«Como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros. Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir todo lo que yo os he enseñado» (Jn. 20, 21; Mt. 28, 19-20)


Jesús quería que su mensaje se conservara íntegro para siempre. Por eso no se lo encargó a cualquier hombre, sino a sus Apóstoles sobre los que había fundado la Iglesia.

Los Apóstoles eran los mejores candidatos para recibir, conservar y transmitir el mensaje, porque ellos recibirían al Espíritu Santo y Él les ayudaría a no olvidar, cambiar o distorsionar el mensaje enviado por Dios.

Cuando recibieron el mandato de Jesús, los Apóstoles se lanzaron a la predicación del mensaje a todos los hombres.

Si tuvieras que transmitir algo a todo el mundo, seguramente usarías todos los medios a tu alcance: periódicos, revistas, anuncios televisivos, programas de radio y tal vez abrirías una página en Internet con tu mensaje.

Los Apóstoles también usaron todos los medios que tenían y se pusieron a predicar en las plazas, a escribir cartas y a viajar por todo el mundo entonces conocido, para anunciar la Buena Nueva de Cristo a la humanidad.

Predicaron el mensaje de Jesús de dos formas diferentes: oralmente, con su predicación, con su ejemplo y sus instituciones, y por escrito, con los Evangelios y sus cartas apostólicas.

En tiempos de los Apóstoles no era nada fácil escribir un libro, ya que no existían computadoras, máquinas de escribir o imprentas, ni siquiera bolígrafos. Es más, no existían hojas de papel. Todo tenía que ser cuidadosamente manuscrito con plumas de ave sobre pergaminos hechos de piel de animales.

Además de estas dificultades prácticas, el mensaje que tenían que transmitir venía del mismo Dios: Omnipotente, Infinito, Omnipresente… ¿Cómo poder contener a todo un Dios en unas cuántas palabras escritas?

San Juan nos da una sencilla explicación:

«Muchas cosas más hizo Jesucristo que, si se escribieran todas, no podrían contenerlas todos los libros del mundo».

Toda receta tiene sus «secretos» como, por ejemplo: «para que esponje debes tocar la masa solo con las yemas de los dedos». Generalmente hay que conocer estos trucos para que el platillo salga perfecto, pero estos raramente vienen escritos en los recetarios porque son difíciles de expresar, y solo se aprenden en la práctica viendo cómo lo realiza alguien que ya los conoce.

Hay otras cosas que no se pueden expresar por escrito por más que se quiera: la bondad en la mirada, los sentimientos, las reacciones ante determinadas situaciones, el tono de voz…

Todas estas cualidades y gestos las tuvo Jesucristo y los Apóstoles las vieron, las disfrutaron, quedaron asombrados con ellas, las imitaron, las meditaron, pero no las escribieron.

Ellos se limitaron a escribir todo lo que el Espíritu Santo les dictó y solo lo que Él mismo les dijo que escribieran.

El resto del mensaje lo transmitieron con palabras, con su ejemplo y con las instituciones que fundaron. Este «resto del mensaje», los «secretos de la receta», es lo que conocemos en la Iglesia como la Tradición.

Para que el mensaje de Dios en la Tradición se conservara vivo e íntegro, los Apóstoles se aseguraron de no dejarlo en manos de alguien que perdiera el mensaje.

Los Apóstoles dejaron el mensaje de la Tradición en manos de los obispos, que fueron sus sucesores en la Iglesia. Ellos también tendrían siempre la ayuda del Espíritu Santo para transmitir el mensaje íntegro y sin modificaciones.

Desde entonces, los obispos han sido los encargados de conservar el mensaje y transmitirlo íntegramente a sus sucesores, y de adaptarlo sin cambiarlo, con la ayuda del Espíritu Santo, a las diversas épocas de la historia.

Así, la riqueza de la Tradición ha pasado de generación en generación a la práctica y a la vida de toda la Iglesia.

En la transmisión de este mensaje, Dios sigue en comunicación de forma presente y viva con su Iglesia por medio del Espíritu Santo que es quien introduce a los fieles en la verdad plena y hace que la Palabra de Cristo habite en ellos intensamente.

El mensaje de la Revelación no pertenece a una persona o a un grupo de personas, sino al Espíritu Santo que habita en la Iglesia transmisora de la Verdad a través de sus representantes elegidos por Dios.

Tanto la Sagrada Escritura como la Tradición, tienen una misma fuente: las dos vienen de Dios, ambas son mensajes que Dios ha dado para el hombre.

También las dos tienen una misma finalidad: que los hombres alcancen la salvación.

En la vida diaria de la Iglesia, ambas cumplen con una misma función: hacer presente a Cristo, el Verbo, la Palabra de Dios entre los hombres.

