Lectio Diaria: 23 de noviembre de 2017

Me impresionan y me emocionan estas palabras del Evangelio: “Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella”. Sus lágrimas son expresión de “impotencia”. Dios respeta tanto nuestra libertad que prefiere ser rechazado antes de verse obligado a realizar algo en contra de la voluntad de su pueblo. Jesús habla, dialoga, sugiere, ofrece la salvación…pero jamás tira la puerta de nuestra libertad. “Estoy a la puerta y llamo” (Ap. 3,20). Llama y espera. Si se le abre, entra; si se le cierra la puerta, se va; pero con los ojos arrasados en lágrimas.

1.- Introducción.

Señor, hay escenas en el evangelio tan emotivas, tan escalofriantes, que sólo los que tengan un corazón de piedra como aquellos paisanos tuyos de Jerusalén, pueden rechazar o quedar indiferentes. Normalmente, a los hombres nos cuesta llorar. Parece que es un signo de debilidad, propio de las mujeres. Pero Tú, el hombre cabal, el hombre perfecto, el hombre por antonomasia, has gustado el amargo sabor de las lágrimas. Así te has hecho más hermano. Gracias, Señor, por tus lágrimas.

2.- Lectura reposada del evangelio. Lucas 19, 41-44.

En aquel tiempo, al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: ¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión.

Me impresionan y me emocionan estas palabras del Evangelio: “Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella”. Sus lágrimas son expresión de “impotencia”. Dios respeta tanto nuestra libertad que prefiere ser rechazado antes de verse obligado a realizar algo en contra de la voluntad de su pueblo. Jesús habla, dialoga, sugiere, ofrece la salvación…pero jamás tira la puerta de nuestra libertad. “Estoy a la puerta y llamo” (Ap. 3,20). Llama y espera. Si se le abre, entra; si se le cierra la puerta, se va; pero con los ojos arrasados en lágrimas. Si no le importara su pueblo, si no tuviera cariño por su pueblo, se marcharía tranquilo después de haber hecho todo lo que podía hacer. Pero Jesús ama a su pueblo, a su ciudad: “Jerusalén, Jerusalén…cuantas veces te he querido reunir como la gallina a sus polluelos, y no has querido” (Mt. 23,37). Las lágrimas de Jesús son expresión de ternura, de amor incomprendido y rechazado. Las lágrimas de Jesús nos hablan de un Dios cercano, que tiene entrañas de misericordia, que se alegra con nosotros cuando nosotros reímos y sufre con nosotros cuando nosotros lloramos. ¡Qué finura de amor!

Palabra del Papa.

También esta enseñanza de Jesús es importante verla en el contexto concreto, existencial en la que Él la ha transmitido. En este caso, el evangelista Lucas nos muestra Jesús que está caminando con sus discípulos hacia Jerusalén, hacia su Pascua de muerte y resurrección, y en este camino les educa confiándoles lo que Él mismo lleva en el corazón, las actitudes profundas de su alma.

Entre estas actitudes están el desapego de los bienes terrenos, la confianza en la providencia del Padre y, también, la vigilancia interior, la espera activa del Reino de Dios. Para Jesús es la espera de la vuelta a la casa del Padre. Para nosotros es la espera de Cristo mismo, que vendrá a cogernos para llevarnos a la fiesta sin fin» (S.S. Francisco, 11 de agosto de 2013).

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra ya meditada. (Guardo silencio).

5.- Propósito: Un rato de silencio para dar gracias a Dios porque Jesús nos ha revelado el amor entrañable de Dios.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, he entrado en la oración con mi corazón emocionado y salgo de ella con mi corazón enternecido. Tus lágrimas sobre la ciudad de Jerusalén me hablan de las veces que Tú has llorado por mí cuando me he empeñado en cerrar mi corazón a tus llamadas. He sido duro, terco, insensible a tus dulces palabras, a tu suave invitación, a tanto derroche de cariño que has tenido conmigo. Gracias, Señor, por tanto amor. Te prometo desde hoy abrirte de par en par la puerta de mi corazón. Entra, Señor, a cenar conmigo. Te necesito.

Autor: Raúl Romero