En esta época, la televisión se ha convertido en el invitado permanente del hogar. La pequeña pantalla no es un objeto doméstico más. Puede llegar a ser el intruso de la vida familiar, llegando a veces a dominarla, a convertirse en centro de la misma. El aparato de TV es el mueble más activo de una casa; un convidado a veces beligerante, que puede ser instrumento de recreación, información y cultura, o constituirse en medio de manipulación psicológica que incide en los comportamientos más decisivos de una persona.

La televisión tiene una extraordinaria influencia en la configuración de los hábitos de los ciudadanos —en especial, de los más jóvenes—, y de la sociedad en general. La televisión, nos guste o no, y no le demos más vueltas, es uno de los más importantes instrumentos del cambio cultural y social; superior a la institución enseñante por excelencia: la escuela; con la pretensión de superar a la propia familia.

La televisión tiene efectos positivos en el niño, cuando se le ha enseñado a verla, como la facilidad para asimilar el lenguaje, y constituye una excepcional fuente de conocimientos. Pero el abuso en la cantidad y la carencia de calidad conlleva importantes efectos negativos, físicos y psíquicos, de los que apuntamos los siguientes: alteraciones del sueño, nerviosismo, fracaso escolar, aislamiento, sedentarismo, atrofia la actividad intelectual, pérdida del discernimiento, banalización de la violencia.

Si su entretenimiento favorito es ver la TV, no espere que su hijo haga otra cosa.

Calcule honestamente cuántas horas pasa cada uno de los miembros de su familia viendo la televisión y piense si podrían destinar ese tiempo a otra actividad más provechosa, como leer un libro, adquirir un hobby… Las noticias en la televisión son espectaculares, pero no olvide que leer un periódico o una buena revista suele ser más provechoso.

Como la televisión forma parte de nuestra vida cotidiana, es un error anatematizarla o prohibir a los hijos que la vean, ya que será inevitable que la vean en casa de sus amigos o a escondidas. Lo mejor es acostumbrarles desde muy pequeños a seleccionar, a que disciernan lo que les ayuda o perjudica, y a saber usarla con racionalidad, con mesura y criterio. Hoy día es parte fundamental de la educación y formación integral de los hijos, que deberían afrontar la familia y la escuela conjuntamente.

Algunos dicen que la TV debe ser un reflejo de la sociedad, para justificar de este modo que en ella se muestre todo, aunque sea ofensivo para la conciencia de la mayoría o lesivo de los más elementales principios de moral pública. Con el pretexto de autenticidad y libertad se ha abierto así el camino para que la TV sea con frecuencia un medio de opresión, no de expresión.

Es evidente que, en este país, no se ve la televisión que se desea, sino la que imponen quienes la hacen. No es utópico pensar en una TV que sea honesta en la información, que entretenga y divierta, que ayude a formar, que eduque y brinde cultura, que sea utilizada al servicio de la persona, de la familia, del bien común de la sociedad. Como medio de expresión libre y de creación artística que eleve y dignifique a las personas. Lo relativamente cómodo es lograr una televisión como la actual, plagada de hedonismo, de violencia (la experiencia se encarga de demostrar que la violencia en TV engendra violencia en los comportamientos, dentro del hogar y fuera del hogar), etc., en muchos de sus contenidos.