Para la elaboración de este escrito me he apoyado en dos pilares fundamentales: en el rigor histórico (según textos y documentos de la época, y obras y artículos de especialistas en la materia, serios y acreditados) y en la imparcialidad ideológica. Sin ellos, me hubiese sido imposible ser lo más objetivo posible y veraz.

Un mito

(Un extracto de la carta restituida al Vaticano. Foto: Embajada de Estados Unidos. La embajadora de Estados Unidos ante la Santa Sede, Callista Gingrich, restituyó al Vaticano una copia original de una carta escrita por Cristóbal Colón cuando retornó de su primer viaje a América)

Existe un mito que afirma que, tras su llegada a América, Cristóbal Colón abusó y esclavizó a los indígenas, a semejanza de los colonizadores españoles. Diversos especialistas desenmascaran estas acusaciones y afirman que todo es parte de un plan para desprestigiarlo.

La polémica alrededor del descubridor de América cada tanto está sobre el tapete. Como ejemplos podríamos indicar la supresión —en 2016— del Día de Colón en el estado de Colorado en Estados Unidos, o el cambio del Día de la Hispanidad por el Día de la Resistencia Indígena aprobado por la Mesa del Parlamento de Navarra el 25 de septiembre de 2017.

También se pueden leer los siguientes escritos publicados en ABC:  «El origen del odio a Colón y a lo español en EE.UU.», César Cervera, ABC, 21-X-2019; «Lanzan una campaña para combatir las “falsas acusaciones” contra Colón en EE.UU.», EP, ABC, 18-IX-2019; «Colón no tiene quien le defienda en España», David Alandete, ABC, 14-VI-2020; «Colón y los fantasmas», Ignacio Camacho, ABC, 15-VI-2020.

«Podemos alienta ataques a la estatua de Colón en Barcelona».

En el caso del estado de Colorado el proyecto de ley fue presentado por el diputado estatal Joe Salazar, quien afirmó que no se debe conmemorar la fecha porque el viaje de Colón a América «desencadenó uno de los mayores tráficos de esclavos de la historia» y creó «un nivel de inhumanidad alrededor de los indígenas que existe hasta ahora».

A Salazar se le olvidó decir o contar también, acto seguido, lo sangrientas que fueron, por ejemplo, en el siglo XX las Inquisiciones mejicanas de la revolución y la rusa de la era Staliniana.

Fray Bartolomé de Las Casas

Fray Bartolomé de Las Casas, un «fabulador sin fundamentos»      

Para sustentar su posición, Salazar incluyó en el documento que presentó, tres párrafos de los escritos de Fray Bartolomé de Las Casas, un importante dominico que fue el primer Obispo de Chiapas en México e incansable misionero que denunció los abusos que cometieron los colonizadores españoles contra los indígenas.

De Las Casas describió que los españoles «actuaban como bestias voraces, matando, aterrorizando, afligiendo, torturando y destruyendo a los pueblos indígenas, haciendo todo esto con nuevos, extraños y variados métodos de crueldad de los que nunca se ha visto o escuchado antes».

Relató también que cuando los españoles atacaban a los pueblos no tenían piedad de los niños, ancianos o embarazadas. Los acuchillaban y desmembraban «como si se tratara de ovejas en un matadero». Añadió que incluso apostaban para ver quien mataba mejor.

De Las Casas señaló en sus escritos que los colonizadores perpetraron estos actos motivados por su «insaciable codicia y ambición» por el oro.

Estos crímenes son presentados en la iniciativa de Salazar como «los actos inhumanos de Colón».

He querido traer a colación aquí unos cuantos párrafos, muy ilustrativos, del artículo «La leyenda negra española», publicado en Iglesia en Aragón, el 30-V-2020.

Brevísima (Wikipedia)

A Bartolomé de Las Casas, el mentado «apóstol de los indios», se le atribuye desde hace cuatro siglos la responsabilidad en la defensa de los nativos americanos, pasando a la fama por su conocida obra publicada en 1552 como la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, fuente «inequívoca» del «genocidio» que los españoles habrían perpetrado en América durante los años de conquista y plomo…

Según el fraile, el conquistador era la encarnación del diablo: «Los españoles desean solo henchirse de riquezas en muy breves días […] más que hombres parecen lobos, leones y tigres crudelísimos de muchos días hambrientos […]. Cometían grandísimas crueldades, matando y quemando y asando y echando y asando y echando perros bravos» (Rómulo Carbia, Historia de la Leyenda Negra hispano-americana, Publicaciones del Consejo de la Hispanidad, Madrid 1944, 42. Es el mejor estudio sobre la discusión relativa a la Conquista que se produjo durante los siglos XVIII y XIX).

