«La leyenda negra es, a la vez, anticatólica y antiespañola. Se generó y se desarrolló en Inglaterra y Francia, primero y principalmente en Inglaterra, en el curso de la lucha entre España y la Inglaterra de los Tudor. El antihispanismo llegó a ser parte integral del pensamiento inglés. Escritores y libelistas se esforzaron por inventar mil ejemplos de la vileza y perfidia española, y difundieron por Europa la idea de que España era la sede de la ignorancia y el fanatismo, incapaz de ocupar un puesto en el concierto de las naciones modernas. Tal idea se generalizó por la Europa secularizada y petulante del oscurantismo ilustrado y enciclopedista, señalando a la Iglesia como causa principal de semejante “degradación” cultural española. Esta idea se difundió después por todo el ámbito anglosajón y naturalmente entre los yankis.

»Todos los Papas han tenido menciones muy honoríficas para la singular acción evangelizadora y civilizadora de España en el mundo. (San) Juan Pablo II, insistió muy reiteradamente en esta hermosa realidad; y en su visita a España en Santiago de Compostela, el 19 de agosto de 1989, destacó, con gran amor y claridad, la enorme proyección espiritual y cultural positiva del Concilio III de Toledo, y entre otras cosas dijo: “En más de una ocasión he tenido la oportunidad de reconocer la gesta misionera sin par de España en el Nuevo Mundo”. Y en su despedida en Covadonga afirmó: “Agradecemos a la Divina Providencia, a través del corazón de la Madre de Covadonga, por este gran bien de la identidad española, de la fidelidad de este gran pueblo a su misión. Deseamos para vosotros, queridos hijos e hijas de esta gran Madre, para España entera, una perseverancia en esta misión que la Providencia os ha confiado”.

»Cabe otra consideración, altamente significativa, sobre la leyenda negra. Solo España tiene leyenda negra y no la tiene, en cambio, ninguna nación del ámbito protestante; ¿por qué? Solo existe una posible respuesta. La importancia española en el mundo llegó a ser enorme durante los siglos XVI al XVIII. Su influencia cultural, política y militar fue universal y benéfica para el Orbe porque todas sus acciones estuvieron inspiradas y movidas por la doctrina y el espíritu católico. Pero después triunfó la herejía y el error en gran parte del mundo económicamente fuerte de Occidente, con su espíritu protestante y racionalista. Y fue naturalmente este mundo triunfante del error y del antihumanismo el autor del prejuicio mundial, injusto e inicuo, que se llama leyenda negra, la cual es solo y a la vez anticatólica y antiespañola. No existe en cambio leyenda negra enemiga de las potencias protestantes. Este hecho tiene una significación decisiva para cualquier mente honrada que pretenda valorar con justicia los hechos históricos de las naciones.

»No existiría leyenda negra si España no hubiera sido tan importante en el mundo, o si hubiera traicionado la Verdad como lo hicieron las demás potencias, en lugar de servirla heroicamente como España lo hizo. Fue justamente en el ambiente protestante donde se generó la llamada leyenda negra, que marcó durante un tiempo no pocos estudios historiográficos, concentró prevalentemente la atención sobre aspectos de violencia y explotación que se dieron en la sociedad civil durante la fase sucesiva al Descubrimiento. “Prejuicios políticos, ideológicos y aun religiosos, han querido también presentar solo negativamente la historia de la Iglesia en este continente” (Juan Pablo II en Santo Domingo).

»La leyenda negra, con una valoración de los hechos no iluminada por la fe, ha dejado un ambiente de absurdo sentimiento de culpa en algunos españoles, que se manifiesta en un querer desvirtuar la grandiosa empresa en sus motivos esenciales de evangelización y civilización, en la pérdida de la perspectiva general de la obra, con la consiguiente trivialización de los méritos individuales y colectivos, y en la falta de valoración de la hondura y anchura de las conversiones. Querría esto decir que no se ha captado lo que es Hispanoamérica. Por disposición de la Providencia Divina, los pueblos que fueron conquistados, al convertirse a la fe y recibir la cultura cristiana en lengua de Castilla, no se conservaron como tales pueblos primitivos, sino que dieron lugar a la nación hispanoamericana, que es heredera de ellos tanto como lo es de España. Para esta empresa ha tenido (san) Juan Pablo II el más reciente aliento, en ese, “¡Gracias, España!, porque la parcela más numerosa de la Iglesia de hoy, cuando se dirige a Dios, lo hace en español”. Y entre las mil cosas grandes, dio vida a las Universidades más antiguas del continente americano.

