Lectio Divina: 16 de mayo de 2018

“Padre, cuida en tu nombre a los que me has dado”

1.- Oración introductoria.

Señor, hay cosas que me rebasan, que me superan, que me trasladan a un mundo maravilloso, tu propio mundo. ¿Cómo podría yo soñar que me ibas a introducir en tu propia vida trinitaria? ¿Cómo me podría imaginar que me ibas a comunicar tu misma verdad, tu misma alegría, tu propia e íntima unidad? Hoy no necesito palabras sino silencio. Un silencio ancho, profundo y prolongado.

2.- Lectura reposada del texto evangélico: Juan 17, 11-19

Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Quiero arrancar de esta oración de Jesús al Padre: “Como Tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado”. El envío de los apóstoles es prolongación del envío del Padre a Jesús. Para entender bien esta frase hay que completarla con otra correlativa de Juan: “Como el Padre me ha amado a mí así yo también os he amado” (Juan 15,9). Jesús ha venido a este mundo con todo el cariño infinito del Padre, con la ternura del Padre, con el corazón entrañable del Padre. Cuando Jesús envía a sus discípulos al mundo, les dice que no lleven nada para el camino: “ni dos túnicas, ni dinero, ni alforjas” (Mt.10, 10). Naturalmente que se trata de alforjas materiales. Porque las alforjas espirituales están bien repletas de la ternura y del amor desbordado del Padre.

Con estas alforjas espirituales bien llenas, Jesús les puede hablar a sus discípulos de “verdad”, “de alegría”, y de unidad. La verdad no es la de los filósofos y los sabios. Es la verdad de Jesús. Todo Él es verdad. Es el auténtico, el veraz, el fiel. De esa coherencia debe estar revestido el discípulo. La alegría no es la que da el mundo. Es alegría colmada. Tan honda que es difícil explicar. Y tan fuerte que es capaz de superar los peores momentos de la vida. Y, sobre todo, “la unidad”. No una unidad conseguida a base de esfuerzos humanos, sino la unidad que tiene el Padre con el Hijo y el Hijo con el Padre. Unidad regalada. A esta unidad debo acudir cuando fallen las comunidades de corte humano, cuando sienta el fracaso de los amigos, cuando no me vea querido por nadie. La unidad trinitaria no puede fallar nunca. Jesús ha querido que yo sea “uno con el Padre y el Espíritu Santo”. Y este regalo de Jesús nadie me lo puede robar. Por eso el cristiano nunca está solo.

Palabra del Papa.

Un aspecto esencial del testimonio del Señor Resucitado es la unidad entre nosotros, sus discípulos, como la que existe entre Él y el Padre. Y la oración de Jesús en la víspera de su pasión ha resonado hoy en el Evangelio: “Que sean una sola cosa como nosotros”. De este eterno amor entre el Padre y el Hijo, que se extiende en nosotros por el Espíritu Santo, toma fuerza nuestra misión y nuestra comunión fraterna; de allí nace siempre nuevamente la alegría de seguir al Señor (Homilía de S.S. Francisco, 17 de mayo de 2015).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto evangélico ya meditado. (Guardo silencio)

5.-Propósito. Sentirme desbordado del amor del Padre manifestado en su Hijo Jesús. Y agradecerlo.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, cuando pienso en lo poco que valgo, en lo poco que tengo y en lo poco que soy, no puedo por menos que agradecer a Dios Padre el regalazo que me ha hecho con su Hijo Jesús. Sin Él no sabría nada del Padre ni hubiera tenido idea de la maravillosa presencia del Espíritu Santo. Con Jesús tengo acceso directo al Padre, a la vida del Padre, al beso y al abrazo del Padre. Incluso a la misma unidad del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. ¡Gracias, mi Dios!

 

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Autor: Raúl Romero