Las Casas propugnó la sustitución de los indios por esclavos negros.

De Las Casas propuso la esclavitud de los negros y la trata de negros para proteger a los indios.

Sostuvo Las Casas que todas las guerras contra los indios eran injustas, cuando la esclavitud del vencido en guerra justa era admitida por los juristas y teólogos, cuyo principal maestro era el dominico Francisco de Vitoria, fundador del moderno Derecho de Gentes. Todos menos Las Casas reconocían diversos casos de guerra justa en el Nuevo Mundo.

“Leyes Nuevas de 1542”

A pesar del rechazo general, Las Casas influyó en la sanción de las “Leyes Nuevas de 1542” que restringían las encomiendas para protección de los indios.

Nombrado Las Casas obispo de Chiapa (Guatemala) por Carlos V para que practicara sus teorías en su diócesis, publicó normas contrarias a las leyes vigentes, promovió excomuniones y originó disturbios continuos entre los diocesanos, teniendo que abandonar a los pocos meses.

Las Casas pasó a México, donde divulgó sus “Reglas para los Confesores” que causaron nuevo escándalo, siendo rechazadas por todos los obispos de la Nueva España.

Bartolomé de Las Casas intervino en la conquista de Cuba como soldado, colono y encomendero, poseedor de un gran número de esclavos. Fracasó como buscador de oro, robó y mató indios.

De Las Casas, además de utópico era un farsante, ya que nunca confesó, que siendo soldado, mató a algunos de esos indios.

El fraile español, Bartolomé de Las Casas, empleó cifras falsas para denunciar los abusos de los conquistadores, y Guillermo de Orange (autor del libro Apología, lleno de falsedades y exageraciones), el hombre que encabezaba en los Países Bajos la rebelión contra el Imperio español, que iba buscando la forma de debilitar a España a través de la propaganda, se valió de las exageradas cifras del dominico para criticar la conquista de América y pintar a los españoles como esclavistas crueles.

Voltaire

En El Ensayo sobre las costumbres (1756), Voltaire reconoció que Las Casas exageró de forma premeditada el número de muertos e idealizó a los indios para llamar la atención sobre lo que consideraba una injusticia. Voltaire también escribe sobre las crueldades reflexivas y los horrores cometidos por los conquistadores españoles.

«Sabido es que la voluntad de Isabel, de Fernando, del cardenal Cisneros, de Carlos V, fue constantemente la de tratar con consideración a los indios», expuso en 1777 el escritor francés Jean-François Marmontel en una obra, Les Incas (dedicada al rey de Suecia Gustavo III), que por lo demás está llena de reproches hacia la actitud de los conquistadores.

Así y todo, la Revolución francesa y la emancipación de las colonias en América elevaron a de Las Casas a la categoría de benefactor de la Humanidad e hicieron olvidar otra vez los trabajos de Voltaire. Asimismo, la emancipación de las colonias disparó la publicación de ejemplares de la Brevísima

Para Ramón Menéndez Pidal, «Las Casas se contradecía… es una mente anómala que los sicólogos habrán de estudiar».

Hay muchísima bibliografía acerca de la personalidad de Las Casas y de su «obsesión» e imprecisiones. Citamos aquí solo algunas: Díaz Araujo, Enrique Las Casas visto de costado, Fundación Francisco Elías de Tejada y Erasmo Percopo, Madrid 1995, 218 y La rebelión de la nada, Cruz y Fierro, Buenos Aires 1983, 369; Ramón Menéndez Pidal, El Padre Las Casas: su doble personalidad, Espasa-Calpe, Madrid 1963, 410 pp. y El P. Las Casas y Vitoria, Espasa-Calpe, Col. Austral, Madrid, pp. 152.; existen incluso serios estudios que afirman un grado de paranoia en Las Casas y hasta de «profetismo», como señala autorizadamente Menéndez Pidal: «Holgadamente se hallaba Las Casas, en un ambiente profetista, situándose fuera de toda realidad, y, ¡con cuánta sencillez falseaba por completo la verdad de todo lo que le rodeaba!» (Ramón Menéndez Pidal, El Padre Las Casas. Su doble personalidad, 335).

