Don José Ramón:

En su artículo «Fe católica y cultura española», publicado el 22 de mayo en Iglesia en Aragón, me dice usted que, «de la mano de dos historiadores», afirmo «con rotundidad la importancia cultural de la Iglesia católica en la cultura occidental». Le doy dos nombres más: Fallmeyer, quien afirma que «la Europa occidental es creación de la Iglesia latina» (Tihamer Toth: Cristo y los cristianos, 3ª, II, 4. Ed. Atenas. Madrid); y el sociólogo norteamericano Rodney Stark, entre otros, que ha demostrado que la revolución científica que ha acontecido en los últimos siglos en Europa ha sido fruto del cristianismo.

Me quejo amargamente (de rabia, digo yo) —me dice— del desconocimiento (en mi opinión, consciente y malintencionado) de ese legado. Es más, sostengo —me sigue diciendo— que existe un deseo consciente, nacido en la Ilustración, de narrar la historia como si la Iglesia católica no existiera o fuera enemiga de la ciencia y del progreso.

Añado al texto publicado el 13 de mayo de 2020 en Iglesia en Aragón todo lo que sigue:

Históricamente, la religión es tan antigua como el hombre, manifestándose de diversas formas, desde el fetichismo de los hombres salvajes, al culto a Osiris en Egipto, al de Marduk en Babilonia hasta al animismo, hinduismo, budismo, sintoísmo, judaísmo, cristianismo e islamismo, de tal manera, que podemos definir al hombre como un animal racional, político y religioso. No conocemos pueblo que no haya tenido su religión. Los ciudadanos religiosos fueron ayer, son hoy y serán mañana, miles de millones extendidos por todas las naciones de este mundo.

El cristianismo adquirió tanta fuerza que en el Edicto de Milán (febrero del año 313), el paganismo dejó de ser la religión oficial del Imperio Romano y se concedió la paz a la Iglesia.

Más tarde, el Emperador Teodosio el Grande, español de nacimiento, en el 380 constituyó el cristianismo en religión oficial del Imperio Romano. ¿No es esto maravilloso y único?

Siglo XVIII

Es el siglo de las luces. Es decir, unos escritores, educados en el cristianismo, muchos de ellos con los jesuitas, se llamaron filósofos y quisieron juzgar todas las cosas según las «luces» de la razón y no de la fe y de la revelación, a la que consideraban oscura y retrógrada. A este movimiento se le ha llamado Ilustración, una auténtica máquina anticristiana.

Ilustración

No es una opinión filosófica, o un mero sistema. Es uno de esos grandes movimientos históricos, donde se da el paso del mundo medieval y feudal a un mundo nuevo, donde se ve el mundo, no en relación a Dios, sino en su visión laica y materialista.

Es una continuación del movimiento iniciado en el renacimiento, donde se tendía a liberar la vida y las actuaciones humanas de la autoridad eclesiástica y someterlas a la propia iniciativa. En este sentido, la Ilustración es el tránsito al laicismo, al indiferentismo y al naturalismo. El orden sobrenatural no les interesa nada a los hombres de la Ilustración; quieren progresar y no piensan renunciar al mundo sino en usarlo, disfrutar de él, someterlo con su inteligencia y su trabajo. Les estorba el viejo orden social, y, en parte, también la Iglesia, porque se opone a su progreso, dicen ellos.

Por eso, podemos decir también que la Ilustración, al menos en ciertos puntos, es un peligro para el cristianismo. Estos son los puntales de este movimiento:

. Negación de todo dogma de la fe y de la revelación.

. Negación del alma.

. Negación de la caridad cristiana.

. Lucha contra la Iglesia católica.

Representantes de la Ilustración:

Voltaire, enemigo acérrimo de la Iglesia católica, a la que llamó la intolerante y oscurantista.

Es el maestro de la duda.