»Casi todos los Papas han hecho, en algún momento, un gran elogio de la epopeya y de la gloriosa misión realizada por España en América. Pío XII fue el más infatigable debelador de las calumnias que arrojara contra España el mito de la leyenda negra. De su pluma salieron 129 textos acerca del “espíritu universal y católico de la gran epopeya misionera […]. La epopeya gigante con que España rompió los viejos límites del mundo conocido, descubrió un continente nuevo y lo evangelizó para Cristo”. Se ha dicho que la calumnia entra como ingrediente necesario en toda gloria verdadera. Y él mismo fue uno de los Pontífices más calumniados de la Historia.

»No menos sectarios y falsos son los juicios que la historiografía protestante, marxista… ha hecho con frecuencia sobre la Inquisición española. La Inquisición medieval fue creada por Gregorio XI en 1231, con motivo de las grandes herejías que vinieron a turbar la paz religiosa de la Cristiandad. El Derecho entonces vigente contenía leyes severísimas contra los herejes… La Inquisición española salvó muchas vidas de judíos españoles de las matanzas de que estos eran objeto en su tiempo. Fue el más humano de los tribunales de su época y evitó las luchas religiosas, no la existencia en España de otras religiones. Es de tener también presente que el más rico y asombroso despliegue doctrinal y literario que se conoce en la Historia —el Siglo de Oro español, o la Edad de Oro como la llama Menéndez Pelayo porque duró casi dos siglos— coincidió con la existencia de la Inquisición, la cual no supuso ningún freno para el genio creador español. En muchos aspectos esenciales, la Inquisición significó un auténtico progreso social.

»Es indudable que la Inquisición eclesiástica cometió abusos en todo el mundo y, sobre todo, que provocó un clima de suspicacias que hizo sufrir a muchos inocentes, incluso a santos canonizados luego por la Iglesia. Pero es imposible formular un juicio que pretenda ser mínimamente equitativo, si no se acierta a entender lo que significaba la defensa de la fe, en una sociedad donde la verdad religiosa se tenía por supremo valor. No olvidemos que en Ginebra —la Meca del protestantismo—, Juan Calvino no dudó en mandar a la hoguera al ilustre descubridor de la circulación de la sangre, el español Miguel Servet. Y es que la Verdad cristiana, salvadora del hombre, se tenía entonces por el máximo bien; y la herejía, que podía perder a los hombres y a los pueblos, como el peor de los crímenes. Esto le cuesta comprenderlo al hombre moderno, a quien no chocará, en cambio, que la protección de la salud sea actualmente preocupación primordial de la autoridad pública y justifique no pocas molestias y restricciones. Pues el hombre religioso europeo puso en la lucha contra la herejía el mismo apasionado interés que el hombre moderno pone en la lucha contra el cáncer, la contaminación, o en la defensa de la salud física o la democracia; esto, a la vez que asesina a millones de seres humanos inocentes no nacidos.

»Las investigaciones verdaderamente científicas, y cada vez más decantadas de españoles y extranjeros, se pronuncian hoy con veredicto unánime y favorable a la labor positiva y magnánima de España en el mundo, a la vez que se apagan, con las luces puras de la verdad, los últimos vestigios del mito de la leyenda negra antiespañola, que fue alimentada durante mucho tiempo por la mentira y el odio» (Tomado de Desde la Fe, Semanario de la Arquidiócesis de México, No. 218/del 22 al 28 de abril del 2001).

Según el historiador y escritor Pío Moa, la leyenda negra en su «origen procede de la chifladura y falta de escrúpulos de Bartolomé de las Casas. Después tomó un carácter religioso-político en cuanto que lo aprovechó masivamente la propaganda protestante, y solo político porque Francia también la utilizó a fondo. Lo peculiar de esa leyenda es que no solo continúa en la actualidad, sino que, sobre todo a partir del “desastre” del 98, se ha extendido extraordinariamente en medios intelectuales y de ahí populares, como señalaba Menéndez Pelayo al hablar de los “gárrulos sofistas” que embaucaban a tanta gente con sus grotescas falsificaciones históricas».