El español Fray Motolinía venía a decir, en síntesis, que de Las Casas era un fabulador sin fundamentos, que la acción combinada de la Iglesia y la Corona era una epopeya digna de encomio y que, para los desdichados toltecas, culhuas, chichimecas, otomís y tantas otras tribus, la llegada de los españoles había significado su verdadera dignificación (cfr. Antonio Caponnetto, Independencia y nacionalismo, Katejon, Buenos Aires 2016, 153 pp).

«No tiene razón el de Las Casas de decir lo que dice y escribe y exprime (es un) ser mercenario y no pastor, por haber abandonado a sus ovejas para dedicarse a denigrar a los demás […]. A los conquistadores y encomenderos y a los mercaderes los llama muchas veces, tiranos robadores, violentadores, raptores; dice que siempre y cada día están tiranizando a los Indios […]. Para con unos poquillos cánones que el de Las Casas oyó, él se atreve a mucho, y muy grande parece su desorden y poca su humildad; y piensa que todos yerran y que él solo acierta, porque también dice estas palabras que se siguen a la letra: todos los conquistadores han sido robadores, raptores y los más calificados en mal y crueldad que nunca jamás fueron, como es a todo el mundo ya manifiesto: todos los conquistadores dice, sin sacar ninguno […]» (Se puede ver el texto en Real Academia de la Historia. Col. de Muñoz. Indias. 1554-55. T. 87. fª 213-32. Citado por Miguel A. Fuentes, Las verdades robadas, Edive, San Rafael 2004, 242-243).

William Robertson en su History of America, 1777, desaprueba a Las Casas como fuente histórica. Afirma que el Gobierno y la Iglesia de España habían siempre atendido los derechos de la población indígena.

La política colonial española, según Robertson, no solamente se ha distinguido por su humanidad; en principio ha sido incluso económicamente razonable, lo que contrasta fuertemente con la opinión general.

Robertson, el anglosajón, moderado representante de la Ilustración y hombre de la Iglesia, pudo reconocer la labor civilizadora y de protección realizada por la Iglesia española en América.

El libro de María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y Leyenda Negra (Siruela, 2016), se ha convertido en un auténtico fenómeno de masas, y en él la historiadora andaluza trata de desmentir que la conquista de América fuese un genocidio. Hubo mucha muerte, sí, pero debido principalmente a las epidemias demoledoras que se propagaron durante aquella época.

Gracias a hombres como Las Casas el mundo había alcanzado a conocer más sobre las aisladas crueldades españolas que sobre el sistemático exterminio de los indígenas que hacían los ingleses y los portugueses en sus colonias.

Se nos acusa del exterminio de la población indígena, mientras se silencia la aniquilación de los indios al Norte del río Grande por los angloamericanos.

Muchas potencias extranjeras se ampararon en documentos de Bartolomé de Las Casas, fraile sevillano, para atacar a España.

Su obra Brevísima fue divulgada por toda Europa a lo largo del siglo XVII, en más de 50 ediciones. Traducida al latín, holandés, francés, inglés, italiano y alemán, sirvió de eficaz arma de propaganda contra España, en las guerras de los Paises Bajos y de los Treinta Años. Todos los enemigos del Imperio Español y de la Iglesia de Roma, principalmente ingleses y protestantes, utilizaron las exageraciones y mentiras del padre Las Casas para intentar destruir la obra evangelizadora de España mediante la “Leyenda Negra”. Para la historia queda como el fundador (con Reinaldo González Montes, exiliado español por profesar la herejía protestante, y Antonio Pérez, con su publicación las “Relaciones de Rafael Peregrino”) de la leyenda negra, no de los derechos humanos.

Para Pío Moa: «Esta, la calumnia y no tiradas aparentemente bienintencionadas y gratuitas, es la verdadera medida del valor de Las Casas».

Muchos han convertido al padre Las Casas en un instrumento diabólico para destruir a la Iglesia Católica y a nuestra civilización.

La antropóloga y profesora Carol Delaney      

Ante estas acusaciones, u otras similares, diversos especialistas han defendido la figura de Cristóbal Colón, como la antropóloga y profesora de la Universidad de Stanford, Carol Delaney, quien ha destacado los motivos religiosos del explorador italiano para realizar sus viajes.