Son dos formas diferentes de transmisión de la Verdad: la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios escrita por inspiración del Espíritu Santo, mientras que la Tradición recibe la Palabra de Dios, encomendada por Cristo a los Apóstoles, y la transmite íntegra a sus sucesores para que ellos, con la ayuda del Espíritu Santo, la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su predicación.

La Sagrada Escritura y la Tradición son importantes, se complementan y juntas forman la verdad.

En el transcurso de la historia de la Iglesia en los diferentes países han surgido pequeñas tradiciones que manifiestan formas locales y temporales de vivir la Tradición, pero no son propiamente la Tradición.

Estas tradiciones particulares son manifestaciones, expresiones que sirven en un momento determinado de la historia, para que las personas de cierto lugar se acerquen más fácilmente a Dios.

Estas tradiciones tienen un gran valor en un momento, lugar y situación determinados, pero siempre tienen que revisarse a la luz de las enseñanzas de la Iglesia, para ver si siguen teniendo validez o si hay que modificarlas, adaptarlas, mantenerlas o suprimirlas, dependiendo de las nuevas costumbres de los pueblos.

Al analizar brevemente la afirmación protestante según la cual «no hay más Revelación ni autoridad doctrinal que la contenida en la Biblia», hay que decir que esta doctrina no es bíblica. En ningún lugar la Biblia dice eso, la Biblia dice lo contrario, como se puede leer en diversos textos (Mt. 15, 2; Mt. 15, 3-6; Mc. 7, 1-13; Col. 2, 8).

En la misma Biblia aparece indicado el valor de la Tradición que viene de los Apóstoles y la obligación de seguirla, como dice san Pablo: «Sed mis imitadores, como lo soy de Cristo. Os alabo porque en todas las cosas os acordáis de mí y conserváis las tradiciones tal como os las he transmitido» (1 Co. 11, 1-2).

Cuando la Iglesia católica enseña que la Revelación divina nos llega a través de dos fuentes, la Sagrada Escritura (Biblia) y la Tradición, por esta segunda no se refiere a las distintas interpretaciones u opiniones de escuelas teológicas nacidas ya sea en los primeros tiempos o a lo largo de la historia eclesiástica. Se trata de la Tradición Apostólica, como se puede ver, por ejemplo, en el Catecismo de la Iglesia Católica: «La Tradición de la que aquí hablamos es la que viene de los Apóstoles y transmite lo que estos recibieron de las enseñanzas y del ejemplo de Jesús y lo que aprendieron por el Espíritu Santo» Esto, incluso, es de sentido común: toda nuestra fe se basa en la Tradición o transmisión que se remonta a los Apóstoles. La misma Biblia es parte de esa Tradición. Los Apóstoles no recibieron de Jesús ningún libro escrito y la mayoría de los Apóstoles (todos los cuales recibieron el mandato de «ir y enseñar» por todo el mundo) no escribieron nada, solo predicaron; los primeros cristianos no tuvieron en los primeros años ningún escrito, comenzaron primero algunas cartas de los Apóstoles, luego se pusieron por escrito algunos de los Evangelios, y todo esto incluso no llegaba a todos los cristianos; algunos conocían unos textos y desconocían otros, o sabían de su existencia (como sabían que los corintios o los efesios habían recibido cartas de san Pablo pero no tenían copias). Muchos cristianos vivieron, crecieron y murieron sin tener textos escritos; y muchos que podían entrar en contacto con ellos, no encontraban ninguna utilidad en los mismos por ser analfabetos y no poder leerlos. La doctrina cristiana se transmitió, pues, de modo oral, como Tradición (Traditio, Parádosis en griego, significa entrega, traspaso de una doctrina). Al poner por escrito, algunos de ellos o sus colaboradores (como Marcos respecto de la predicación de Pedro y Lucas de la de Pablo), la enseñanza oral y la (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 83) transmisión no se frenó. Es más, como ya hemos aducido más de una vez, algunos de ellos, como san Juan, se apuraron a decir que no estaban en esos escritos contenidos todos los hechos y dichos de Nuestro Señor, y que muchas de las verdades enseñadas por Jesús preferían ellos mismos transmitirlas oralmente (véanse los textos de Juan).

Los Apóstoles confiaron ambas cosas, sus escritos (parte de la Biblia) y sus enseñanzas orales, a la Iglesia, es decir, a sus sucesores. Todo esto que fue confiado lo llamamos depósito de la fe o depósito sagrado, usando las expresiones de san Pablo (1 Tim. 6, 20: «Timoteo, guarda el depósito»; 2 Tim. 1, 12-14: «Estoy convencido de que —Dios— es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel Día. Ten por norma las palabras sanas que oíste de mí en la fe y en la caridad de Cristo Jesús. Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros»).