amenazas, de “profetas de calamidades”, “de fundamentalista apocalípticos” que ven ruina y devastación en todo lo que no cuadra con su personal visión de las cosas, debe desaparecer; no debe quedar piedra sobre piedra. Eso no es evangelio, eso es fanatismo intolerante (San Juan XXIII).

 

 

1.- Introducción.
Con el evangelista Juan quiero hacer una distinción entre “este mundo y “el mundo éste”. Este mundo que nos has regalado es maravilloso y quiero disfrutarlo y agradecerlo. Pero hay otro mundo “el mundo éste” que ha rechazado a Jesús, que se ha encerrado en sí mismo, que sólo busca las cosas superfluas y materiales, que olvida a los demás… Ese mundo quiero que desaparezca cuanto antes. Que se establezca el Reino de Dios que es libertad, amor, esperanza, y deseos inmensos de fraternidad.

2.- Lectura reposada del evangelio. Lucas 21, 5-11.
En aquel tiempo algunos ponderaban la belleza del Templo, que estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas. Jesús les dijo: Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida. Le preguntaron: Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir? Él dijo: Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: «Yo soy» y «el tiempo está cerca». No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato. Entonces les dijo: Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas, y grandes señales del cielo.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión.
Algo debe ser destruido. En la Iglesia soñada por Jesús siempre debe existir un “fin del mundo éste”. Esa Iglesia de grandeza, de poder, de grandes joyas, de riqueza acumulada y no compartida, debe desaparecer. De esa Iglesia no debe quedar piedra sobre piedra. Esa Iglesia de miedos y amenazas, de “profetas de calamidades”, “de fundamentalista apocalípticos” que ven ruina y devastación en todo lo que no cuadra con su personal visión de las cosas, debe desaparecer; no debe quedar piedra sobre piedra. Eso no es evangelio, eso es fanatismo intolerante (San Juan XXIII). También deben desaparecer los que pronostican ya el fin de este mundo. Según nos dice el propio evangelio “el fin del mundo no es inmediato”. Que el fin del mundo ya estaba cerca, es lo que creía la primitiva Iglesia. Y fue precisamente el evangelista Lucas el que abre un nuevo horizonte al escribir una obra en dos partes: evangelio y hechos de los apóstoles. Ha terminado la etapa de Jesús en la tierra, pero ahora comienza una nueva etapa: la etapa de la Iglesia que, por la acción del Espíritu Santo, está llamada a reproducir y llevar adelante la etapa de Jesús. Los cristianos de todos los tiempos no podemos perder el tiempo preguntando: ¿Cuándo va a suceder esto? Es tanta y tan bonita la tarea que debemos hacer que no nos es permitido, como a la esposa de Lot mirar atrás, si no nos queremos convertir en estatuas de sal, es decir, en personas estáticas que frenan el curso de la historia. Lo nuestro es mirar adelante y entusiasmarnos con la bella tarea de construir un “nuevo mundo” una nueva Iglesia en la que Jesús sea el único fundamento.

Palabra del Papa.
Jesús dijo: “Esto que ven, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida”. Naturalmente le preguntan: ¿cuándo sucederá esto?, ¿cuáles serán los signos? Pero Jesús dirige la atención de estos aspectos secundarios –¿cuándo será?, ¿cómo será?– la dirige a las verdaderas cuestiones. Y son dos: Primero: no dejarse engañar por falsos mesías y no dejarse paralizar por el miedo. Segundo: vivir el tiempo de la espera como tiempo del testimonio y de la perseverancia. Y nosotros estamos en este tiempo de la espera, de la espera de la venida del Señor. Esta alocución de Jesús es siempre actual, también para nosotros que vivimos en el Siglo XXI. Él nos repite: “Miren, no se dejen engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre”. Es una invitación al discernimiento. Esta virtud cristiana de comprender dónde está el Espíritu del Señor y dónde está el mal espíritu. También hoy, en efecto, hay falsos “salvadores”, que tratan de sustituir a Jesús: líderes de este mundo, santones, también brujos, personajes que quieren atraer a sí las mentes y los corazones, especialmente de los jóvenes. Jesús nos pone en guardia: “¡No los sigan!”. “¡No los sigan!” (S.S. Francisco, Ángelus del 17 de noviembre de 2013).

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra ya meditada. (Guardo silencio).

5.- Propósito: Amar apasionadamente este tiempo que nos toca vivir porque no tenemos otro. Y Dios ama y quiere salvar a esta generación.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.
Señor, quiero ser hombre de mi tiempo y no quiero, de ninguna manera, hablar mal de esta época que nos toca vivir. Como el Evangelista Lucas, quiero mirar adelante, abrir un horizonte de esperanza, dar ilusión a gente que va de vuelta de todo, y decir que para los cristianos, “cualquier tiempo pasado fue peor”. Es mucho mejor lo que nos queda que lo que ya hemos vivido. De Dios nos queda casi todo por descubrir. Él siempre nos sorprende. ¡Gracias, Señor!

 

Autor: Raúl Romero.