En declaraciones a CNA —agencia en inglés del grupo ACI— Delaney indicó que «están culpando a Colón por cosas que no hizo. Los que las hicieron fue la gente que vino después de él, los colonizadores. Creo que ha sido terriblemente calumniado».

La también autora del libro Colón y la búsqueda de Jerusalén, explicó que el descubridor de América tuvo una impresión favorable de los indígenas y que ordenó a sus hombres que no abusaran de ellos, sino que entablaran relaciones comerciales.

Incluso llegó a colgar a quienes cometieron crímenes contra los indígenas.

«Cuando leí sus propios escritos y los documentos de quienes lo conocieron, parecía estar muy del lado de los indígenas», indicó la experta.

La antropóloga explicó que la propia visión de Bartolomé de Las Casas sobre Colón es más compleja. Otros expertos notaron que de Las Casas admiraba a Colón e incluso llegó a decir que el navegante italiano y España tuvieron un papel providencial en «abrir las puertas del Mar Océano».

De Las Casas también pensaba que Colón fue tratado injustamente por los monarcas españoles cuando fue acusado de mala administración.

Delaney admitió que algunos de los indígenas fueron enviados a España como esclavos para trabajos forzados en el momento en que Colón era responsable de la región, pero atribuyó este maltrato a quienes lo reemplazaron en su ausencia.

En su segundo viaje, dijo la especialista, Colón llevó consigo a España a seis indígenas, pero no como esclavos sino «porque querían ir».

La experta explicó un episodio de los viajes de Colón: luego de que encalló la carabela Santa María, el explorador italiano dejó 39 hombres en una isla del Caribe bajo estrictas órdenes de no saquear, no secuestrar ni violar a las mujeres, y comerciar a cambio de comida y oro.

«Cuando regresan de su segundo viaje, encontraron que los colonizadores habían sido asesinados», expresó Delaney. La antropóloga indicó que el sacerdote que los acompañaba en esa travesía quiso matar al pueblo en venganza, pero Colón se opuso con firmeza.

La experta también destacó la relación de Colón con un líder indígena llamado Guacanagari. Su amistad fue tan buena que llegó a adoptar a uno de sus hijos. Éste tomó el nombre de Diego, al igual que el hijo biológico del navegante italiano, y lo llegó a acompañar en sus tres últimos viajes.

El legado y las hazañas de Cristóbal Colón merecen ser celebradas. Él era un hombre adelantado a su época y un intrépido explorador y brillante navegante cuyo atrevido descubrimiento cambió el curso de la historia.

Con frecuencia Colón ha sido falsamente culpado por acciones de aquellos que vinieron después de él y es la víctima de calumnias horrendas sobre su conducta.

Por su parte, Delaney considera que el Día de Colón debe seguir celebrándose.

Colón, los Reyes Católicos, el trato a los indios

Fue Colón quien solía enviar al escribano para que no consintiese el que hiciesen cosas indebidas a los indios. Al ver a los indios tan francos, no permitió que los españoles recibieran cosa alguna sin que se devolviera algo en pago a los indios.

En el codicilo que la reina Isabel otorga el 23 de noviembre de 1504, suplica a su esposo Don Fernando y a su hija Doña Juana que «no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas islas y tierra firme, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, más manden que sean bien y justamente tratados y, si algún agravio han recibido, lo remedien».

Aceptaron los monarcas el compromiso y desde entonces ellos y sus sucesores, por razón del Patronato regio que habían conseguido de los Papas, se hicieron cargo de los gastos que supuso el envío de misioneros, la creación de nuevas diócesis, dotación de cabildos, construcción de iglesias y catedrales, mantenimiento de parroquias, seminarios, escuelas y conventos, y todo lo que suponía llevar a cabo la obra misionera.

La encomienda

Prohibida la esclavitud por la Corona, se fue imponiendo desde el principio el sistema de la encomienda (un derecho concedido por merced real a los beneméritos de las Indias para recibir y cobrar para sí los tributos de los indios que se le encomendaren por su vida y la de un heredero, con cargo de cuidar de los indios en lo espiritual y defender las provincias donde fueren encomendados), que ya tenía antecedentes en el Derecho Romano, en las leyes castellanas y en algunas costumbres indígenas.

