Lectio Divina: 10 de marzo de 2018

¡Ten compasión de mí, que soy pecador!

1.- Oración introductoria.

Señor, al llegar hoy a la oración y leer el evangelio de este día, caigo en la cuenta de que, dentro de mí, también hay un “fariseo y un publicano”. Soy fariseo cuando me creo que todo lo bueno que hay en mí, es fruto de mi esfuerzo personal, del cumplimiento exacto de la ley, y así me recreo en las obras de mis manos. Pero, otras veces, me siento muy pobre, muy pequeño, muy pecador. Señor, en este día, rechaza al fariseo que hay en mí y acoge al publicano.

2.- Lectura reposada del Evangelio. Lucas 18, 9-14

En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola por algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás: Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: «¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias.» En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: «¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!» Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

La oración del fariseo erguido, con complejo de superioridad, muy seguro de sí mismo, que va al Templo a dar gracias a Dios porque “él no es como los demás”. Es una de las oraciones más estúpidas que hay en la Biblia. ¿Habrá algo más bonito que dar gracias a Dios “por ser como los demás”? La igualdad nos hace hermanos. El cristiano es el hombre sin complejos: ni de superioridad, “no es más que nadie”; pero tampoco de inferioridad; “no es menos que nadie”. Todos somos hijos de Dios. Lo peor de todo es que, al creerse mejor que los demás, “despreciaba” al publicano. El soberbio no sólo se hace daño a sí mismo sino a los hermanos. El publicano, en un rincón, no decía nada. Sólo se daba golpes en el pecho y reconocía su pecado. Pronto llegó el veredicto del Señor: “El publicano salió justificado” y el fariseo, al justificarse a sí mismo, no pudo recibir el perdón de Dios. Y salió del templo con los pecados que antes tenía y uno más: el de soberbia. A Dios podemos ir “por las buenas o por las malas”. Por las malas cuando vamos, como el fariseo, en plan de “exigencia”. Yo soy bueno y tengo derecho al cielo. O por las buenas, como el publicano, en plan de “indigencia”. Soy pobre, soy pequeño, soy pecador.

Palabra del Papa.

Es fácil decir que Jesús es el Señor, difícil en cambio reconocerse pecadores. Es la diferencia entre la humildad del publicano que se reconoce pecador y la soberbia del fariseo que habla bien de sí mismo: Esta capacidad de decir que somos pecadores nos abre al estupor que nos lleva a encontrar verdaderamente a Jesucristo. También en nuestras parroquias, en la sociedad, entre las personas consagradas: ¿Cuántas son las personas capaces de decir que Jesús es el Señor?, muchas. Pero es difícil decir: Soy un pecador, soy una pecadora. Es más fácil decirlo de los otros, cuando se dicen los chismes… Todos somos doctores en ésto, ¿verdad?” Para llegar a un verdadero encuentro con Jesús es necesaria una doble confesión: Tú eres el hijo de Dios y yo soy un pecador, pero no en teoría, sino por esto, por esto y por esto…Pedro después se olvida del estupor del encuentro y lo reniega. Pero porque es humilde se deja encontrar por el Señor, y cuando sus miradas se encuentran él llora, vuelve a la confesión: ‘Soy pecador’. Que el Señor nos de la gracia de encontrarlo y también de dejarnos que Él nos encuentre. Nos de la gracia hermosa de este estupor del encuentro. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 3 de septiembre de 2015, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Silencio)

5.- Propósito. En este día procuraré ser humilde, sin buscar justificarme en aquello que no he hecho bien.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí por medio de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, hoy quiero acabar esta oración retomando palabras del publicano y del fariseo. Del publicano para decirte: Señor, soy pecador. Lo reconozco, pero confío plenamente en tu misericordia. Del fariseo para hacer una oración invertida: Gracias, Señor, porque soy como los demás: ni más que nadie ni menos que nadie. Gracias porque poniéndome al nivel de cada persona, puedo disfrutar del gozo de la fraternidad.

 

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Autor: Raúl Romero