A Bartolomé de Las Casas, el mentado «apóstol de los indios», se le atribuye desde hace cuatro siglos la responsabilidad en la defensa de los nativos americanos, pasando a la fama por su conocida obra publicada en 1552 como la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, fuente «inequívoca» del «genocidio» que los españoles habrían perpetrado en América durante los años de conquista y plomo…

Según el fraile, el conquistador era la encarnación del diablo: «Los españoles desean solo henchirse de riquezas en muy breves días […] más que hombres parecen lobos, leones y tigres crudelísimos de muchos días hambrientos […]. Cometían grandísimas crueldades, matando y quemando y asando y echando y asando y echando perros bravos» (Rómulo Carbia, Historia de la Leyenda Negra hispano-americana, Publicaciones del Consejo de la Hispanidad, Madrid 1944, 42).

El fraile español, Bartolomé de Las Casas, empleó cifras falsas para denunciar los abusos de los conquistadores, y Guillermo de Orange, el hombre que encabezaba en los Países Bajos la rebelión contra el Imperio español, que iba buscando la forma de debilitar a España a través de la propaganda, se valió de las exageradas cifras del dominico para criticar la conquista de América y pintar a los españoles como esclavistas crueles.

En El Ensayo sobre las costumbres (1756), Voltaire reconoció que Las Casas exageró de forma premeditada el número de muertos e idealizó a los indios para llamar la atención sobre lo que consideraba una injusticia.

«Sabido es que la voluntad de Isabel, de Fernando, del cardenal Cisneros, de Carlos V, fue constantemente la de tratar con consideración a los indios», expuso en 1777 el escritor francés Jean-François Marmontel en una obra, Les Incas, que por lo demás está llena de reproches hacia la actitud de los conquistadores.

Así y todo, la Revolución francesa y la emancipación de las colonias en América elevaron a de Las Casas a la categoría de benefactor de la Humanidad e hicieron olvidar otra vez los trabajos de Voltaire. Asimismo, la emancipación de las colonias disparó la publicación de ejemplares de la Brevísima

Para Ramón Menéndez Pidal, «Las Casas se contradecía… es una mente anómala que los sicólogos habrán de estudiar».

Hay muchísima bibliografía acerca de la personalidad de Las Casas y de su «obsesión» e imprecisiones. Citamos aquí solo algunas: Díaz Araujo, Enrique Las Casas visto de costado, Fundación Francisco Elías de Tejada y Erasmo Percopo, Madrid 1995, 218 y La rebelión de la nada, Cruz y Fierro, Buenos Aires 1983, 369; Ramón Menéndez Pidal, El Padre Las Casas: su doble personalidad, Espasa-Calpe, Madrid 1963, 410 pp. y El P. Las Casas y Vitoria, Espasa-Calpe, Col. Austral, Madrid, pp. 152.; existen incluso serios estudios que afirman un grado de paranoia en Las Casas y hasta de «profetismo», como señala autorizadamente Menéndez Pidal: «Holgadamente se hallaba Las Casas, en un ambiente profetista, situándose fuera de toda realidad, y, ¡con cuánta sencillez falseaba por completo la verdad de todo lo que le rodeaba!» (Ramón Menéndez Pidal, El Padre Las Casas. Su doble personalidad, 335).

El español Fray Motolinía venía a decir, en síntesis, que de Las Casas era un fabulador sin fundamentos, que la acción combinada de la Iglesia y la Corona era una epopeya digna de encomio y que para los desdichados toltecas, culhuas, chichimecas, otomís y tantas otras tribus, la llegada de los españoles había significado su verdadera dignificación (cfr. Antonio Caponnetto, Independencia y nacionalismo, Katejon, Buenos Aires 2016, 153 pp).

«No tiene razón el de Las Casas de decir lo que dice y escribe y exprime (es un) ser mercenario y no pastor, por haber abandonado a sus ovejas para dedicarse a denigrar a los demás […]. A los conquistadores y encomenderos y a los mercaderes los llama muchas veces, tiranos robadores, violentadores, raptores; dice que siempre y cada día están tiranizando a los Indios […]. Para con unos poquillos cánones que el de Las Casas oyó, él se atreve a mucho, y muy grande parece su desorden y poca su humildad; y piensa que todos yerran y que él solo acierta, porque también dice estas palabras que se siguen a la letra: todos los conquistadores han sido robadores, raptores y los más calificados en mal y crueldad que nunca jamás fueron, como es a todo el mundo ya manifiesto: todos los conquistadores dice, sin sacar ninguno […]» (Se puede ver el texto en Real Academia de la Historia. Col. de Muñoz. Indias. 1554-55. T. 87. fª 213-32. Citado por Miguel A. Fuentes, Las verdades robadas, Edive, San Rafael 2004, 242-243).

