Individualismo y coronavirus

Lo cierto es que la crisis no consiste en que se muera mucha gente, sino en que se revela la impotencia de los sistemas sanitarios. Y que ello hace visible la muerte, lo cual resulta intolerable para una sociedad acostumbrada a vivir de espaldas a ella.

A fin de cuentas, no cabe duda que todos estos anhelos de un “mejor después”, o sirven para mirar mucho más lejos, hacia la eternidad, o terminan siendo profundamente inhumanos: una promesa de bienestar con una segura fecha de vencimiento.

El aislamiento provocado por el coronavirus ha puesto de manifiesto lo doloroso que es morir solo. De forma más silenciosa esto ya sucede en la vida cotidiana de muchas sociedades: ancianos que fallecen en sus domicilios sin que nadie lo perciba.

Donde el Estado apoya el individualismo, quizás tienes un formulario para rellenar, pero no un hombro en el que llorar. “Te apoyas en el sistema; pero no es interpersonal, ni cálido, ni cariñoso”.

Vivimos en una época individualista. Lo que las personas buscan en la vida es, fundamentalmente, pasarlo bien. Más todavía, pasarlo bien a toda costa, aún a costa de los demás. Por esto, nadie debería extrañarse de que haya jóvenes (y no tan jóvenes) que no les interesa la salud del prójimo en momentos así de complejos. ¿Cómo apelar ahora a la virtud cuando lo único que nos ha importado ha sido el placer y la utilidad?

El individualismo devalúa las relaciones humanas. El otro únicamente cuenta en la medida en que sea funcional al propio bienestar, por lo que los vínculos solo son valiosos si son provechosos. Lógicamente nadie puede evitar los vínculos sociales, pero son varios los sentidos que se le pueden dar a estos vínculos: el individualista ha escogido poner el yo como la cumbre de la realización “social”, y el alegato de sus derechos como el modo de actualizar dicha realización.

El bien humano no es el encierro en sí mismo y la expansión del yo, sino la apertura, la generosidad, la donación.

La opción por el nosotros conlleva a aceptar sacrificios, que puede que incluso no nos beneficien en este sentido, es decir, que no sean útiles, ni placenteros ni satisfagan nuestros derechos, pero que, a fin de cuentas, son los que más valen, pues son opción de generosidad. Demás está decir que el coronavirus constituye una oportunidad.

Lectura de libros

La lectura es el medio universal de aprender. Gracias a los libros nos llegan los conocimientos y el pensamiento de todas las generaciones anteriores. En la actualidad, los libros han sido desplazados casi en su totalidad por Internet. Pero Internet sirve para investigar, no para aprender. Para aprender se necesita un maestro delante de uno que nos pueda explicar las inquietudes que surgen.

Tampoco es bueno ni leer de todo, ni demasiado. Hay que leer lo bueno, eligiendo las lecturas, seleccionando los grandes maestros que siguieron la línea de la verdad, y profundizando en los conceptos para aprender. La lectura superficial (y mucho peor si son solo revistas y novelas de actualidad cuyo único valor es que sea un best seller) vulgariza el espíritu y la pasión por leer y la avidez intelectual nos juegan en contra. Tampoco hay que limitarse solo a los grandes maestros de la vida espiritual y los clásicos. “Una obra magistral es una cuna, no una tumba” (Siete virtudes olvidadas. Rev. P. Alfredo Sáenz. Editorial Gladius. Pág. 1465).

El hecho de que no exista un índice de libros prohibidos no da licencia para leer lo que sabemos ofende a Dios.

La Santa Sede dio normas específicas acerca de la lectura de libros que son peligrosos a la fe católica o a la moral cristiana. Estas normas se codificaron en el Código de Derecho Canónico actual, en los cann. 831 y 832.

Que cada uno sepa rechazar cualquier lectura (y esto vale para cualquier programa de radio, televisión, cine, Internet, música, etc.) que pueda implicar un daño a la propia adhesión a Cristo o al compromiso decidido para servir al prójimo según la justicia y la caridad cristianas.

Así, cualquier lectura que ataque la religión, o promueva el odio a personas o a razas (lecturas, por ejemplo, que inciten al antisemitismo, al odio hacia los miembros de otras naciones, al desprecio de los pobres), o que calumnie a los demás, o que promueva comportamientos sexuales pecaminosos, o que defienda posiciones complicadas y confusas a la hora de orientar la propia fe y la vida moral, o que inciten a la violencia y a las guerras, son lecturas que el cristiano, por mantener su fidelidad a Cristo, no debe hacer, a no ser que se vea en la obligación de conocer algún libro o programa actual para poder iluminar a otros cristianos sobre el peligro que allí se encuentra.

Lectura de la Biblia

Según el Catecismo de la Iglesia y el Concilio Vaticano II, la Sagrada Escritura es la palabra de Dios puesta por escrito por el soplo del Espíritu Santo. La Biblia consta de 73 libros en el Nuevo y el Antiguo Testamento, confirmados por la Iglesia en el Concilio Provincial de Hipona en 393, como canónicos (o de inspiración divina). La Sagrada Escritura no es solamente la guía de nuestra salvación, de la que fluye virtualmente toda la teología y práctica católicas, sino que también es la base de la cultura cristiana.

Sin la Biblia nos reduciríamos a simples adoradores de la naturaleza, o algo peor. Parafraseando el Catecismo: “La verdad que Dios ha revelado para nuestra salvación, la ha confiado a la Sagrada Escritura”. Pero como el Espíritu Santo ha trabajado por medio de autores humanos quienes han usado muchas formas literarias para comunicar el Mensaje, es comprensible que acudamos sobre todo a la Iglesia para guiarnos en la interpretación correcta.

La lectura de la Biblia es imprescindible para el católico del siglo XXI, que tiene a su alcance posibilidades que no se tuvieron en otras épocas de la historia. Recordemos las palabras de san Jerónimo: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”.