Espíritu Santo

Este escrito consta, además de unas cuantas ideas nuestras, de dos partes: primera y segunda. La primera parte está tomada íntegramente del libro AAVV., Diccionario de teología, Eunsa, 1ª edic., 2006 y, la segunda, está también tomada íntegramente del artículo de Roni Aledo, «La Tradición en la Iglesia»

(Primera parte)

La realidad significada por el término «Tradición» (Traditio, Parádosis) se halla presente en los mismos orígenes cristianos. La autocomunicación de Dios en Cristo (la Revelación) es esencialmente transmitida, entregada por Dios a la Iglesia. Es importante comprender, ante todo, la conexión de la Tradición con la misma persona de Jesucristo.

Jesucristo

La idea de entrega aparece con toda su fuerza ya en los Evangelios, que presentan a Cristo «entregado» por nosotros. Más tarde, por diversos factores, la Tradición entendida como Revelación o Evangelio transmitido fue derivando a ser entendida como la otra instancia que debía acompañar a la Escritura, y esta relación —Escritura-Tradición— marcó el tratamiento teológico de la Tradición.

El «principio Tradición» preside, por lo demás, la historia del cristianismo desde la formación de los escritos del Nuevo Testamento hasta el desarrollo que tiene lugar en la Iglesia. La misma composición de los libros del Nuevo Testamento constituye una «historia de la Tradición» que supone que a la redacción de los Evangelios le ha precedido una tradición oral. La consecuencia es que la Escritura y la Tradición están interiormente unidas y relacionadas por la realidad de la Iglesia, que las envuelve a ambas. La vida y enseñanza de Jesús fue anunciada por los testigos elegidos (los Apóstoles). Esa predicación fue recibida y vivida en las diversas comunidades y, finalmente, los hagiógrafos, asistidos por la inspiración del Espíritu Santo, pusieron por escrito esas tradiciones.

En el Vaticano II, Dei Verbum (DV), 8, ofrece, por primera vez en la historia del Magisterio Supremo, una descripción de la Tradición. Por Tradición se entiende aquí el contenido de la Tradición apostólica; más en concreto, el contenido de la Tradición apostólica llamada oral para distinguirla de la Tradición escrita, es decir, de la Tradición viva objetivada en los escritos del Nuevo Testamento.

El Catecismo habla en primer lugar de la Tradición apostólica («la gran Tradición», n. 83), como el contenido original que ha de ser transmitido de diversas formas. Lo primero es la predicación de los Apóstoles, que se transmite después oralmente y por escrito (n. 76). Esta predicación se continúa por medio de la sucesión apostólica. Una precisión interesante del Catecismo es aquella que se refiere a la Tradición apostólica «que es la que viene de los Apóstoles y transmite lo que estos recibieron de las enseñanzas y del ejemplo de Jesús y lo que aprendieron por el Espíritu Santo…» (n. 83). La Tradición apostólica precede al Nuevo Testamento.

La acción del Espíritu Santo debe ser integrada en el mismo acontecimiento revelador de Cristo, y no reservarla para el momento de la transmisión de la Revelación, es decir para la inspiración de la Escritura, el progreso de la Tradición y la autoridad del Magisterio.

La Tradición se identifica con la realidad misma de la Iglesia, que se entrega a todas las generaciones. Las palabras de Dei Verbum son netas: «La Iglesia en su doctrina, su vida y su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree» (DV, 8). Tradición en sentido activo, en cuanto la Iglesia es el sujeto de la Tradición, y en ella se transmite lo recibido a través de la enseñanza, de la liturgia y de la vida; y Tradición en sentido pasivo, que se refiere al contenido de la fe y al ser mismo de la Iglesia. La Iglesia es, como consecuencia, al mismo tiempo transmisora y contenido de la Tradición; o expresado con otras palabras, la Tradición existe en la Iglesia, y la Iglesia se entrega en la Tradición. En ambos casos, la relación de la Tradición con la Iglesia depende esencialmente de Cristo que está en el origen de la Iglesia y de la Tradición.

Conc. Vaticano II

El Vaticano II recoge en su enseñanza algunos de los modos como tiene lugar el progreso de la Tradición. Progreso de la Tradición significa que la Iglesia «va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón, ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad». Que la Tradición progresa por el estudio de los creyentes, o por el ejercicio del Magisterio pastoral es un principio básico del progreso, de sobra conocido.

La función principal de la Tradición no es la de completar la Escritura, sino la de identificarla, apreciarla, interpretarla y llevarla a la vida. Es la Escritura la que hace que la Tradición se conserve sin corromperse.