Sus panfletos, novelas y folletos tenían como único objetivo el desprestigio del cristianismo. Habla en ellos siempre burlándose de las cosas sagradas; de la Biblia, como un libro insulso y lleno de desgracias y falsedades; del Evangelio, como una serie de preceptos tiránicos e inhumanos; de la Iglesia y su jerarquía, como una organización en la que reina la corrupción y la locura; de los dogmas, como cadenas que limitan de la libertad. Todo sin fundamento alguno, pero, gracias a su estilo, logró influir en la sociedad entera. Voltaire tenía un reto para sí mismo, pues en una ocasión se atrevió a decir: Jesucristo necesitó doce apóstoles para difundir el cristianismo. Yo demostraré que hace falta uno solo para acabar con él: Voltaire.

Rousseau, con su contrato social, en el que proclamó la igualdad de derechos de todos los ciudadanos, en contra de la rígida división de clases establecidas por las monarquías. Negaba también la realidad, y para nosotros dogma, del pecado original. Él decía que el hombre es bueno por naturaleza; y, por lo tanto, todo lo que hace es bueno.

Montesquieu en sus Cartas Persas censuró el estado de la Iglesia en Francia.

Los enciclopedistas Diderot, D´Alembert…, que ni admitían la religión ni las antiguas instituciones políticas y, en cambio, deseaban romper con el pasado. Fueron los padres intelectuales de la Revolución Francesa.

Esta Ilustración engendró el librepensamiento (hay un principio sagrado: cada uno piense y opine con la más absoluta libertad, sin fijarse en lo que diga la Biblia, la Iglesia, los santos). Cundió la incredulidad y fue el comienzo de la masonería.

Escribe Pierre Manent que «las armas de la libertad moderna fueron forjadas durante los siglos de la Ilustración en un áspero combate contra el cristianismo y particularmente contra la Iglesia católica» (Pierre Manent, Histoire intellectuelle du libéralisme: dix leçons, 1987, rééd. Paris, Hachette, 2004. Utilizamos la edición española: Id., Historia del pensamiento liberal, traducción Buenos Aires, Emecé, 1990, pp. 12-13).

«En los escritos de Voltaire y la “Encyclopédie”, la libertad de conciencia y de religión se reputa por esencia y por sistema desvinculada del Dios cristiano y de su ley. Son la vena anticristiana, el agnosticismo religioso y el escepticismo metafísico los que vivifican el fundamento de esta libertad moderna» (Julio Alvear Téllez, La libertad de conciencia y de religión en la Ilustración francesa: El modelo de Voltaire y de la “Encyclopédie”, Revista de Estudios Histórico-Jurídicos XXXIII, Valparaíso, Chile, 2011, pp. 227-272).

«Desde el ángulo de la génesis del pensamiento político moderno se puede afirmar que la Ilustración francesa llevó a cabo le procès du christianisme (para la edición española: Paul Hazard, El pensamiento europeo en el siglo XVIII, traducción castellana de Julián Marías, Madrid, Alianza, 1985, pp. 15-91), como arma necesaria para “liberar” al orden político de todo referente a una verdad y normatividad trascendentes, a fin de recomenzar desde la voluntad humana desligada la creación ex nihilo de la sociedad y del Estado. Montesquieu, Voltaire, Rousseau y los autores de la “Encyclopédie” (Diderot, Romilly, Jaucourt, entre otros) representan en diversos grados las figuras de relieve de este espectáculo, en la medida en que hicieron de la libertad de conciencia y de religión el pivote sobre el que gira esta desligación» (JA Téllez, La libertad de conciencia…).

«En este ámbito, la Ilustración francesa ensayó la destrucción de los puentes que la conciencia humana había creado con la verdad cristiana (la fe y la ley divino natural), negando su contenido objetivo y la misma posibilidad formal de conocerla. Con trascendencia no hay libertad. Arrumbar entonces la verdad trascendente que fue dada y transmitida a Europa por la Iglesia fue el objetivo» (Ibídem).

