El aspecto más dramático de nuestros días no consiste precisamente en que el hombre no conoce el verdadero significado de su existencia, sino que el hombre es incapaz de proponerse a sí mismo dicho significado.

El hombre, por su inteligencia, su voluntad y su libertad, puede dar un sentido a su vida, lo que en muchos casos se conoce como dar un sentido a la existencia. Encuentra un por qué y luego un para qué en la vida. Pero ahora, las cosas han cambiado.

Son muchos los factores que impiden al hombre fijar lo que es el sentido de su existencia y ser fiel a dicho sentido. La droga, el sexo, el alcohol, cuando no la posesión de innumerables bienes materiales o la posesión de la tecnología de punta aparecen cada vez más en nuestra sociedad como los sucedáneos del sentido de la existencia. Es penoso asistir al espectáculo de hombres y mujeres que, en edad de la adultez madura, en torno a los cuarenta años, se comportan como adolescentes al ensayar constantemente nuevas fórmulas para encontrar el sentido en la vida. Pasan así los mejores años de su existencia no viviendo, sino dejándose vivir por la búsqueda irrefrenable de todo aquello que les proponen sus sentidos, sus emociones y sus instintos. No saben diferenciar entre el sentir y el consentir y así disminuyen su capacidad intelectiva de conocer la verdad de las cosas, su capacidad de querer lo mejor y su capacidad de elegir lo mejor. Por eso decimos que no viven, sino simplemente existen, porque no tienen pensamiento, voluntad y libertad propia, sino que la han sometido, muchas veces sin darse cuenta, a los sucedáneos ya mencionados.

Una forma de existir y no vivir del hombre actual se debe al hecho de la información. El hombre de hoy, desde el niño hasta el anciano, viene literalmente bombardeado de información sobre lo que tiene que ser, lo que debe de poseer, qué debe vestir, qué escuela debe frecuentar, las amistades de las que debe rodearse, qué es lo que debe comer, beber, los lugares donde tendrá que ir de vacaciones. La información, cantidad infinitamente enorme, y la velocidad de la misma, cantidad infinitamente pequeña, obligan al hombre a buscar en cualquier parte aquello que le viene impuesto como un sentido para definir su existencia. Si antes Descartes decía, cogito ergo sum, es decir «pienso luego existo», ahora el hombre moderno tendría que decir me informo, luego existo.

El problema del hombre moderno está en la calidad y en la cantidad de la información sobre la que apoya su ser.

En el hombre actual, el hombre líquido, las relaciones se establecen en base a lo que es más satisfactorio a los sentidos externos, a una mera percepción sensible. El hombre reduce su capacidad de conocer más allá de lo que le presentan los sentidos, limitando su existencia al corto radio de la sensibilidad externa. El sentido de la vida, viene limitado por la sensibilidad. La persona pone a funcionar su mente no para conocer el sentido último que una sensación le propone, sino para buscar los medios para satisfacer plenamente dicha sensación, sabiendo que podrá dejarla en el momento en que no perciba satisfacción alguna. Su voluntad se mueve solo para satisfacer un placer, un sentido o un afecto pasajero. La vida de relación se reduce a meras conexiones.

El hombre de nuestra época busca solo vivir el instante, sin un proyecto definido a largo plazo. Su horizonte temporal abarca solo aquello que puede abarcar el tiempo que una relación o un objeto sea placentero y pueda producirle una satisfacción instantánea. «Nuestro (hombre) contemporáneo se caracteriza principalmente por el celo que tiene por la propia independencia y la responsabilidad a vivir solo para él. Olvida toda relación con la trascendencia y se ha vuelto alérgico todo pensamiento especulativo y se limita simplemente al momento histórico, a lo más temporal, haciéndose la ilusión de que solo es verdadero aquello que es fruto de la comprobación científica. Habiendo perdido la relación con el trascendente y rechazada toda contemplación espiritual, se ha precipitado en un tipo de empirismo pragmático que lo lleva a apreciar solo los hechos y no las ideas. Sin ninguna resistencia cambia rápidamente su modo de pensar y de vivir, convirtiéndose así en un sujeto progresivamente más inestable, siempre listo a experimentar; deseoso de interactuar en cualquier tipo de juego de la vida, especialmente si lo lleva a aquel narcisismo exasperado que lo engaña sobre la esencia de la vida» (Rino Fisichella, La Nuova evangelizzazione, Una sfida per uscire dall’indifferenza, Arnoldo Mondadori Editore, Milano 2011, p. 30. Traducción libre del autor).

El hombre por tanto no vive más, sino que es vivido. Su capacidad de pensar, querer y decidir se ven reducidas al espacio temporal de aquello que le puede producir un placer inmediato o aquello que le puede proporcionar una identidad momentánea. Hecho para actividades también espirituales, las desdeña como algo pasado de moda o que no pueden producirle un sentido permanente a su existencia. Se conforma con «irla pasando», buscando aquí y allá el sentido de la existencia. La mente se enfoca en lo temporal, la voluntad se enfrasca en lo más primario y la libertad queda reducida a la elección de aquellos medios que satisfacen una idea, producto de un pensamiento superfluo y pasajero. El hombre se convierte por tanto en un ser no vivo que sufre las consecuencias de los elementos externos a él, sin capacidad alguna para modificarlos, o a lo sumo en un ser viviente, como una planta o un animal, porque renuncia a su capacidad de manejar los elementos externos o aquellos elementos internos que lo impelen a hacer cosas que muchas veces van en contra de su misma naturaleza humana.