Una buena escuela es una comunidad de padres, maestros y estudiantes en retroalimentación continua, para lograr cerrar lo que Carlos Fuentes llama el triángulo de la excelencia educativa.                

Si importante es el ambiente educativo en la familia, la escuela puede ser bien otro lugar privilegiado de formación, o bien de disolución y relativización de los auténticos valores inherentes a la persona.

El sistema educativo está siendo objeto de calculados y selectivos ataques que buscan el control de contenidos, de métodos y de producción del conocimiento. Así, la lucha en torno al tema educativo responde con frecuencia a una voluntad de poder a ultranza. El dominio de este sistema es y le será imprescindible a los grupos ocultos que mueven los tablados de la política mundial en la estrategia imperialista como mecanismo de legitimación, manipulación, perversión y de reproducción de un Novus Ordo Seculorum imperante económico, político y social de explotación y opresión tiránica encaminada a subvertir el orden natural y domeñar las conciencias. El objetivo buscado no es otro que crear una nueva naturaleza humana y una nueva moral social relativista, llevar a la persona a una existencia gregaria, inauténtica, gobernada por las pasiones; una juventud malcriada, caprichosa, débil, maleable y adocenada que nadando en la confusión de la provisionalidad asuman bovinamente los nuevos postulados humanos sepultados en el materialismo, el hedonismo, el relativismo y el nihilismo.

El asalto es global a todos los campos de la vida social. En este sentido la escuela no supone un compartimiento estanco, sino que es también un reflejo de los comportamientos sociales vigentes. La pérdida de formas, valores y de la propia misión educativa paterna responde muchas veces a la existencia de familias desestructuradas con niños faltos de amor y sin puntos de referencia claros, pero también carentes de modales, de disciplina, sentido de la responsabilidad y sujeción a una autoridad.

Son las humanidades las disciplinas académicas que sufren un acoso continuado, por ser estas las disciplinas más formativas de la conciencia crítica, por esta razón el olvido de las humanidades lleva a la incomunicación, la incomunicación al aislamiento y el aislamiento al pretotalitarismo. Tras despojar de los valores humanos a la ciencia y a la tecnología, y la desacreditación social-utilitarista permanente de la formación humanística, precisamente por su arraigo en la tradición humanística cristiana, y de las sucesivas reformas de los contenidos de planes de estudio siempre a la baja, se esconde el intento de eliminación de los ámbitos intelectuales de libertad y de verdad que permiten al hombre forjar su sindéresis, lograr un juicio recto ayudado por la conciencia rectamente formada.

Fue a partir de la Ilustración cuando los poderes públicos comenzaron a hacerse cargo de la educación.

Con esta toma de conciencia empezó la gran batalla por la educación propia de la historia contemporánea en la que aún seguimos inmersos. Cuando los gobernantes cayeron en la cuenta de que el poder pasa por tener bajo control la educación, se lanzaron a su conquista (a la conquista de la infancia y la juventud) proclamando las bondades de la educación que era presentada, junto con el progreso técnico, como la gran fuente de donde manaría la «felicidad» de los ciudadanos, término y concepto del que los teóricos de la Ilustración usaron y abusaron hasta la saciedad. El poder, que tiende a ocuparlo todo y al que siempre le estorba cualquier freno que pueda poner límites a su acción, vio la necesidad de hacerse con las riendas de la educación. Dicho de otro modo, la educación empezó a ser vista como arma. No hace falta explicar mucho que la razón de fondo no era la tan cacareada felicidad de los súbditos sino el dominio sobre las personas y en definitiva sobre el devenir de la sociedad.

¿Qué tiene la educación para ser una bandera tan discutida? ¿Por qué provoca reacciones tan vivas y tantas veces enfrentadas?

La educación es determinante en gran medida del destino de la persona, no solo de su destino temporal, en esta vida, sino de su destino eterno.

Lo que está en juego, pues, no es tanto la instrucción de las personas —que también— cuanto la salvación de las almas. Y la salvación del alma es siempre (siempre, siempre, siempre) motivo de lucha tenaz, porfiada y hostil. Esta es la razón profunda por la cual la educación es campo de batalla, una batalla que a fin de cuentas no es distinta de la que se da en otros campos como son el de la vida, la familia, los medios de comunicación o la acción social.

Al afirmar que la educación de los hijos es un derecho-deber primario, no se trata, como algunos afirman erróneamente, de quitar a la escuela pública para dar a la escuela privada, sino más bien de superar una sustancial injusticia que penaliza a todas las familias, impidiendo una efectiva libertad de iniciativa y de elección.

Todo monopolio educativo o escolar que fuerce física o moralmente a las familias para acudir a las escuelas del Estado contra los deberes de la conciencia, o aun contra sus legítimas preferencias, es injusto e ilícito.

El monopolio educativo va en contra de una sociedad libre y democrática, y da al poder político la tentación de un totalitarismo ideológico. Por eso, el Estado debe respetar la libertad de las conciencias, reconociendo al individuo el acceso a una cultura conforme a sus convicciones, y en consecuencia facilitar los recursos económicos para que este hecho sea factible.

Los regímenes totalitarios pretenden el control de la enseñanza; los democráticos y libres se refuerzan por la libertad de enseñanza. Por eso, la libertad de enseñanza es la piedra de toque de la verdadera democracia.