«Es el agnosticismo religioso y el escepticismo metafísico, sellados por el furor anticristiano, el que vivifica el fundamento ilustrado de la libertad de conciencia y de religión. Concebida bajo apariencias neutrales (ahí radica su engaño) es en realidad una voluntad de librarse —por la fuerza si es necesario— de la conciencia cristiana y de la religión católica en la vida individual, social y política de los pueblos europeos y después hispanoamericanos. Lo que desde el ángulo político comporta la exigencia de separación entre la Iglesia y el Estado como principio axiológico-constitucional y la reducción de la religión al estatuto de mera opinión o creencia subjetiva» (Ib.).

«En este lenguaje, que es el de Voltaire y la “Encyclopédie”, ser tolerante quiere decir en concreto excluir la fe y la moral cristianas de la vida pública, obra en la que se empeñará la Revolución de 1789, y después, su heredera, la III República francesa, consumando el proceso de secularización de la Modernidad política» (Ib.).

«Tras la tolerancia y la libertad ilustrada se deja ver, como la cara tras la máscara, el proceso contra el Dios cristiano, del que habla Hazard, pero también y especialmente contra el orden político y temporal heredado (y en esa misma medida) de la Cristiandad. A nivel político, es lo que teorizará Rousseau» (Ib.).

La Ilustración aportó algún rasgo positivo, pero también negativos. Influye en la descristianización de buena parte de la sociedad; el escepticismo va inundando casi todo, quitando de en medio la filosofía tradicional. También redujo a la Iglesia a un grado de condición ínfima al separar de ella a la gente más culta y dejarla debilitada a base de secularizaciones y desamortizaciones; y la unció al carro del Estado en los países que se siguieron llamando católicos.

Las ideas de la Ilustración se hacen realidad palpable en la revolución, primero en Francia (la Revolución francesa llevó a los hombres a creer en un progreso indefinido hacia un mundo mejor basándose erróneamente en dos grandes mentiras: la bondad natural del hombre y la infalibilidad de la razón. El carácter antirreligioso de esta revolución está fuera de toda duda. Destronó a Cristo para proclamar los derechos del hombre y redujo toda la vida religiosa a estructura del Estado, identificado con la sociedad. Para la vida institucional de la Iglesia la revolución fue un desastre: monjas de clausura ajusticiadas, algunos sacerdotes obligados a hacer juramento a favor de la revolución, llamados “juramentados”, destrucción de monumentos, sustitución del culto religioso católico por el culto de la diosa razón, culto a la nación y al estado; indiferentismo, anticlericalismo), y, más tarde, en las demás naciones. Sigue estando presente en el siglo XIX y su influencia ha llegado hasta nuestros días.

Fruto de la Ilustración surgieron los movimientos despóticos del febronianismo (en Alemania), josefismo (en Austria), galicanismo y regalismo (ambos en Francia), que atacan a la religión y apuntan el golpe al principal bastión cultural de la Iglesia: la Compañía de Jesús.

Finalmente, España y el catolicismo son realidades indisolubles.

Es imposible profundizar en el conocimiento de la historia española sin hacer referencia a la influencia del catolicismo en la vida social, política, cultural e, incluso, económica.

La doctrina política española del siglo XVII responde a los principios ideológicos católicos sobre los que se funda la monarquía universal hispana y el imperio de América.

«Se conoce como unidad católica de España el principio legislativo que establecía la religión católica como la única de los españoles, con exclusión de cualquier otro culto. El origen de dicha unidad, según sus defensores, se hallaba en el año 589, fecha del III Concilio de Toledo, en el que el rey visigodo Recaredo abjuró del arrianismo y se convirtió al catolicismo, religión que pasaría a ser la única oficial del reino. Este principio imperó en la legislación española desde los Reyes Católicos hasta la Constitución de 1869 y, en menor medida (exceptuando los periodos del Sexenio Democrático y la Segunda República), hasta la ley de libertad religiosa de 1967» (Wikipedia).

Política interior de los Reyes Católicos: la unificación territorial (se logra gracias al enlace matrimonial entre Isabel y Fernando) y la unificación religiosa.

