Lectio Divina: 2 de julio de 2018

“Te seguiré dondequiera que vayas”

1.- Oración introductoria.

Señor, quiero comenzar mi oración pidiéndote lo que te pedía aquel escriba del evangelio: “Te seguiré dondequiera que vayas”. En realidad el escriba no pudo hacerte una oración tan bella si antes Tú no lo hubieras seducido desde dentro. Sólo el enamorado es capaz de dejar todo por seguir a su enamorada. Sólo el enamorado es capaz de sacrificarse para demostrarle a su amor todo lo que le quiere. Haz que yo te siga, Señor, “con un corazón enamorado”.

2.- Lectura reposada del evangelio. Mateo 8, 18-22

Viéndose Jesús rodeado de la muchedumbre, mandó pasar a la otra orilla. Y un escriba se acercó y le dijo: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». Otro de los discípulos le dijo: «Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre». Jesús le dijo: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos».

 
3.- Qué dice el texto bíblico.

Meditación-reflexión

Jesús nos ama con un corazón apasionado. Jesús nos ama con un corazón loco. Tan loco que ha entregado su vida por nosotros. El que quiera seguir a un enamorado, debe estar enamorado; el que quiera seguir a un loco de amor, debe estar dispuesto a enloquecer por ser fiel a ese amor. No hay nada que tanto haga sufrir a la persona amada que el no ser correspondida. No se puede seguir a Jesús dándole las migajas del corazón. Las exigencias de Jesús son consecuencias del amor que nos tiene. Nosotros tampoco podríamos ser felices dándole al Señor un corazón partido. La frase “deja a los muertos enterrar a los muertos” no hay que entenderla al pie de la letra porque a los muertos sólo los pueden enterrar aquellos que están vivos. Sabemos que en Israel, el enterrar a los muertos era “la cima de todas las buenas obras” (Martín Hengel). ¿Cómo entenderlo? El que sigue a Jesús entra en una corriente de alegría, de libertad, de paz, es decir, una corriente de vida. En cambio, el que no está con Jesús vive una vida anodina, triste, sin esperanza. Y a eso se le llama “muerte”. Son como cadáveres ambulantes. O, para tomar una imagen evangélica, son como “árboles que andan” (Mc. 8,24). Ni siquiera sienten como los animales. Llevan una vida meramente vegetativa. Son vegetales. ¿Puede haber mayor desgracia?

Palabra del Papa

“Quien lee atentamente el texto descubre que las Bienaventuranzas son como una velada biografía interior de Jesús, como un retrato de su figura. Él, que no tiene donde reclinar la cabeza, es el auténtico pobre; El, que puede decir de sí mismo: Venid a mí, porque soy sencillo y humilde de corazón, es el realmente humilde; Él es verdaderamente puro de corazón y por eso contempla a Dios sin cesar. Es constructor de paz, es aquel que sufre por amor de Dios: en las Bienaventuranzas se manifiesta el misterio de Cristo mismo, y nos llaman a entrar en comunión con Él. Pero precisamente por su oculto carácter cristológico las Bienaventuranzas son señales que indican el camino también a la Iglesia, que debe reconocer en ellas su modelo; orientaciones para el seguimiento que afectan a cada fiel, si bien de modo diferente, según las diversas vocaciones”. Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, primera parte, p. 36.

4.- Qué me dice hoy a mí este texto bíblico. (Silencio)

5.- Propósito. Hoy intentaré sintonizar con el amor que Jesús me tiene para intentar corresponder a su amor.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, Tú, mientras vivías en este mundo, no tenías donde reclinar tu cabeza. Tu cabeza divina no encontraba sitio donde poder descansar. Nada ni nadie en este mundo podía servir de almohada donde reposar una cabeza llena de tantos proyectos, tantas ideas geniales, tantos sueños. Pero sí encontrarse un lugar adecuado, aunque invisible, donde poder descansar a gusto: el corazón de Dios, tu Padre. En Él descansaste a la hora de tu muerte.

 

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Autor: Raúl Romero