«Cuando se aborda la historia de la Iglesia católica, tarde o temprano nos encontraremos con el fenómeno historiográfico que se ha dado en llamar leyenda negra. Esta consiste en una labor de propaganda, de desinformación, que, a través de la presentación tendenciosa de los hechos históricos, bajo la apariencia de objetividad y de rigor histórico o científico, procura crear una opinión pública, bien anticlerical, bien anticatólica. Por eso se aparta de lo que podría aceptarse como una simple crítica, una denuncia honesta y rigurosa de los errores cometidos por los miembros de la Iglesia, dando en cambio una imagen voluntariamente distorsionada del pasado de la Iglesia, para convertirla en una descalificación global de una misión milenaria, tanto antes como, sobre todo, en la actualidad.

»La leyenda negra de la Iglesia no es un asunto baladí que deba ser objeto de preocupación solo para los historiadores. Lo cierto es que todos los católicos nos jugamos mucho en la lucha contra sus manipulaciones […].

»En realidad, los ataques demagógicos y panfletarios contra el pasado y el presente de la Iglesia datan de muy antiguo. Pero la polémica anticatólica se acentuó y cobró una especial virulencia en la segunda mitad del siglo XVI, cuando las discusiones entre católicos y protestantes invadieron también el campo historiográfico y literario, surgiendo entonces todo un modelo de difamación sistemática de la Iglesia.

»Más en concreto, encontramos el origen del discurso anticatólico actual en la llamada leyenda negra, un conjunto de acusaciones contra la Iglesia y la monarquía hispánica que se generó y se desarrolló en Inglaterra y Holanda, en el curso de la lucha entre Felipe II y los protestantes.

»El anticatolicismo llegó a ser, con el tiempo, parte integral de la cultura inglesa, holandesa o escandinava. Escritores y libelistas se esforzaron por inventar mil ejemplos de la vileza y perfidia papista, y difundieron por Europa la idea de que la Iglesia católica era la sede del Anticristo, de la ignorancia y del fanatismo. Tal idea se generalizó en el siglo XVIII, a lo largo y ancho de la Europa iluminista y petulante de la Ilustración, señalando a la Iglesia como causa principal de la degradación cultural de los países que habían permanecido católicos.

»En los prejuicios difundidos sobre la historia de la Iglesia se observan dos elementos básicos y, en no pocas ocasiones, íntimamente entremezclados: la visión de la Iglesia medieval y moderna como una institución oscurantista, reaccionaria y enemiga de todo progreso intelectual o social; y su caricaturización como una fuerza represiva e intolerante, enemiga de los derechos humanos y promotora de las Cruzadas y la Inquisición […].

»[…] Un ejemplo reciente de cómo la leyenda negra ha cobrado nuevos bríos últimamente lo hallamos en el Código Da Vinci. Su autor, Dan Brown, deja caer que la Iglesia habría quemado a cinco millones de brujas (p. 158), cuando todos los especialistas, con Brian Pavlac a la cabeza, limitan la cifra a 30.000, a lo sumo, para el período 1400-1800 (por cierto, el 90% víctimas de la Inquisición protestante, y no de la católica) […]» (Manuel Alejandro Rodríguez de la Peña, profesor, “Leyendas negras de ayer, hoy y mañana”).

En el Código Da Vinci no solo hay errores garrafales sobre los hechos sino también mentiras descaradas, grandes y pequeñas, sobre prácticamente cada una de las materias que Brown toca en cuestiones de arte, historia y teología. Da a entender que documentos falsos, que equipara a sus cuestionables fuentes rechazadas, corresponden con los hechos.

Por ejemplo, culpa al «Vaticano» de varios complots y conspiraciones que supuestamente tuvieron lugar siglos antes de que existiera el Vaticano para poder conspirar.

Y, por supuesto, en la mayor mentira de todas, declara que todo el mundo antes del año 325 pensaba que Jesús no era más que un «profeta mortal» hasta que Constantino obligó al Concilio de Nicea a declararle Dios «por una diferencia escasa de votos».

Por supuesto, Brown no se para a preguntarse por qué, si Jesús fue solo un «profeta mortal», se molestó en fundar una Iglesia, ni qué fue de la Iglesia durante los 300 primeros años del cristianismo si nadie daba culto a Jesús como Dios.