El encomendero tenía la obligación de dirigir el trabajo de los indios, de cuidarles, y de procurarles instrucción religiosa, al mismo tiempo que tenía el derecho de percibir de los indios un tributo. Aun conscientes de los muchos peligros de abusos que tal sistema entrañaba, Cortés, los gobernantes de la Corona y en general los franciscanos, aceptaron la encomienda, y se preocuparon de su moderación y humanización.

Bernardino de Sahagún

Ni todos los indios eran malos ni todos los conquistadores tampoco. Conquistadores y misioneros vieron desde el primer momento que ni todos los indios cometían las perversidades que algunos hacían, ni tampoco eran completamente responsables de aquellos crímenes, pues muchos ignoraban el mal que cometían. Los mismos misioneros sentían una profunda piedad, como lo demuestran las páginas de Bernardino de Sahagún (c. 1499-1590).

(Códice, escrito en náhuatl y español, es el documento de la Historia general de las cosas de Nueva España, de Bernardino de Sahagún)

Sobre el Códice, ir a: Portal Persée, Ministerio de Educación. El Códice Matritense de la Real Academia de la Historia, Biblioteca digital mundial, Unam, publicaciones.

El mismo Colón, cuando llegó a La Española, escribió: «Crean Vuestras Altezas que en el mundo no puede haber mejor gente ni más mansa. Deben tomar Vuestras Altezas grande alegría porque luego los harán cristianos y los habrán enseñado en buenas costumbres de sus reinos, que más mejor gente ni tierra puede ser». Al día siguiente encalló en un arrecife y los indios con su rey fueron a ayudarle: «El, con todo el pueblo, lloraba; son gente de amor y sin codicia y convenibles para toda cosa, que certifico a Vuestras Altezas que en el mundo creo que no hay mejor gente ni mejor tierra; ellos aman a sus prójimos como a sí mismos y tienen una habla la más dulce del mundo, y mansa, y siempre con risa. Ellos andan desnudos, hombres y mujeres, como sus madres los parieron, más crean Vuestras Altezas que entre sí tienen costumbres muy buenas, y el rey muy maravilloso estado, de una cierta manera tan continente que es placer de verlo todo, y la memoria que tienen, y todo quieren ver, y preguntan qué es y para qué».

Injusticia con los conquistadores

Hoy se echa en cara injustamente a los conquistadores el terrible acabamiento de los indios. Sí, hubo abusos, sin duda, por parte de algunos españoles. Pero hubo también otra causa principal del pavoroso declive demográfico: las pestes. Los indios eran vulnerables ante agentes patógenos allí desconocidos. En lo referente, concretamente a La Española, donde la despoblación fue casi total, estudios recientes del doctor Francisco Guerra han mostrado que la «gran mortalidad de los indios, y previamente de los españoles, se debe a una epidemia de influencia suina o gripe de cerdo».

Otras causas de la mortandad fueron: el trabajo duro y rígidamente organizado impuesto por los españoles, al que los indios apenas se podían adaptar; la malnutrición sufrida con frecuencia por la población indígena a consecuencia de las requisas, de los tributos y de un sistema de cultivos y alimentación muy diversos a los tradicionales; los desplazamientos forzosos para acarreos, expediciones y labores; el trabajo en las minas; las incursiones bélicas de conquista y los malos tratos, así como las guerras que la presencia del nuevo poder hispano ocasionó entre las mismas etnias indígenas.

Las opiniones de Van der Essen, Arturo Uslar Pietri, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Giacomo Martina

Quiero traer aquí el juicio del historiador belga Van der Essen (1883-1963):

«Se puede afirmar, hablando generalmente, que los españoles y portugueses cumplieron en gran parte el deber que les impuso el Romano Pontífice. En las leyes, decretos e instrucciones referentes al Nuevo Mundo ponen en primer término los intereses de la conversión… Los conquistadores iban decididos a combatir con el hierro y el fuego a los que no aceptaban la fe que les predicaban, ante todo, los misioneros. Tal vez nos parezca bárbaro hoy el método, pero es necesario situarlo en el ambiente del siglo XVI, si no queremos condenarnos a no entender nada de los acontecimientos… Es justo, pues, constatar que españoles y portugueses, en virtud de sus leyes de Patronato, promovieron sin descanso la conversión e instrucción de los indios, establecieron una jerarquía eclesiástica, crearon parroquias, protegieron a los misioneros… Y fueron ellos los que levantaban la voz para defender la vida o los derechos de las poblaciones indígenas».

