Lectio Divina: 12 de junio de 2018

Vosotros sois la sal. Vosotros sois la luz

1.-Oración introductoria.

Señor, hoy vengo a pedirte lo que Tú quieres que seamos cada uno de nosotros: sal y luz. Y te lo pido con todo mi corazón. ¿Por qué? Porque me asusta mi vida en la más angustiosa oscuridad: sin saber dónde voy, ni dónde estoy, ni qué soy. Y me entristece una existencia insípida, sin saborear lo grande y hermoso de la vida y, sobre todo, el estar condenado a no poder gustar lo suave y dulce que eres Tú, Señor.

2.- Lectura reposada del evangelio. Mateo 5, 13-16

«Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Vosotros sois la sal. Vosotros sois la luz. No se trata de tener sino de ser. No dice que, como discípulos, debemos acumular montoncitos de sal en la bodega interior y, después, repartir a los demás para que el mundo no sea tan soso, tan aburrido. Es algo más. Debemos “ser sal”. Toda nuestra vida debe estar anclada en Cristo y desde Él descubrir el sentido de la vida, disfrutar de las cosas por pequeñas que sean, descubrir que con Jesús la vida cambia y tiene otro color y otro sabor. Y lo mismo ocurre con la luz. No nos dice Jesús que seamos “acumuladores de energía” “baterías invisibles” sino que “seamos luz”. Todo nuestro ser debe estar impregnado de esa luz que es Cristo. Allá   donde hay un cristiano hay una antorcha que “arde y alumbra” como Juan Bautista. No se trata de “fuegos artificiales” que brillan con mil colores y enseguida desaparecen. Se trata de personas que son luz y “arden” ante las cosas de Dios e “iluminan” a los que están todavía en la oscuridad de la fe.

Palabra del Papa.

“¿Quiénes eran aquellos discípulos? Eran pescadores, gente sencilla… Pero Jesús los mira con los ojos de Dios, y su afirmación se entiende precisamente como consecuencia de las Bienaventuranzas. Él quiere decir: si fuerais pobres de espíritu, si fuerais mansos, si fuerais puros de corazón, si fuerais misericordiosos… ¡Ustedes serán la sal de la tierra y la luz del mundo! Para comprender mejor estas imágenes, tengamos en cuenta que la ley judía prescribía poner un poco de sal sobre cada oferta presentada a Dios, como un signo de alianza. La luz, entonces, para Israel era el símbolo de la revelación mesiánica que triunfa sobre las tinieblas del paganismo. Los cristianos, el nuevo Israel, reciben, entonces, una misión para con todos los hombres: con la fe y la caridad pueden orientar, consagrar, hacer fecunda la humanidad. Todos los bautizados somos discípulos misioneros y estamos llamados a convertirnos en un Evangelio vivo en el mundo: con una vida santa daremos «sabor» a los diferentes ambientes y los defenderemos de la corrupción, como hace la sal; y llevaremos la luz de Cristo a través del testimonio de una caridad genuina. Pero si los cristianos perdemos sabor y apagamos nuestra presencia de sal y de luz, perdemos la efectividad.» (Ángelus de S.S. Francisco, 9 de febrero de 2014).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto evangélico ya meditado. (Silencio)

5.- Propósito. Vivir este día sabiendo que soy “sal y luz”. En este día algo tiene que ser sazonado; algo debe quedar iluminado por mí.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Gracias, Dios mío, porque me has hecho descubrir en este día la hondura y profundidad de tu evangelio. Me creía buen cristiano con un baño de cristianismo, simplemente cumpliendo algunas de tus enseñanzas. Pero hoy he comprendido que ser cristiano no es cualquier cosa. Lo comprendió muy bien el apóstol Pablo cuando decía: “Yo ya no vivo. Es Cristo quien vive en mí”

 

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Autor: Raúl Romero