La religión católica ha sido, a lo largo de la historia, el alma del ser de España, tanto en su formación como en su unidad política. Ha sido la fuente «de nuestras glorias literarias y artísticas, la archivadora de nuestros documentos, la fundadora de nuestras escuelas y universidades, el artífice de nuestros monumentos» (José Barros Guede, «La religión católica en España», Ecclesia, noviembre 2013), la promotora del idioma castellano y de la cultura española en Hispanoamérica y la colaboradora del actual Estado constitucional.

Las aportaciones de la Iglesia católica a lo largo de la historia al arte, la música, la arquitectura, la ciencia, el derecho y la economía son innegables. El historiador Thomas E. Woods, en su libro Cómo la Iglesia católica construyó la civilización occidental, profundiza en el legado del cristianismo, hoy a menudo desconocido o negado.

                  

                 

Siguiendo la historia de la Iglesia católica, Woods demuestra en capítulos monográficos las contribuciones que ha hecho a la cultura occidental: la labor civilizadora de los monasterios en la Edad Media, el nacimiento de las universidades, las maravillas del arte de las catedrales, el desarrollo de la ciencia experimental desde finales de la Edad Media, los orígenes del derecho internacional, los precedentes de la economía moderna en la Escuela de Salamanca, el desarrollo de las obras de beneficencia cuando nadie se preocupaba por los más pobres, la progresiva erradicación de muchas conductas inhumanas… En conjunto, se ve cómo la fe ha sido una fuente inspiradora de iniciativas y energías para hacer el bien.

“Naturalmente que la civilización occidental —dice Thomas E. Woods— no tiene su origen solo en el catolicismo; no puede negarse la importancia de Grecia y de Roma o de las distintas tribus germánicas que heredaron el Imperio romano de Occidente, como influencias de notable peso fundacional en nuestra civilización. Sin embargo, lejos de repudiar estas tradiciones, la Iglesia las ha asimilado y ha aprendido lo mejor de todas ellas. Sorprende así que la sustantiva y esencial aportación católica haya pasado relativamente inadvertida en la cultura popular”.

U.P. de Salamanca

En nuestra opinión, ni las universidades, ni la preservación del acervo greco-latino, ni las enseñanzas académicas, ni el impulso y la contribución científica han sido lo más decisivo que ha aportado el cristianismo a la cultura occidental. De hecho, hay que remontarse a los primeros siglos de nuestra era, a la epístola neotestamentaria de san Pablo a los gálatas, para entender y sopesar la valía de la novedad que Cristo aportó al mundo en temas específicos como los derechos humanos, el derecho internacional, la educación y la caridad.

El Iluminismo triunfante desde el siglo XVIII ha catalogado a esta fase de la historia de más de diez siglos de duración con el epíteto de “Media”, para significar que es una etapa que no tiene más razón de ser que una fase intermedia entre la Antigüedad grecolatina y la Modernidad “triunfante”. Sin la Edad Media, no se hubiera podido gestar el Renacimiento.

Esta etapa que los círculos académicos y los medios de comunicación social catalogan de “años de oscuridad” u “oscurantismo” no fue la era de retroceso que nos quieren pintar y que nos han pintado durante tanto tiempo.

Ha sido el cristianismo quien ha cimentado la cultura occidental y quien ha posibilitado su desarrollo. Las leyendas negras que gustan centrar su atención, sin argumentación histórica competente, en periodos o hechos puntuales como la Edad Media o la Inquisición, suelen cerrar los ojos a toda esa herencia que hoy tenemos. Se goza del fruto y se olvida la raíz.

Cada vez es más fácil atacar al cristianismo con sofismas fáciles como que impide el progreso. Paradójicamente, es precisamente el progreso auténtico lo que han posibilitado los cristianos y el cristianismo.

Desde hace unos 60 años ha habido historiadores serios (y no mayoritariamente católicos) que se han ido abriendo paso para ver la realidad tal como ha sido, no como se ha pintado desde el Iluminismo o Ilustración.

Según el historiador Lowrie Daly, la Iglesia “era la única institución en Europa que mostraba un interés consistente en la preservación y cultivo del conocimiento”.

Cuanto más se estudia el pensamiento europeo, más claramente se advierte que es suicida prescindir del pensamiento cristiano.

Si los niños y los jóvenes desconocen la religión cristiana y su historia, no podrán adentrarse en el maravilloso mundo de las artes plásticas, la arquitectura, la música, la literatura, la Historia, las ciencias sociales, la filosofía, incluso las ciencias fisicomatemáticas, bien entendidas. Esta penosa exclusión del mundo cultural supone una regresión calamitosa. A ella se debe, en no pequeña medida, la llamada “catástrofe antropológica” que muy lúcidos pensadores están delatando en la actualidad.