Jesús no desconoce la realidad del pecado en la adúltera, en la samaritana, en María Magdalena. Pero sabe que ellas pueden alcanzar la redención de sus faltas, porque pueden amar mucho. Jesús trata a la mujer como mujer. Ni privilegia su trato ni lo rechaza. Ve en ella un reflejo espléndido del amor del Padre, una creatura llamada a la alta vocación de madre, de esposa, de hija. Cristo lega a todos los hombres un magnífico ejemplo del trato que merece la mujer; su finura, su respeto, su delicadeza, su miramiento, su amor puro y desinteresado son un modelo perfecto del comportamiento que el hombre debe adoptar con la mujer.

En la Iglesia las funciones no dan lugar a la superioridad de los unos sobre los otros. De hecho, una mujer, María, es más importante que los obispos.

Dar a la mujer el lugar que Dios quiere para ella tanto en la familia y en la comunidad, como en la estructura y vida de la Iglesia.

«El genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social; por ello, se ha de garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral y en los diversos lugares donde se toman las decisiones importantes, tanto en la Iglesia como en las estructuras sociales» (Papa Francisco, exhortación Evangelii gaudium, 103).

Una simple aclaración que, el profesor Ignasi Saranyana, nos dice en qué se distingue la teología feminista de la teología de la mujer:

La teología de la mujer se construye «desde arriba», considera a la mujer desde la Revelación. Atiende ante todo a la gran tradición de la Iglesia.

La teología feminista, en cambio, va «desde abajo». No hace a un lado la Revelación, pero la considera como un lugar teológico secundario. Es más bien una sociología religiosa, cuando no un puro análisis psicológico de las vivencias y sentimientos femeninos. No es teología en sentido puro. Con frecuencia, además, tiene carácter reivindicativo y polémico.

La teología feminista parte de un proyecto más amplio que es la «teoría feminista»; ésta surge de la conciencia y de la política y acción social feministas; reconoce una opresión de las mujeres y las alienta a señalar esa opresión y a ponderar sus orígenes.

«… creó pues, Dios al ser humano, a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó» (Gén 1, 27).

«Esta eterna verdad sobre el ser humano, hombre y mujer (verdad que está también impresa de modo inmutable en la experiencia de todos) constituye en nuestros días el misterio que sólo en el Verbo Encarnado encuentra verdadera luz», nos dice la carta apostólica Mulieris dignitatem, de san Juan Pablo II.