Arturo Uslar Pietri

Ante las críticas lanzadas contra los descubridores, conquistadores y evangelizadores, quiero poner aquí unas palabras del venezolano Arturo Uslar Pietri (1906-2001) en un artículo titulado “El nosotros hispanoamericano”:

«Los descubridores y colonizadores fueron precisamente nuestros más influyentes antepasados culturales y no podemos, sin grave daño a la verdad, considerarlos como gente extraña a nuestro ser actual. Los conquistados y colonizados también forman parte de nosotros y su influencia cultural sigue presente y activa en infinitas formas en nuestra persona. La verdad es que todo ese pasado nos pertenece, de todo él, sin exclusión posible, venimos, y que tan solo por una especie de mutilación ontológica podemos hablar como de cosa ajena de los españoles, los indios y los africanos que formaron la cultura a la que pertenecemos» (23-XII-1991).

O este otro texto de Carlos Fuentes (1928-2012) —novelista mexicano, premio Cervantes— a propósito de la obra de España en América y del Quinto Centenario del descubrimiento:

«La conmemoración del Quinto Centenario representa una gran oportunidad y un gran peligro. La oportunidad es no olvidar la historia, no sufrir un ataque de amnesia. Hubo violencia, hubo crueldad, hubo explotación. Hubo conquista. Pero hubo también una contra-conquista. La contra-conquista significa la creación de una nueva cultura de la cual fueron protagonistas indios, mestizos y negros. Ellos construyeron nuestras iglesias, escribieron nuestros poemas, compusieron nuestra música, realizaron nuestros muebles, hicieron nuestras ciudades, cultivaron nuestros campos. Se creó una nueva cultura, que es lo que tenemos que celebrar. Una cultura única, insustituible. Y reconocerla nos permite, no solo celebrar el mil novecientos noventa y dos, sino algo más importante: proyectarnos al año dos mil y saber en qué postura vamos a estar ante el mundo todos los que hablamos español… En México hay una estatua del último emperador azteca, en el paseo de la Reforma, pero no hay ninguna de Hernán Cortes. Creo que México será un país maduro el día que admita la importancia de Hernán Cortés en su historia, como cofundador de su nacionalidad» (Diario ABC, 21-XI-1989).

Nos sirve también este otro texto del poeta, también mexicano, Octavio Paz (1914-1998) —Nobel de literatura— sobre la evangelización de México:

«La gran revolución que se ha hecho en México, la más profunda y radical, fue la de los misioneros españoles. En el ser del mexicano está el pasado prehispánico indígena, pero sobre todo está el gran logro de los evangelizadores: hicieron que un pueblo cambiara de religión. En esto ha fracasado el liberalismo y ha fracasado la modernidad. Esto yo no lo sabía, pero lo adiviné cuando escribí El laberinto de la soledad. Esta obra mía es un intento de diálogo con mi ser de mexicano y en el centro de ese diálogo está la religión, como lo está en mi ensayo sobre la poesía, El arco y la lira. No soy creyente, pero dialogo con esa parte de mí mismo que es más que el hombre que soy, porque está abierta al infinito. En fin, en México se logró la gran revolución cristiana. Ahí están los templos, ahí está la Virgen de Guadalupe y ahí está mi emoción en la catedral de Goa. El diálogo de un no creyente mexicano con usted, es el diálogo con una parte de nosotros mismos» (Revista Proyección mundial de 30 días, 15 de octubre–15 de noviembre de 1990, pág. 67, año V, n. 10).

Dice el padre italiano Giacomo Martina (1924-2012) sobre la conquista y la colonización:

«Los españoles en América Latina desarrollaron sistemáticamente una penetración costera, y desarrollaron una auténtica obra educadora, que no se redujo a la simple exportación de instituciones y costumbres europeos al nuevo continente, sino que llevó a la creación de una nueva civilización, la civilización latinoamericana. La tarea, de alcance mundial, se llevó a cabo de manera sustancialmente positiva, si bien no faltaron culpas gravísimas cometidas a la sombra de la cruz. En todo caso, las condiciones de los indígenas bajo España fueron mejores que las de los pieles rojas en contacto con los anglosajones. Faltaba de hecho en los colonizadores españoles aquel racismo tan frecuente en los ingleses.

