En una sociedad en donde no se reconoce ninguno de los principios morales fijos, en donde se enseña que todo es relativo y subjetivo y que nada debe considerarse sagrado ni merece un respeto absoluto, no es de extrañar que muchos terminen, de hecho, por no respetar nada en absoluto, por no respetar ni lo personal ni lo social, ni propiedad, ni ley, ni libertad, ni vida.

Los historiadores del mañana se sorprenderán, sin duda, del desprecio hacia la vida humana que se evidencia en nuestra época. Se lucha contra la vida en todos sus estadios.

El quinto mandamiento prohíbe, como gravemente contrarios a la ley moral: el homicidio directo y voluntario y la cooperación al mismo; el aborto directo, querido como fin o como medio, así como la cooperación al mismo, bajo pena de excomunión, porque el ser humano, desde el instante de su concepción, ha de ser respetado y protegido de modo absoluto en su integridad; la eutanasia directa, que consiste en poner término, con una acción o una omisión de lo necesario, a la vida de las personas discapacitadas, gravemente enfermas o próximas a la muerte; el suicidio y la cooperación voluntaria al mismo, en cuanto es una ofensa grave al justo amor de Dios, de sí mismo y del prójimo, por lo que se refiere a la responsabilidad, esta puede quedar agravada en razón del escándalo o atenuada por particulares trastornos psíquicos o graves temores.

Se prefiere, por ejemplo, recurrir al aborto antes que a la promoción de un recto uso de la sexualidad; se prefiere recurrir a la eutanasia antes que a un interés eficaz por los ancianos y los marginados; se prefiere recurrir a grandes campañas contra la natalidad en el tercer mundo antes que a planes eficaces de desarrollo y colaboración económica; se prefiere el uso de la guerra y el terrorismo al diálogo y la confrontación democrática, y en general, la vida humana viene supeditada a otros intereses que tienen mucho menos valor.

La encíclica Evangelium vitae, en su número 52, nos dice que “nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo”.

El precepto moral del “no matarás” tiene un sentido negativo inmediato: indica el límite, que nunca puede ser transgredido por nadie, dado el carácter inviolable del derecho a la vida, bien primero de toda persona. Pero tiene también un sentido positivo implícito: expresa la actitud de verdadero respeto a la vida, ayudando a promoverla y haciendo que progrese por el camino de aquel amor que la acoge y debe acompañarla.

Juan Pablo II, en Denver, el 14 de agosto de 1993 dijo a los jóvenes: “Con el tiempo, las amenazas contra la vida no disminuyen; al contrario, adquieren dimensiones enormes. No se trata solo de amenazas procedentes del exterior, de las fuerzas de la naturaleza o de los Caínes que asesinan a los Abeles; no, se trata de amenazas programadas de manera científica y sistemática. El siglo XX será considerado una época de ataques masivos contra la vida, una serie interminable de guerras y una destrucción permanente de vidas humanas inocentes. Los falsos profetas y los falsos maestros han logrado el mayor éxito posible”.

El escritor americano Louis Begley ha denominado al siglo XX como “réquiem satánico”. Es un infierno de asesinatos y homicidios, de masacres y crímenes violentos, un compendio de atrocidades. En el siglo XX se ha matado a más hombres que nunca. A este siglo le corresponden el holocausto y la bomba atómica.

No puede ser de otro modo. Si no se acepta el carácter sagrado de la vida y no se la respeta en todas sus manifestaciones, entonces la sociedad —o la cultura dominante— se erige en juez supremo y dictamina qué tipo de vida merece la pena ser respetada.

Todo atentado contra la vida del hombre es también un atentado contra la razón, contra la justicia y constituye una grave ofensa a Dios.

El que levanta la mano contra la vida humana ataca la propiedad de Dios.

La raíz última del odio y de todos los ataques contra la vida humana es la pérdida de Dios. Cuando Dios desaparece, desaparece también la dignidad absoluta de la vida humana.

La vida humana, don precioso de Dios, es sagrada e inviolable. “La vida humana es sagrada porque desde su inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Solo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término” (Evangelium vitae, 53).

Desde el momento de la fecundación hay vida humana, y por tanto dignidad personal. Es una vida humana que se va desarrollando, va experimentando cambios morfológicos importantes, pero es siempre el mismo proceso continuo que va desde el principio de la vida con la fecundación hasta la muerte.

En consecuencia, “el ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción y, por eso, a partir de ese mismo momento se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida” (Evangelium vitae, 60).

La vida de todo ser humano debe ser respetada por lo que es, no en virtud de una mera concesión social, porque todo individuo humano es titular de un derecho objetivo, primario e inalienable a la vida.

El derecho a la vida es el derecho fundamental más básico, ratificado en el artículo tercero de la Declaración de 1948 de la ONU.

El consenso universal sobre la inviolabilidad de la vida humana inocente es una de las características más profundas de la conciencia moral y jurídica del hombre.

La vida humana es un don, es algo precioso que nos es dado, que recibimos gratuitamente de Dios a través de nuestros padres. En el camino de la vida adquirimos la conciencia de ser personas y también sujetos individualizados e irrepetibles. Desde el punto de vista cristiano, estamos hechos a imagen y semejanza de Dios; nuestra vida procede del Ser Supremo y, por la creación, somos verdaderamente sus hijos. Esta filiación es elevada sobrenaturalmente por el sacramento del bautismo, que nos asocia a Jesucristo con una nueva creación y un nuevo amor.