El valor del sacrificio es aquel esfuerzo extraordinario para alcanzar un beneficio mayor, venciendo los propios gustos, intereses y comodidad.

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Debemos tener en mente que el sacrificio —aunque suene drástico el término—, es un valor muy importante para superarnos en nuestra vida por la fuerza que imprime en nuestro carácter. Compromiso, perseverancia, optimismo, superación y servicio, son algunos de los valores que se perfeccionan a un mismo tiempo, por eso, el sacrificio no es un valor que sugiere sufrimiento y castigo, sino una fuente de crecimiento personal.

¿Por qué es tan difícil tener espíritu de sacrificio? Porque estamos acostumbrados a dosificar nuestro esfuerzo, y a pensar que «todo» lo que hacemos es más que suficiente. Dicho de otra forma: debemos luchar contra el egoísmo, la pereza y la comodidad.

Todos somos capaces de realizar un esfuerzo superior dependiendo de nuestros intereses: las dietas rigurosas para tener una mejor figura; trabajar horas extra e incluso

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fines de semana para consolidar nuestra posición profesional; quitar horas al descanso para estudiar; ahorrar en vez de salir de vacaciones… El problema central, es que no debemos movernos solo por intereses pasajeros, debemos ser constantes en nuestra actitud.

El valor del sacrificio contempla dar ese «extra» también en casa, en ese horario y con esas personas que desean gozar de la compañía generalmente ausente de cualquiera de los miembros.

En muchas ocasiones caemos en actitudes que restan mérito a todo lo bueno que hacemos: expresar constantemente nuestro cansancio o echar en cara lo mucho que hacemos y lo poco que los demás nos comprenden. Esta forma de ser demuestra poco carácter y fortaleza interior, cuando no, un medio para evadir algunas responsabilidades.

Son muchas las cosas que nos desagradan y no podemos esperar que todo sea a nuestro

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gusto. El verdadero valor del sacrificio consiste en sobrellevarlas, intentando poner buena cara, sin quejas ni remilgos.

Con todos los ejemplos mencionados, podemos darnos cuenta que la mayoría de nuestros sacrificios están orientados a servir a los demás; tal vez, ni siquiera nos habíamos percatado de la importancia que tienen esos pequeños detalles para formar una personalidad firme y recia.

El espíritu de sacrificio no se logra con las buenas intenciones, se desarrolla haciendo pequeños esfuerzos.

Todo aquello que vale la pena requiere de sacrificio, pues querer encontrar caminos fáciles para todo, solo existe en la mente de personas con pocas aspiraciones. Quien vive el valor del sacrificio, va por un camino de constante superación, haciendo el bien en todo lugar donde se encuentre.

¡Claro que es un valor el sacrificio! Es aquel esfuerzo extraordinario para alcanzar un beneficio mayor, venciendo los propios gustos, intereses, sueños y comodidad. Y es muy importante vivirlo para superarnos en nuestra vida por la fuerza que imprime en nuestro carácter, además de que ayuda a fortalecer el compromiso, la perseverancia, el optimismo, la superación y el servicio entre otros valores.

Una virtud que debemos fomentar en nuestros hijos y en nosotros mismos para vivir el valor del sacrificio es la discreción.

Nuestros hijos deben entender que es importante que las cosas las hagamos sin esperar algún reconocimiento.

Y para lograrlo es necesario que no hagan caras o alusiones a que lo están realizando cuando haya personas ajenas a la familia.

El que vive el valor del sacrificio va por un camino de constante superación, haciendo el bien en todo lugar donde se encuentre porque ha aprendido a vencerse a sí mismo.

La cruz no es un fin en sí misma, sino un medio para alcanzar un fin, que es nuestra transformación en Cristo.

Toda jerarquía de valores exige una opción y esto implica sacrificar algo. Jesucristo lo describe como llevar la cruz. Comenzamos a rechazar la cruz cuando perdemos de vista

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de que es solo un medio para alcanzar un fin. El que siembra la semilla con el sudor de su frente sueña en la cosecha rica y amarilla. Así debemos llevar la cruz, pensando en el fruto que nos va a aportar: nuestra transformación en Jesucristo.

La cruz es el precio que hay que pagar por conquistar el Reino de Dios (o Reino de los Cielos). Si uno ve la cruz de esta manera tiene bastante sentido e incluso es mucho más llevadera. El problema comienza cuando no vemos el sentido de la cruz y solo la toleramos o la rechazamos totalmente. Pero la cruz siempre estará ahí, pues nos sigue como nuestra sombra. Lo razonable es tratar de darle un sentido.

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Llevar la cruz con sentido sobrenatural.

Mientras muchos credos, ideologías, proyectos políticos, sociológicos o psicológicos, y aún la misma ciencia médica prometen vanamente al hombre la supresión del dolor, la revelación cristiana muestra que el dolor, pese a su paradójica consistencia, es también camino de humanización y elevación de la persona. No lo engaña con falsas promesas. Y en cambio le da la entereza y la fortaleza que necesita para sobrellevar con gozo, no con resignación, las fatigas del camino.

Las personas más admiradas en la sociedad de hoy son los que saben esforzarse. ¡Cuánto sacrificio se necesita para ganar la medalla de oro en las Olimpiadas! ¡Cuánto sacrificio se invierte en llegar a ser médico, ingeniero o arquitecto de calidad! ¡Cuán admirables son las madres de familia que se sacrifican para que sus hijos tengan un hogar sano, culto y lleno de oportunidades! El sacrificio, en cualquier esfera de la vida, es un valor humano.

El único sacrificio perfecto es el que ofreció Cristo en la cruz en ofrenda total al amor del Padre y por nuestra salvación (cf Hb 9,13-14). Uniéndonos al de Cristo, podemos hacer de nuestra vida un sacrificio para Dios (Catecismo de la Iglesia Católica, 2100).

Para el cristiano, el sacrificio se abre a otra dimensión más profunda. Es un acto de la virtud de la religión: «Adorarás al Señor, tu Dios, y le darás culto». Es la forma más importante del culto externo y público; la manera más solemne y excelente con que puede honrarse a Dios.

Los cristianos reconocemos que Jesucristo eligió para sí mismo el camino del sacrificio por amor, y como el camino de salvación para los hombres. El sacrificio es la entrega o donación de algo, por amor, en honor de Dios.

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Aceptando con gozo el sufrimiento, el cristiano sigue el camino de Jesús. El sacrificio cristiano es una imitación por el amor, porque el que ama quiere ser como el amado.

El amor es la condición para seguir a Cristo, el sacrificio es lo que verifica la autenticidad del amor. ¡Y bien vale la pena amarle a Él que tanto nos amó!

Dios no necesita nuestro culto, ni interior ni exterior, nuestro homenaje no añade nada a Su gloria. No es esto por lo que, estrictamente hablando, debamos rendirle tributo y ofrecer sacrificios en su honor, sino porque Él lo merece infinitamente y porque es de inestimable valor para nosotros mismos.

La persona con espíritu de sacrificio sabrá elegir lo que sea bueno y mejor no lo más cómodo y lo más fácil, lo que le genere menos esfuerzo.

La vida cristiana exige colocar a Jesús en el centro de nuestros deseos. Esto no se puede sin sacrificio.

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Aprender a decir «no» a nuestras ataduras, opiniones, gustos, caprichos, para poder decir «sí» a Jesús en lo que nos pida a través de la vida y lograr el señorío propio de quienes somos, personas, creadas a imagen y semejanza de Dios.