»Por otra parte, estos habían emigrado con toda su familia, mientras que los españoles se encontraban sin mujeres de su raza; hecho que, si fuera causa de un peligroso descenso del nivel moral, facilitó, en una perspectiva más amplia, la fusión de razas. No conviene tampoco olvidar que a los colonizadores españoles les movían dos motivos bien diversos, aunque yuxtapuestos: la esperanza de una ganancia fácil y rápida, y el celo sincero, aunque no siempre iluminado, por la salvación de los indígenas. En la evangelización de los habitantes, se usó inicialmente la fuerza, y la conversión se confundía frecuentemente con la sumisión al nuevo régimen político; sin embargo, pasado el primer momento, se desarrollará una larga y frecuentemente eficaz obra de catequesis, de modo que las nuevas generaciones, crecidas en el nuevo clima, eran realmente, aunque tal vez superficialmente, creyentes…

»Vale la pena notar que dondequiera que llegó España, surgieron naciones católicas… Como los españoles, también los ingleses desarrollaron una efectiva penetración en el continente y no se limitaron a una red de estaciones comerciales. Pero, a diferencia de aquellos, no establecieron ninguna relación de amistad con los indígenas, a los que rechazaron lenta, pero inflexiblemente hacia el interior, para exterminarlos después de modo incruento, pero eficaz (alcohol y otros medios). En la América septentrional no nació una nueva civilización con características propias, sino que importaron usos y tradiciones europeos».

Colón entendió que cuanto iba haciendo fue «gracias a Dios», como él siempre decía (III Viaje). Es consciente de que hizo con sus compañeros aquellos descubrimientos fabulosos «por virtud divina». Colón, empapado del espíritu español —pues él era de Génova—, empapado del espíritu castellano, hizo posible esta gesta sin precedentes.

A modo de conclusión

Toda hazaña, aunque comience con intenciones buenas, puede desviarse por las ambiciones humanas. El descubrimiento de América tuvo sus luces y sombras.

Pero que quede claro, ante abusos de algunos conquistadores, los misioneros levantaron su voz en defensa del hombre americano.

«Todo proceso histórico conquistador o colonizador conlleva el uso de la violencia y de las armas. Si bien el Imperio Romano invadió y conquistó España desde el siglo III A.C., arrasando y aniquilando a nuestros antepasados celtíberos, lusitanos, astures o cántabros, a nadie con un mínimo de inteligencia se le ocurriría hoy decir que Roma es la culpable de “la aniquilación de España” y del “sometimiento injusto” de nuestro pueblo.

»También los propios Tlaxcaltecas ayudaron a Hernán Cortés a derrotar a sus enemigos de Tenochtitlán (los aztecas de Moctezuma), y los aztecas, a su vez, combatieron junto a los españoles en posteriores colonizaciones…

»Y fue la propia Reina Isabel quien determinó tras el primer viaje de Colón, que los indios nativos no debían ser considerados esclavos, ni siquiera gentes colonizadas, sino súbditos de pleno derecho de la Corona Española, como habitantes de las nuevas provincias recién descubiertas.

“Leyes de Burgos”

»Dos décadas después de iniciarse el Descubrimiento (el 27 de diciembre de 1512), España abolió la esclavitud indígena mediante las “Leyes de Burgos”, en las cuales se emitieron las ordenanzas necesarias “para el gobierno con mayor justicia de los naturales, indios o indígenas” y se estableció que el Rey de España tenía derecho a “justos títulos” de dominio del Nuevo Mundo, pero sin derecho a explotar al indio, que era hombre libre y podía tener propiedades, pero que como súbdito debía trabajar a favor de la Corona sin mediar la esclavitud, retribuido y con libertades garantizadas, a través de los españoles allí asentados.

»Treinta años más tarde (1542), España emitía las “Leyes Nuevas” (o Leyes y ordenanzas nuevamente hechas por Su Majestad para la gobernación de las Indias y buen tratamiento y conservación de los indios), en las que entre otras cosas se regulaba aún más en detalle el trato a los nativos, proclamando de nuevo su libertad y suprimiendo igualmente las encomiendas».

En la América hispana se realizó algo infinitamente complejo y difícil: la fusión de dos mundos inmensamente diversos en mentalidad, costumbres, religiosidad, hábitos familiares y laborales, económicos y políticos. Ni los europeos ni los indios estaban preparados para ello, y tampoco tenían modelo alguno de referencia. En este encuentro se inició un inmenso proceso de mestizaje biológico y cultural, que dio lugar a un Mundo Nuevo.

