Un escrito de Alfonso López Quintás

(Fuente: Análisis digital)

Cuando alguien muy conocido dice con aplomo una gran falsedad, suele ser creído por multitud de personas de buena fe a las que parece inverosímil que falte a la verdad de forma tan patente y a veces fácil de detectar



Siempre se ha dicho que el lenguaje diplomático está compuesto de medias verdades, de sutiles evanescencias y subterfugios evasivos. La prudencia exige, en casos, recurrir al arte de responder sin contestar, es decir, no decir mentira sin proclamar tampoco toda la verdad. Es un recurso para salir del paso sin traicionar los intereses que uno defiende. Esto tiene cierta justificación. Pero ahora se ha dado un salto cualitativo y se ha pasado a consagrar la mentira como un arma para conquistar el poder y mantenerlo.

La eficacia de este recurso es sorprendente y revela la falta de cautela con que proceden a veces las personas bienintencionadas. En fecha no lejana, alguien reprochó públicamente a un autor el no haber incluido en su obra a un grupo de pensadores. Procedió con evidente ligereza, si no con aviesa intención, ya que tales autores habían sido ampliamente tratados en el libro. Este juicio adverso se grabó, sin embargo, en la mente de muchos colegas, incluso de algunos que habían leído el libro. «¿Cómo es posible —confesó uno de ellos, sorprendido y humillado ante sus propios ojos— que haya caído yo en tal error?» Ha caído, sencillamente, por la fuerza de arrastre que posee el lenguaje.

La tendencia a falsificar deliberadamente los datos para conseguir reportajes sensacionales llega, en casos, a extremos cómicos. Recientemente, un diario europeo de prestigio publicó una crónica en la que un periodista bien conocido daba cuenta del fallecimiento repentino de un prelado español, muy popular, y, para conceder a su escrito cierta «originalidad», se permitía atribuir la causa de su muerte a una no menos famosa institución religiosa. Las interpretaciones no siempre resulta fácil refutarlas, pero un fallecimiento queda desmentido rápida y drásticamente por la excelente salud del interesado. Al ser increpado el periodista por semejante yerro, contestó tranquilamente que había tenido noticia de que tal eclesiástico había sufrido un infarto y, al redactar la noticia, se le fue un poco la mano…

La eficacia del recurso de la mentira propalada sin vacilación alguna fue puesta al descubierto y valorada positivamente por diversos especialistas en estrategia política. Lennin no se recató de afirmar que la verdad es un prejuicio burgués y la mentira presenta una gran eficacia y debe ser movilizada cuando sea preciso. De ahí su máxima: «Contra los cuerpos, la violencia; contra las almas, la mentira». Para Goebbels, difusor de la mentalidad nacionalsocialista, «una mentira repetida en la forma prescrita por la táctica de la manipulación acaba siendo creída por todos».