Lectio Divina: 25 de junio de 2018

No juzguéis para  que no seáis juzgados

1.- Introducción.

Señor, al meditar en el evangelio de hoy te pido que me ayudes a ser objetivo, a ver las cosas como son y no como a mí me parecen; a no valorar los comportamientos humanos a partir del afecto o desafecto que yo tengo con las personas a las que me atrevo a enjuiciar.  Suele ocurrir que una misma acción es valorada de una manera distinta si se trata de una persona que me cae bien o me cae mal. Señor, dame un corazón sano, una mente limpia y una mirada de fe para emitir un juicio objetivo sobre mis hermanos.

2.- Lectura reposada del evangelio. Mateo 7, 1-5

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: «Deja que te saque la brizna del ojo», teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

La mota y la viga. Al Señor le gusta exagerar los términos de comparación para que caigamos en la cuenta de nuestros errores y cambiemos. El no ver una mota no tiene demasiada importancia respecto a nuestra salud del ojo. Pero no ver una viga significa que tengo mis ojos muy estropeados, que me urge la visita al oculista, que estoy a punto de perder la vista. Pablo tenía sus ojos muy sucios cuando en cada cristiano veía a un enemigo. En realidad estaba ciego. Por eso tuvo que estrenar unos ojos  nuevos, los ojos del amor. Y, con esta mirada del corazón, pudo ver a Jesús en cada uno de los cristianos a los que perseguía. Lamentablemente, a más de veinte siglos de distancia, seguimos estando ciegos, no vemos a Cristo en el rostro de nuestros hermanos. Qué bonitas las palabras del Papa Pablo VI a todos los cristianos al acabar el Concilio Vaticano II. “En el rostro de cada hombre, sobre todo si se ha hecho transparente a través de las lágrimas y el dolor, nosotros podemos y debemos reconocer el rostro de Cristo”.  Antes de ver “motas” en el ojo de nuestros hermanos, quitemos las “vigas” que llevamos en los nuestros.

Palabra del Papa.

No se puede corregir a una persona sin amor y sin caridad. No se puede hacer una intervención quirúrgica sin anestesia: no se puede, porque el enfermo morirá de dolor. Y la caridad es como una anestesia que ayuda a recibir la cura y aceptar la corrección. Apartarlo, con mansedumbre, con amor y hablarle. En segundo lugar es necesario no decir algo que no es verdad. Cuántas veces en nuestras comunidades se dicen cosas de una persona o de otra que no son verdaderas: son calumnias… La corrección fraterna es un acto para curar el cuerpo de la Iglesia. Hay un agujero, ahí, en el tejido de la Iglesia que es necesario coser de nuevo. Y como las madres y las abuelas, cuando cosen, lo hacen con mucha delicadeza, así se debe hacer la corrección fraterna. Si no eres capaz de hacerlo con amor, con caridad, en la verdad y con humildad, se comete una ofensa, una destrucción del corazón de la persona. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 12 de septiembre de 2014, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Guardo silencio)

5.- Propósito: Evitar los prejuicios para mirar hoy a todas las personas con la mirada del corazón.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Dios mío, qué bella, qué fuerte, qué eficaz es tu Palabra. Yo, por mí mismo, nunca hubiera caído en la cuenta de la terrible enfermedad  de mis ojos del alma. Hoy he visto lo hipócrita que soy. Qué duro, que inflexible, qué intransigente, a la hora de hacer un juicio con los demás. Y, por otra parte, qué blando, qué condescendiente, qué comprensivo soy con mis errores y defectos. Sigo con la ley del embudo: lo ancho para mí y lo estrecho para los demás. Te prometo, Señor, que voy a cambiar.

 

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Autor: Raúl Romero