El mundo indígena americano, al encontrarse con el mundo cristiano que le viene del otro lado del mar, es, en un cierto sentido, un mundo indeciblemente arcaico, cinco mil años más viejo que el europeo. Sus cientos de variedades culturales, todas sumamente primitivas, solo hubieran podido subsistir precariamente en el absoluto aislamiento de unas reservas. Pero en un encuentro intercultural profundo y estable, como fue el caso de la América hispana, el proceso era necesario: lo nuevo enriqueció a lo antiguo.

Muchas de las modalidades culturales de las Indias, puestas al contacto con el nuevo mundo europeo y cristiano, vinieron enriquecidas; por ejemplo, cerbatanas y hondas, arcos, poco a poco, dejan de fabricarse, ante el poder increíble de las armas de fuego que permiten a los hombres lanzar rayos. Las flautas, hechas quizá con huesos de enemigos difuntos, y los demás instrumentos musicales, quedan olvidados en un rincón ante la selva sonora de un órgano o ante el clamor restallante de la trompeta. El mismo arte pictórico vino enriquecido al conocer el milagro de la escritura, de la imprenta, de los libros. Los vestidos, el cultivo de los campos con los arados y los animales de tracción, antes desconocidos. Esto en el campo material. ¿Y en el campo espiritual? Europa ofrece al mundo indígena la verdad del matrimonio monogámico y el monoteísmo.

¿Qué queda entonces de las antiguas culturas indígenas? Permanece lo más importante: sobreviven los valores espirituales indios más genuinos, el trabajo y la paciencia, la abnegación familiar y el amor a los mayores y a los hijos, la capacidad de silencio contemplativo, el sentido de la gratuidad y de la fiesta, y tantos otros valores, todos purificados y elevados por el cristianismo. Sobrevive todo aquello que, como la artesanía, el folklore y el arte, da un color, un sentimiento, un perfume peculiar, al Mundo Nuevo que se impone y nace.

Lewis Hanke

«El historiador e hispanista estadounidense Lewis U. Hanke (1905-1993), uno de los mayores expertos sobre Hispanoamérica, afirma que, “ninguna nación europea se responsabilizó de su deber cristiano hacia los pueblos nativos tan seriamente como lo hizo España”.

»Con un poco de rigor histórico y cultura, descubrimos que lejos de ser aquello que algunos dicen —“una vulgar y cruel escabechina”—, la historia de España en América es uno de los periodos más hermosos y prósperos de la historia universal, porque España no fue a América para irse sino para quedarse, para construir y para fusionarse. Y fruto de ese aporte y de esa fusión son sus ciudades y sus gentes de hoy, que son el mejor ejemplo vivo de aquella gesta sin igual que hermanó para siempre a una comunidad de naciones que hoy engloba a 450 millones de personas».

Para conocer una historia es necesario, pero no suficiente, conocer los hechos. Es preciso también conocer el espíritu, o si se quiere la intención que animó esos hechos, dándoles su significación más profunda. El que desconozca el espíritu medieval hispano de conquista y evangelización que actuó en las Indias, y trate de explicar aquella magna empresa en términos mercantilistas y liberales, propios del espíritu burgués moderno, apenas podrá entender nada de lo que allí se hizo, aunque conozca bien los hechos y esté en situación de esgrimirlos. Quienes proyectan sobre la obra de España en las Indias el espíritu del colonialismo burgués, liberal y mercantilista, se darán el gusto de confirmar sus propias tesis con innumerables hechos, pero se verán condenados a no entender casi nada de aquella gran historia.

Otros documentos, obras… de interés:

. El Códice Azcatitlan.

. Mercedes Serna Arnaiz, La conquista del Nuevo Mundo. Textos y documentos de la conquista americana, Edhasa (Castalia), 2012, 488 pp.

. Las «Leyes de Burgos» de 1512.

. El Requerimiento.

. El Testamento de Cristóbal Colón.

. Documentos curiosos de la conquista.

. Primer documento sobre la vuelta de Cristóbal Colón de América.

. Benedicto Cuervo Álvarez, «La conquista y colonización española de América», Historia Digital, XVI, 28, 2016.

. Textos La Conquista de América.

. Historia de Chile a través de documentos del Archivo Nacional.

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(Los enlaces y las palabras en negrita son obra del autor de este escrito).

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