La libertad de enseñanza es un principio tanto para la confesionalidad como para instituciones no confesionales. Por lo tanto, no es un problema religioso sino civil. Pero eso no lo entienden los que mantienen una mentalidad fascista o marxista.

La libertad educativa solo puede darse desde la función subsidiaria del Estado, reconociendo de hecho instituciones educativas con derechos anteriores al suyo. El Estado debe posibilitar que los individuos puedan desarrollar sus tareas y solo suplirlas si no pueden realizarlas por sí mismos. Por eso, el Estado debe suplir, pero no suplantar. Eso quiere decir que el Estado debe ayudar, proteger y conseguir que las familias ejerzan sus derechos ayudándolas económicamente.

Si de verdad ayudara el Estado no se sostendría el prejuicio de que las escuelas de iniciativa social (privadas) son para ricos. El conocido eslogan «el dinero público para la escuela pública» olvida que ese dinero solo es administrado por el Estado y recaudado de los particulares a través de los impuestos. Además, no se trata de imponer una enseñanza, sino de respetar el derecho civil de muchos padres que desean este tipo de educación, legitimado democráticamente en un contexto ideológicamente pluralista.

El sistema de enseñanza en España prima la vulgaridad y destierra el mérito, la excelencia y el esfuerzo.

«La LOE (Ley Orgánica de Educación) proponía menos calidad, más igualitarismo por abajo, más control estatal, más fracaso. La sociedad española es hija de esa izquierda que lleva varias décadas ejerciendo el monopolio cultural.

»En nuestro naufragio educativo hay razones ideológicas de fondo y conviene ponerlas en claro. El modelo de educación vigente en España desde hace un cuarto de siglo, implantado por el PSOE de Felipe y Rubalcaba, obedece a un objetivo: crear una sociedad igualitaria sobre la base de valores supuestamente compartidos por todos. Frente a la escuela tradicional, que enseñaba materias concretas, en sentido vertical, a un alumnado desigual por naturaleza, la escuela socialista aspira a enseñar valores en sentido horizontal a unos alumnos igualados de grado o por fuerza. En ese camino, los psicopedagogos socialistas encontraron una buena herramienta en las teorías de la escuela comprensiva. Eso fue la LOGSE (Ley Orgánica de Ordenación General del Sistema Educativo). Esta gigantesca operación ideológica no ha sido exclusiva de España; otros países pasaron antes por ella y vivieron sus nocivas consecuencias. Pero solo España sigue aferrada al modelo.

»¿Cuáles son esos desastres? Desterrar el mérito y el esfuerzo; la LOE lo confirmó al permitir el paso de curso con dos asignaturas suspensas. Privar de autoridad a los profesores. No garantizar la libertad de elección de centro; la LOE elevó el problema al cubo al afirmar el privilegio estatal de mediatizar la elección de los padres. Arruinar la formación del espíritu con la amputación de las Humanidades y el destierro de la asignatura de Religión. En definitiva, menos calidad, menos libertad, menos excelencia; más igualitarismo por abajo, más vulgaridad, más control estatal y, evidentemente, más fracaso. En vez de proponer un horizonte de excelencia al que todos puedan llegar, se propone un horizonte de mediocridad del que nadie pueda escapar.

»El problema es que su luminoso mundo no termina de amanecer. Y lo que emerge, en su lugar, es un escenario de descomposición social, incultura individual y zozobra colectiva. El gran drama de la izquierda ilustrada española es que su programa regenerador se ha resuelto en el fracaso escolar, el desamparo ético y la telebasura. La izquierda haría bien en preguntarse en qué se ha equivocado. Porque la sociedad española presente es hija de esa izquierda que lleva varias décadas ejerciendo el monopolio del poder cultural. Esto que hay lo han hecho ellos.

»Lo que la educación socialista propone es un tipo de hombre hedonista y lúdico, una suerte de versión progre del buen salvaje, sin reparar en que ese hombre, por su absoluta carencia de asideros éticos y conceptuales, lo tiene todo para convertirse en un esclavo voluntario, en un épsilon sin voluntad que flota en el universo blando del consumo. La alternativa tiene que ser una idea distinta y más alta: un hombre que sepa pensar y actuar en contextos complejos, acostumbrado a exigirse y a dominarse, enraizado en una cultura y una patria, con sentido de la justicia para valorar el mérito y la excelencia, con una formación espiritual para saber que el sentido de la vida va más allá del propio apetito individual» (J.J. Esparza).

Si queremos que la educación sea integral y no sesgada, cualquier escuela tiene que estar abierta a la dimensión religiosa del ser humano. Y los padres cuyos hijos se educan fuera de las escuelas católicas, también tienen el derecho-deber de hacerlo conforme a sus convicciones morales y religiosas.

Hay una conocida expresión de Aristóteles: «No hay viento favorable para los barcos que desconocen su destino». No solo se puede vivir de preguntas inmediatas, el ser humano necesita una pregunta por la existencia.

El modificar tantas veces la ley, sin consenso, es fruto de la tentación de utilizar el sistema educativo como una forma de control de la sociedad.

La escuela está para impartir conocimientos, no ideología.

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