El libro de Dan Brown es tan irrisoriamente malo y es muy fácil de demostrar que sus afirmaciones son falsas. Por eso, la mejor cura contra El Código da Vinci es, a fin de cuentas, un vendaval curativo de risa bien informada.

Otro ejemplo es la película de acción Assassin’s Creed: se basa en un videojuego, pero su ambientación repite la leyenda negra. El film repite los viejos bulos anticatólicos y antiespañoles nacidos en el s. XVI en la propaganda inglesa y holandesa, protestante, sobre una España oscura e inquisitorial, con datos, además, falsos.

«Puedo asegurar —dice Rodney Stark, autor de Levantando falso testimonio. Desmontando siglos de Historia anticatólica (Templeton Press, 2016)— que las Cruzadas fueron guerras legítimas de defensa y que la Inquisición no fue sangrienta. Pero no puedo explicar por qué la gran cantidad de investigaciones llevadas a cabo para apoyar estas correcciones no han tenido impacto entre los intelectualoides» (Preguntas planteadas por Carl E. Olson, editor de Catholic World Report).

«[…] La Inquisición española (con jurisdicción en España y América), ha sido usado por los países protestantes como el súmmum de todos los horrores […].

»[…] Los archivos de la Inquisición ya son públicos y nos muestran una realidad muy diferente de la que teníamos […].

»[…] La Inquisición española, aunque formada principalmente por funcionarios eclesiásticos, no dependía para nada del Papa, sino que dependía directamente de la corona, y por tanto era en realidad un organismo religioso al servicio del Estado, no de la Iglesia […].

»[…] El Tribunal de la Inquisición no fue una traba para el progreso intelectual de España como lo demuestra el hecho contundente, ampliamente documentado y fuera de toda discusión, de que la época de su mayor acción coincidió con la del apogeo hispano en la política, economía, cultura y artes […].

»[…] La idea de que los protestantes defendían la libertad de expresión, eran tolerantes y pacifistas, y que fueron víctimas inocentes de los ataques de la Iglesia, es radicalmente falsa. Solo pidieron libertad de expresión hasta que se hicieron con el poder, para después perseguir con saña no solo a los católicos, sino a todos los «disidentes», o sea, otros protestantes que no pensaban igual. Su tolerancia fue nula, y en cuanto dominaban un territorio lo primero que hacían era eliminar el catolicismo, por presión, por expulsión o con el asesinato. Como sus territorios en un principio estaban llenos de católicos, sus persecuciones y matanzas harían palidecer a cualquier acto equivalente de los países católicos. Aunque ellos no tenían Inquisición, sí tuvieron tribunales eclesiásticos equivalentes, pero más dedicados a purgar y atormentar que a investigar. Sus métodos de tortura superaban con mucho a los de la Inquisición y las garantías procesales de los acusados eran mucho menores. Si la Inquisición buscaba salvar almas, los tribunales protestantes buscaban purificar la sociedad expulsando o matando a quienes no compartían sus mismas ideas. Suena duro decir todo esto pero es lo que pasó, especialmente durante el siglo XVI. Y sin embargo fueron ellos quienes crearon la actual leyenda sobre las crueldades de la Inquisición católica […]» (Christian M. Valparaíso, La Inquisición española: verdades y mitos, apologia21.com) .

Veamos la opinión de Fernando Ayllón, en su libro El Tribunal de la Inquisición de la Leyenda a la Historia, pp. 578 y 579. Dice así:

«La Inquisición fue mucho más benigna que los tribunales de la época pues, entre otras cosas:

. Conmutó la pena de muerte por penitencias Canónicas cuando el reo se arrepentía… cosa que no ocurría ni ocurre en los tribunales civiles.

. Abolió la pena de azotes para las mujeres y los fugados de las cárceles.

. Suprimió la argolla para las mujeres.                                        

. Limitó a cinco años la pena a galeras imponiéndola siempre dentro de un marco aceptable de edad (la pena a galera era perpetua en lo civil).

. Suavizó el tormento [mucho más] que los tribunales civiles. Mucho más sangrientas fueron en el siglo XX las Inquisiciones mejicanas de la revolución y la rusa de la era Staliniana [sic]».

La Inquisición juzgó, según un modo de pensar del pasado sobre la peligrosidad de algunas conductas en la vida social.