«La política religiosa de la reina Isabel de Castilla (1451-1504) y de su esposo Fernando (1452-1516), tanto como rey consorte del reino de Castilla como después rey de Aragón, por fallecimiento de su padre el rey Juan II en 1479, fueron de gran apoyo y ayuda a la Iglesia católica y de colaboración con la Santa Sede en la defensa de la religión católica, que será el Alma de la unidad de España, y de los territorios de los Estados Pontificios. De ahí, su merecido nombre de Reyes Católicos» (José Barros Guede, La política religiosa de los Reyes Católicos, Ecclesia, octubre 2012).

Cada nación ha tenido su propia historia, y un conjunto muy complejo de factores de diversa índole han contribuido a forjar la propia identidad nacional. Durante ocho siglos vivió España el singular proceso de la Reconquista, que no tuvo paralelo en ninguna otra nación europea, si se exceptúa Portugal. Aquel arduo empeño de siglos fue lo que reunió en torno a la fe en Cristo a los pueblos de la península, racial y culturalmente muy diversos, transcendiendo sus luchas e intereses particulares encontrados. Y toda la historia posterior de España, durante muchos siglos, ha estado marcada precisamente por aquella fe que, como ningún otro factor, forjó la unidad nacional e inspiró sus empresas colectivas.

El catolicismo fue la religión oficial de España desde el siglo XV hasta 1931 y, posteriormente, entre 1939 y 1978 (cfr. Wikipedia).

«Dios es lo primero y principal, y la unidad católica la primera ley fundamental de la sociedad española […]

»La unidad católica es la primera ley fundamental de la sociedad española, y contra ella o no informada por ella, no hay ley que obligue, ni derecho que prevalezca, ni autoridad legítima, ni enseñanza lícita, ni doctrina libre, ni obra permitida; porque ella es en nuestra constitución secular raíz, base, norma y guía de toda autoridad y de todo derecho, y código supremo de toda acción y de toda doctrina» (Wikipedia, «Manifiesto de Burgos», publicado en 1888 por Ramón Nocedal y otros directores de la prensa integrista).

«Esta unidad se la dio a España el Cristianismo. La Iglesia nos creó y educó a sus pechos, con sus mártires y confesores, con sus Padres, con el régimen admirable de sus Concilios. Por ella fuimos nación y gran nación, en vez de muchedumbre de gentes colecticias, nacidas para presa de la tenaz porfía de cualquier codicioso… España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…; esta es nuestra grandeza y nuestra unidad y no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos o de los vectones o de los reyes de taifas» (Wikipedia, Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles. Epílogo).

«La unidad católica de España es una realidad histórica, sociológica y política que no expresa ni es un concepto puramente cuantitativo, estadístico, relacionado con la población numérica de la nación española. Aunque la población española sea confesionalmente católica en un 99 por 100, este factor demográfico no es el elemento más importante en la formación y mantenimiento de esta realidad milenaria actual de la unidad católica de España. Hay otro factor cualitativo mucho más vigoroso y vital en la unidad católica española; un factor que caracteriza el espíritu y la historia de España como nación y como pueblo; un factor de una virtualidad unificadora mucho más profunda que la homogeneidad de su paisaje demográfico, y es este: la unidad de su fe católica, apostólica y romana que se transparenta e informa nuestra conciencia nacional, nuestra mentalidad de la psicología colectiva, nuestras instituciones, nuestras artes, tradiciones, costumbres, folklore, estilo de vida, todas las fuerzas vivas y vitales del espíritu de un pueblo. Así es, guste o no guste, el rostro y el alma de España» (Wikipedia, Pedro Cantero Cuadrado, arzobispo de Zaragoza, 1963).

«Es, de consiguiente, el Catolicismo, un elemento intrínseco y esencial en la constitución real y legal de la sociedad española; es el fundamento más hondo de nuestra nacionalidad y el eje sobre el que gira nuestra legislación y toda nuestra vida social» (Wikipedia, Torras y Bages, obispo español y escritor, Carta Pastoral «Dios y el César», publicada en 1913).

El resto de lo escrito en mi artículo Aportaciones de la Iglesia católica a la cultura occidental, escrito está.