Estimado lector, acabamos de publicar las memorias del COF (Centro de Orientación Familiar San Juan Pablo II de la Diócesis de Zaragoza), y nos sentimos llamados a compartir con usted aquellas situaciones familiares que reclaman un mayor esmero por nuestra parte.

Este centro de orientacion familiar se ha convertido en un observatorio privilegiado de la problemática de la familia, de ahí nuestra responsabilidad y vehemencia en poder transmitirle nuestra experiencia, inquietudes y, sobre todo, esperanzas.

Uno revisa la gráfica anterior y lo primero que capta es la trascendencia de la familia al completo, estructura superior a la mera suma de todos sus miembros. Uno intuye un bien mayor que cada individualidad, intuye una verdadera comunidad de pertenencia, donde unos son responsables de otros, y de la  promoción de la vocación a la que cada uno está llamado.

La problemática que le presentamos nos muestra como, cuando uno de los miembros de la familia tiene un comportamiento disruptivo, realmente se está “escuchando un aldabonazo” en toda la familia. No es el problema del niño, del adolescente o del anciano en solitario, sino que estamos ante una situación familiar a mejorar entre todos. Por poner un ejemplo, la soledad del anciano que usted ve reflejada en la gráfica pueda ser un síntoma de incomunicación o individualidad en la familia. O la falta de sentido en la afectividad de los adolescentes –importante porcentaje- puede ser debido a una falta de disciplina y de vinculación afectiva con unos padres ausentes. O los problemas en las relaciones íntimas vienen de la mano de una incomunicación que se va acomodando en la rutina diaria… y así podríamos seguir, ya lo ve.

¿No le parece que estas crisis que se nos muestran están abriendo a cada familia un camino de crecimiento, una llamada a mejora la situación? Aunque nos den miedo los cambios, el salir de nuestra zona de confort y el aventurarse por nuevos caminos de donación, estas situaciones que ve usted en esta gráfica son el punto de partida para crear, verdaderamente, una comunidad familiar. La adaptación es cómoda, no se lo niego, pero me despersonaliza y me aleja de esa necesaria tensión que empuja al compromiso y a apostar por lo valioso: mi cónyuge –verdadera ayuda adecuada- y mi familia. Ya ve, hablamos de la fecundidad de las crisis

Nos quedamos con esta gráfica en nuestra memoria, y estas “situaciones a cuidad con especial esmero” nos recuerdan que la armonía y el bienestar de toda familia es a su vez condición necesaria para la armonía y felicidad de todos sus miembros; y viceversa. Y los orientadores del COF queremos compartir en este día cómo la carencia y/o el quiebre de este entorno familiar es fuente de infirmidad y de infelicidad.

Pero ¿por qué estos porcentajes que usted tiene hoy delante suyo? Quizás, nos aventuramos a decir, por haberse oscurecido dos aspectos que están en el origen y la sanación de estas crisis en las familias. Por un lado, la gratitud y correspondiente deuda. ¿Gratitud y deuda? Sí, ese don que tengo la preciosa obligación de dar, ya que he sido antes objeto de otro don. Y la gratitud por ese don recibido que me empuja –sin frenos- a la donación, a ver en cada miembro de mi familia un fin en sí mismo. Ahí es nada, atento lector; y qué grandeza la de la familia…