Para estudiar lo que fue este tribunal hemos de colocarnos en la mentalidad en la que nació y trabajó, si bien esto no significa justificar los procedimientos injustos que a veces fueron utilizados por los jueces.

El hispanista Stanley G. Payne ha publicado «En defensa de España (Espasa, 2017), una obra en la que desmonta la leyenda negra que envuelve la historia de nuestro país» (Manuel P. Villatoro, “Stanley G. Payne: ‘Las críticas a este país han venido siempre de los españoles’”, ABC, 17-10-2017).

Está de moda atacar a la Iglesia acusándola de ser la causante de los mayores crímenes de la historia. La Inquisición y Las Cruzadas suelen ser temas favoritos. Es verdad que estas cosas ocurrieron y se deben examinar como parte de la historia sin justificarlas. Pero es totalmente falso e injusto concluir que estos hechos constituyen los mayores crímenes de la historia. Esas acusaciones reflejan el prejuicio anticatólico que prevalece en nuestro mundo actual.

El ataque incesante contra la Iglesia Católica ha creado una radical distorsión de la realidad. Los pecados de la Inquisición se han explotado sin análisis crítico con el fin de atacar a la Iglesia. Al escuchar los comentarios de estos modernos inquisitores, parecería que la Iglesia no ha sido más que una gigante inquisición causante de todos los crímenes de la historia. Esta es la gran mentira que no debemos aceptar.

Ningún católico o persona de buena voluntad debe permitir semejantes ataques. Los eventos de la historia solo se pueden entender en su contexto y utilizando fuentes auténticas. Pero las exageraciones absurdas y las mentiras se han repetido tanto, que la mayoría las cree como hechos históricos.

Cuando se juzga hay que ser objetivo, honesto y mesurado, de lo contrario se cae en el mismo error que se pretende delatar. Hoy no faltan los inquisidores contra la Iglesia católica.

En principio la macabra leyenda se forjó como reacción de los países protestantes europeos contra una hegemónica España católica que amenazaba su política y su religión, odio político y religioso lisa y llanamente. La inercia hace que sea más fácil mantener la misma imagen que cambiarla, pues pocos están dispuestos a cambiar «verdades asentadas» a menos que tengan un buen motivo para ello, y lo cierto es que ocurre al contrario, también hoy sigue interesando mantener la verdad distorsionada. España no es ya una amenaza política, pero la Iglesia católica sigue siendo para muchos protestantes el enemigo a batir, y no están dispuestos a renunciar a una de sus mejores armas para denigrar al catolicismo. La Inquisición, especialmente la española, es aún hoy una de las principales «pruebas» que ellos presentan para fundamentar su idea de que el catolicismo es oscurantista y la Iglesia católica es en esencia maligna. A ellos se unen ahora los ateos, que consideran que toda religión es esencialmente destructiva y dañina, y también encuentran en la Inquisición una de sus mejores pruebas. También sirve de prueba a los americanos que quieren presentar la colonización europea como el origen de todos sus males. Demasiados intereses como para poder hacer una revisión serena del pasado.

Puesto que la imagen de una Inquisición diabólica y sádica está hoy tan arraigada, los historiadores que se esfuerzan por sacar a la luz la verdad son irónicamente vistos como gente que se esfuerza en distorsionar la historia para apoyar a una institución diabólica, en otras palabras, son considerados exactamente igual que aquellos pseudohistoriadores que se esfuerzan hoy en limpiar la imagen de Hitler y el III Reich, en negar el Holocausto y presentar el nazismo como una ideología virtuosa. Ante semejante panorama no es nada fácil alzar la voz contra la falsedad, pero la verdad está ahí para quien la quiera encontrar. Afortunadamente los archivos españoles están llenos de datos de primera mano, y poco a poco algunos osados investigadores están acabando definitivamente con todas las mentiras que durante siglos germánicos y anglosajones supieron extender hasta el punto de que hoy en día incluso los españoles y los hispanoamericanos las toman como verdades indiscutibles.

Hay que recordar que Emil Ludwig, en su biografía de Bismarck, recogía unas curiosas palabras del Canciller: «Hay dos clases de historiadores. Los unos hacen claras y transparentes las aguas del pasado; los otros las enturbian». En el caso de la leyenda negra de la Inquisición, había y hay muchos intereses para que esas aguas bajasen turbias.

(Las palabras en negrita son obra del autor de este escrito).