Por un periodismo ético y social | Servindi - Servicios de Comunicación  Intercultural

Cuando se repite maquinalmente una idea, se la graba a fuego en el espíritu de las gentes

Un escrito de Alfonso López Quintás

(Fuente: Análisis digital)

Existen dos formas de repetición: la creadora, que constituye una fuente de belleza en cuanto colabora a fundar ámbitos expresivos, llenos de sentido, y la mecánica o pura insistencia en lo mismo. Cuando se repite maquinalmente una idea, se la graba a fuego en el espíritu de las gentes. No se acrecienta su sentido, no se la enriquece con valiosos pormenores; sencillamente, se la impone y hace valer. Dicha idea puede ser valiosa o banal, verdadera o falsa. Una idea falsa, mil veces repetida y voceada a través de los megáfonos de los medios de comunicación, no se convierte en una idea verdadera. Una media verdad, proclamada incesantemente, no da lugar a una verdad integral. Pero el mero hecho de repetir multiplica la presencia de lo repetido en el clima cultural, y esta presencia renovada lo hace cotidiano, y lo cotidiano acaba siendo tomado como una atmósfera nutricia que acoge, algo natural que no se pone en tela de juicio.

Sea cual fuere su valor, una idea repetida acaba imponiéndose socialmente. No importa que no pueda sostenerse ante una mirada crítica. Los demagogos no aplican su astucia a convencer a las clases bien preparadas, dotadas de alto poder de discernimiento. Si lo que se pretende es dominar, lo que procede es repetir, insistir, martillear sin pausa una idea, un eslogan, un lema, una consigna, un razonamiento elemental, un sofisma, todo aquello que pueda contribuir a orientar el modo de pensar, sentir y querer de las gentes.

El poder que encierra la repetición lleva a ciertos grupos a insistir sobre unas cuantas ideas básicas, toscas, apenas sin roturar, carentes de toda fundamentación, pero astutamente pensadas y formuladas en orden a crear un clima de opinión favorable a las propias tesis y posiciones. Durante la guerra de Vietnam, todo ciudadano de los países libres estaba asediado por consignas de propaganda antinorteamericana. En vallas, en carteles, en pintadas, en los encerados de las clases, en los azulejos de los servicios públicos, en todos los rincones mostraban su rostro agresivo y ácido. ¿Ignora alguien hoy la eficacia que en plazo no muy largo tuvieron esos ataques repetidos indefinidamente como un eco universal y constante? Cada frase, cada idea, cada dibujo o caricatura era de una extrema pobreza, tanto de concepto como de realización. Espíritus selectos pueden muy bien haber despreciado tal forma de agredir al gigante. Cada protesta era como un ridículo ladrido de perro contra el poderío de los tanques y aviones. Sin embargo, día a día se formó una opinión adversa a esa guerra sostenida en tierra extraña, y el gran ejército retornó humillado a los lares patrios, provocando una honda depresión moral en todo el inmenso país.

Grabemos bien este dato:

Hay recursos estratégicos que merecen nuestra repulsa pues son en sí obviamente despreciables. No debemos, sin embargo, depreciar —es decir, minusvalorar— su poder táctico. Las personas cualificadas consideran humillante, indigno de su condición, movilizar medios que no encierran en sí un valor. No puede negarse la nobleza de tal actitud, pero, si esta los lleva a inhibirse ante los ataques zafios, pagarán muy caro su error. La experiencia diaria confirma amargamente este pronóstico.

Alguien ha dicho que «es posible engañar a algunos durante mucho tiempo y a todos durante algún tiempo, pero no cabe engañar a todos durante todo el tiempo». La segunda parte de esta aguda sentencia puede fallar en buena medida actualmente debido al poder inmenso de los medios de comunicación social. La redundancia desinformativa, tendenciosa y artera, tiene un poder insospechado de crear opinión e instaurar un clima propicio a toda clase de errores. Basta, por ejemplo, imponer una actitud de superficialidad en el tratamiento de los temas serios para que sea posible la difusión fácil de todo tipo de falsedades. Anatole France solía afirmar que «una necedad repetida por muchas bocas no deja de ser una necedad». Sí, y mil mediocridades no dan lugar a una genialidad. Pero una mentira o una verdad mutilada, si es repetida por un medio de comunicación prestigiado ante los ciudadanos, acaba convirtiéndose en una verdad de hecho, una «creencia social» incontrovertida, intocable, algo que nadie discute para no quedar descalificado socialmente.

Una propaganda hábilmente orquestada y bien financiada puede engañar a la mayoría durante mucho tiempo. Las gentes poco preparadas solo consiguen liberarse de la opresión intelectual si una persona o un grupo cualificados dan la señal de alerta. Estas minorías críticas pueden hoy día quedar amordazadas por diversas razones: no cuentan con medios suficientes para realizar una labor de investigación y difusión; se hallan sometidas también al poder erosionante de la propaganda; se las amenaza con la impopularidad y con chantajes de diverso orden…

Recordemos la conocida frase del gran teórico actual de la comunicación, M. McLuhan: «El medio es el mensaje». No se dice algo porque es verdad; se toma como verdad porque se dice. Dentro de su evidente exageración, esta sentencia apunta certeramente hacia el giro que se ha operado en los últimos tiempos a favor de los medios de comunicación social.