Los doctrinarios materialistas vienen desarrollando una activa campaña destinada a difundir a nivel popular una versión de los orígenes y naturaleza del hombre que excluya cuidadosamente toda suerte de intervención divina. El principal método empleado consiste en la formulación y divulgación —recurriendo a las técnicas más eficaces de la propaganda— de una versión simplista y radical del evolucionismo y de las teorías evolucionistas.

Es bien sabido que la evolución de las especies constituye una hipótesis científica que, reconducida a sus justos y razonables límites, es admitida por muchos hombres de ciencia y no se opone a la Revelación divina ni tampoco, por tanto, a la fe cristiana. Será incumbencia del científico, dentro del ámbito de su legítima autonomía, aceptar o no la evolución como explicación válida de importantes problemas, sobre todo en el campo de la biología. Pero cosa muy distinta sería pretender elevar a la categoría de dogma un evolucionismo absoluto y total, para que sirviera así de fundamento a la concepción materialista del hombre y de la vida.

La divulgación a nivel popular del evolucionismo radical ha recurrido hábilmente a la acuñación de «slogans» rudimentarios pero eficaces, como aquel de que, «el hombre desciende del mono», plasmado a veces en imágenes que entran fácilmente por los ojos; o ha producido seriales televisivos atrayentes, que no rebasan el nivel de la ciencia-ficción, pero que aparecen revestidos de ropajes de apariencia científica y presentan una versión materialista de los orígenes del Cosmos y de la vida. La pretensión ideológica del evolucionismo radical es de sobra conocida: su intención no es otra que excluir cualquier intervención de un Creador en la génesis de la materia y de la vida. Según ese evolucionismo, sería la propia materia cósmica increada —operando en virtud de una ciega dinámica inmanente a ella, y sin la acción de una Inteligencia ordenadora— la que habría dado origen a la vida que, desde las formas más elementales, habría progresado gradualmente y por su propio impulso hacia formas superiores, hasta llegar al hombre, al ser racional dotado de entendimiento y voluntad.

 

*Artículo publicado en un blog personal del autor en febrero de 2008.