Evidentemente que Dios podía haber hecho la naturaleza con otras leyes físicas. Pero toda naturaleza posible sería imperfecta, pues el único ser Omniperfecto es Dios. Fuera de Dios todo es imperfecto, limitado, capaz de mejorar. Y Dios ha pensado que, en este mundo, tal como es, con sus imperfecciones, el hombre puede merecer la gloria y salvarse, que es el fin para el cual hemos sido creados.

Es lógico que el hombre no entienda a veces el proceder de Dios. Nos debe bastar saber que Dios es Padre y permite el sufrimiento para nuestro bien. Por eso Dios deja actuar las leyes de la naturaleza y la libertad de los hombres. Para los hombres el sufrir es un mal;

pero no así para Dios, que ha querido redimir al mundo por el sufrimiento. Si el sufrir fuera malo, Cristo no hubiera sufrido ni hubiera hecho sufrir a su madre. Esto no obsta para que nosotros procuremos mitigar el dolor con los medios que Dios pone a nuestro alcance.

El sufrimiento es un tema que ha acompañado al hombre durante toda la historia. A partir del momento en que el hombre, según la página bíblica, comete el primer pecado, el sufrimiento hace su aparición sobre la faz de la tierra (cf. Gn 3, 16-19). Desde este momento la naturaleza humana es una naturaleza doliente.

El sufrimiento es «un tema universal que acompaña al hombre a lo largo y ancho de la geografía. En cierto sentido coexiste con él en el mundo y por ello hay que volver sobre él constantemente» (san Juan Pablo II, carta apostólica  Salvifici doloris, 2), porque es «particularmente esencial a la naturaleza del hombre» (Ibidem).

El sufrimiento se encuentra presente por doquier. Se muestra bajo forma de dolor físico, psíquico o moral. «El terreno del sufrimiento humano es mucho más vasto, mucho más variado y pluridimensional» (Salvifici doloris, 5). El sufrimiento moral que roe el alma es, a veces, mucho más insidioso. «La extensión y la multiformidad del sufrimiento moral no son ciertamente menores que las del físico» (Ibidem).

                 

El sufrimiento toca a las personas ancianas, a los adultos, a los jóvenes, a los adolescentes, a los niños.

¿Por qué sufrir?, ¿cuál es su sentido?

Algunos sostienen que es imposible dar un sentido al sufrimiento, que este puede ser solo vivido o, a lo sumo, domesticado. Pero si el sufrimiento no tiene significado ni sentido, entonces puede llegar a ser insoportable. «El único modo de soportar la vida —dijo Harvey Cushing, un gran cirujano del cerebro—, es siempre tener un fin por el que vivir».

«En su actividad mesiánica en medio de Israel, Cristo se acercó incesantemente al mundo del sufrimiento humano. “Pasó haciendo bien” (Hch 10, 38) y este obrar suyo se dirigía, ante todo, a los enfermos y a quienes esperaban ayuda» (Salvifici doloris, 16).

Solo Cristo nos revela en plenitud este camino del amor. Nos dice que el hombre no puede vivir sin amor. El amor revela el sentido de la vida. Y el amor no es sino el encuentro con otra persona en el don total de uno mismo. El amor es donación, donación de la persona, una donación gratuita e incondicional. Cristo ha revelado la grandeza del amor sobre la cruz.

El cristianismo ha descubierto el valor de sufrir por amor a Dios. No existe cristianismo sin renuncia, sin mortificación, sin imitación a Cristo «que padeció por nosotros dándonos ejemplo» (1 Pe 2, 21).

Si podemos decir que el sufrimiento es ocasión de grandeza personal es porque Cristo sufrió. Sería verdaderamente absurdo el dolor humano, quedaría en simple fastidio del individuo —como en los irracionales—, si Cristo, Dios y hombre perfecto, no hubiera padecido dolor. Pero Nuestro Señor sufrió todos los dolores, sin perder su perfección y así, siendo Dios, dignificó máximamente el dolor. Además, se hizo de su actitud ante el dolor criterio, poniéndose de ejemplo y animándonos a seguirle por el camino del dolor. El sufrimiento, entonces, no solo no es un absurdo para el cristiano, sino que es por Cristo una condición insustituible para la plenitud humana.

                                      

Por eso a la pregunta a Dios, como Creador y Señor del mundo, por el significado del sufrimiento, la respuesta de Cristo es algo más que «una mera respuesta abstracta. Esta es, en efecto, ante todo una llamada. Es una vocación. Cristo no explica abstractamente las razones del sufrimiento, sino que ante todo dice: “Sígueme”, “Ven”, toma parte con tu sufrimiento en esta obra de salvación del mundo, que se realiza a través de mi sufrimiento. Por medio de mi cruz» (Salvifici doloris, 26).

Cualquier dolor humano tiene vocación redentora, puede contribuir a la construcción de la realidad más grandiosa que podemos soñar: la Redención del mundo.

Si el sufrimiento humano puede ser sufrimiento de Cristo es porque «Él mismo está presente en quien sufre, porque su sufrimiento salvífico se ha abierto de una vez para siempre a todo sufrimiento humano. Y todos los que sufren han sido llamados de una vez para siempre a ser partícipes “de los sufrimientos de Cristo” (1 Pe 4, 13). Así como todos son llamados a “completar” con el propio sufrimiento “lo que falta a los padecimientos de Cristo” (Col 1, 24). Cristo al mismo tiempo ha enseñado al hombre a hacer bien con el sufrimiento y a hacer bien a quien sufre. Bajo este doble aspecto ha manifestado cabalmente el sentido del sufrimiento» (Salvifici doloris, 30).

Algunos dicen: «bastantes sufrimientos tiene la vida, ¿para qué buscar más?». Por tres razones:

a) Porque sufriendo por Dios le mostramos nuestro amor, como Él nos lo mostró muriendo por nosotros en la cruz.

b) Porque sufriendo por Dios aumentamos nuestros merecimientos para el cielo.

c) Porque sufriendo, uniéndonos a la Pasión de Cristo, colaboramos a la Redención de la Humanidad. Dios quiere que colaboremos a la Redención de la Humanidad. Es doctrina de san Pablo (Col 1, 24).