Comentario dominical: 11 de febrero de 2018

Sexto domingo del tiempo ordinario

Los relatos evangélicos tienen siempre una gran carga simbólica. Quieren que nos identifiquemos con la situación que narran. En este caso, con el leproso. Todos llevamos dentro algo, mucho o poco, de lo que nos sentimos culpables. Podemos negarnos a admitirlo, escondiendo la cabeza bajo tierra, como el avestruz. O podemos reconocerlo, y acudir humildemente a Jesús, con la certeza de que «si quiere puede limpiarnos». Él tiene el poder y la compasión necesarios para cambiar nuestra vida.

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,40-45)

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.» Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.» La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.» Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

Palabra del Señor

REFLEXIÓN

Marcos termina su primer capítulo programático con la curación de un leproso. Al golpeado por la lepra se le considera como a un muerto viviente (Num. 12,12). Su curación se comparaba a la resurrección de un muerto. Notemos la situación angustiosa de un leproso: tenía que soportar una triple marginación: la física, la social, y la religiosa. Hasta ahí llega la acción de Jesús.  Le cura las tres marginaciones.

  1. Marginación física. En medio de sus tremendos dolores físicos, se le apartaba y cuando pasaba gente, tenía que gritar: !Impuro! ( 1ª lectura). Se le echaba la comida a distancia sin que nadie se acercara a limpiarle las heridas. Poco a poco, la misma enfermedad se le iba comiendo la piel y la carne. Su vida no era vida; era una muerte continuada.
  2. Marginación social. Mientras el sacerdote no le daba el certificado de que estaba curado, tenía totalmente prohibida la incorporación a la vida social. No podía tener relación con nadie. Si lo propio del ser humano es la relación, la comunicación, el aislamiento social hacía más cruel la enfermedad.
  3. Marginación religiosa. Todavía ésta era la más honda, la más sentida. Como se creía que la enfermedad era consecuencia del pecado, el enfermo se creía también lejos de Dios. Ni siquiera podía extender a Dios sus brazos abrasados por la enfermedad. Ni siquiera podía gritar a Dios desde lo profundo del corazón.

QUÉ HACE JESUS Y QUE PODEMOS HACER NOSOTROS CON LOS ENFERMOS.

Le cura las tres marginaciones.

  1. Le cura la enfermedad física porque Jesús no puede ver sufrir a la gente. El dolor nos deshumaniza y el Señor quiere que le pongamos remedio a través de medicinas y, cuando fuera necesario, con cuidados paliativos.
  2. Le manda ir al sacerdote para que así pueda incorporarse a la vida social, pueda llevar una vida como los demás. Es cierto que nosotros no podemos quitar las enfermedades del cuerpo. Para eso están los médicos. Pero sí podemos quitar la enfermedad de la “soledad”. En nuestras Residencias hay muchos ancianitos que tienen cubiertas sus necesidades físicas: no les falta comida, ni calefacción, ni medicinas. Pero se quejan de la “soledad”. Muchos se sienten abandonados de sus amigos y familiares.
  3. Y, sobre todo, Jesús libera a aquel leproso de la marginación más espantosa y radical: la de creerse que la enfermedad es castigo de algún pecado que ha cometido. Aquí Jesús hace un despliegue de publicidad: siente lástima, extiende su mano, le toca. Jesús no sólo le cura con la palabra, con la mirada, con el corazón compasivo, sino también con el “tacto” algo que estaba prohibido por la ley. Al sentirse tocado por Jesús percibe la inmensa ternura y cercanía de Dios, que es lo que más estaba necesitando. También nosotros podemos curar a la gente de la tentación de creerse lejos de Dios. Dios siempre está cerca, pero mucho más de aquellos que sufren. Un beso, un abrazo, una caricia a un hermano nuestro que sufre, puede hacerle mucho bien. Sólo a través de nuestro cariño puede llegar a comprender que Dios le sigue queriendo.

PREGUNTAS

1.- ¿Siento en carne viva los sufrimientos de mis hermanos?

2.- ¿Me gusta acompañar a mis hermanos en su amarga soledad? ¿Cuánto tiempo dedico a esta bonita tarea?

3.- ¿He desterrado para siempre la idea de considerar el sufrimiento como un castigo de Dios?

ORACIÓN

Este evangelio, en verso, suena así:

(José Javier Pérez Benedí)

La Ley mandaba al “leproso”

vivir fuera del poblado,

gritando: !Impuro!, vagando

harapiento y despeinado.

Sus paisanos lo trataban

con absoluto “rechazo”.

Creían que era la lepra

“castigo” de sus pecados.

A Jesús le repugnaba

que, en el nombre del Dios Santo

los sacerdotes dejaran

al leproso “en descampado”.

Por eso, sintiendo “lástima”,

Jesús “extendió su mano”.

Tocó al leproso y le dijo:

“quiero, queda limpio y sano”

Para nuestro Padre Dios

no existen “buenos ni malos”.

Somos sus “hijos” queridos

y todos somos “hermanos”.

Jesús quiere que tengamos

un corazón “solidario”,

pues sigue habiendo leprosos

y viven a nuestro lado.

Señor, que seamos casa,

mirada, palabra, abrazo,

mesa de pan y de vino

para todos “marginados”.

 

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Autor: Raúl Romero