El Concilio de Trento enseña que el Evangelio «se contiene en la Escritura y (et) en las tradiciones no escritas» (Denzinger 1501, Freiburg 1991ss., Barcelona 1999).

La íntima relación entre Escritura y Tradición se manifiesta en dos principios: a) La Escritura necesita complementarse con la Tradición para su recta inteligencia; es decir, la lectura e interpretación de la Escritura debe hacerse en la comunidad de fe de la Iglesia. «La Iglesia, afirma el Vaticano II, no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado» (DV, 9). b) La Escritura tiene una importancia singular en el proceso de la Tradición por ser «palabra de Dios en cuanto que, por inspiración del Espíritu Santo, se consignó por escrito». La Tradición transmite, conserva y explica la palabra de Dios.

La Tradición es la que permite acceder al verdadero contenido de la Escritura, y solo ella es capaz de ver la unidad de que está dotada.

El sujeto último de la Tradición es el propio Espíritu Santo que forma el «nosotros de la fe y está en el origen de la transmisión del misterio de Cristo tanto a través de la Escritura como de la reflexión creyente y de la vida de la Iglesia».

«La Tradición recibe la palabra de Dios, encomendada por Cristo y el Espíritu Santo a los Apóstoles, y la transmite íntegra a los sucesores; para que ellos, iluminados por el Espíritu de la verdad, la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su predicación» (const.  dogm. Dei Verbum, DV, 9, 1965).

De la Tradición apostólica se distinguen «las tradiciones teológicas, disciplinares, litúrgicas o devociones nacidas en el trascurso del tiempo en las Iglesias locales. Estas constituyen formas particulares en las que la gran Tradición recibe expresiones adaptadas a los diversos lugares y a las diversas épocas. Solo a la luz de la gran Tradición aquellas pueden ser mantenidas, modificadas o también abandonadas bajo la guía del Magisterio de la Iglesia» (Catecismo, n. 83).

La Tradición fue inicialmente predicación, transmisión a través de la palabra, ejemplos e instituciones (DV, 7) de lo que los Apóstoles «habían recibido por la palabra, por la convivencia y por las obras de Cristo, o habían aprendido por la inspiración del Espíritu Santo, como por aquellos Apóstoles y varones apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu, escribieron el mensaje de la salvación» (DV, 7). El acceso teológico a la Tradición hoy, sin embargo, no tiene lugar en la condición de mero oyente de tradiciones transmitidas oralmente, sino que es preciso apoyarse en los documentos en los que la Tradición queda reflejada.

Padres y Doctores de la Iglesia

Hoy podemos considerar que los testimonios más importantes de la Tradición son los Santos Padres; los textos litúrgicos y la misma liturgia de la Iglesia; el arte cristiano; los escritos de los Doctores de la Iglesia, de los autores espirituales y de los teólogos de las diversas épocas; el testimonio de la santidad en la vida de los cristianos, así como los diversos carismas suscitados por el Espíritu Santo a lo largo de la historia; el Magisterio de la Iglesia.

Conocemos la autenticidad de un testimonio de la Tradición porque así es creído por el sentido sobrenatural de la fe del pueblo cristiano y enseñado por el Magisterio de la Iglesia.

Bibliografía (1ª parte)

  • JA Alcaín, La tradición, Bilbao 1998.
  • YM Congar, La Tradición y las tradiciones, San Sebastián 1964.
  • Id., La Tradición y la vida de la Iglesia, Andorra 1964.
  • AAVV., Diccionario de teología, Eunsa, 1ª edic., 2006.

Dios quiere que todos los hombres se salven y alcancen la felicidad eterna. Por esta razón nos mandó a su Hijo Jesucristo para que nos enseñara el camino correcto, la «receta» para alcanzar la salvación.

Jesucristo nos enseñó la totalidad de este mensaje, de esta «receta» de Dios, con su vida, obras y palabras, y al final les encargó a los Apóstoles que lo transmitieran íntegramente a todos los hombres.

(Segunda parte)

Muchos hablan de la Tradición de la Iglesia sin comprender realmente lo que Tradición significa. Otros están confundidos sobre su verdadero significado y composición. Entonces, ¿qué es la Tradición de la Iglesia? Comprender lo que la Tradición de la Iglesia es o no es constituye un asunto de vital importancia.

Como parte de la Revelación todos sabemos que la Tradición es todo aquello que por vía oral y no por las Sagradas Escrituras forma parte del Depósito de Fe. En este punto no existe complicación. Pero desde el punto de vista teológico definir «Tradición» resulta problemático y muy confuso para muchos.


La Tradición desde el punto de vista teológico

La Tradición de la Iglesia, desde el punto de vista teológico, es una combinación de elementos que se suman para crear un todo inseparable; esto es, la esencia misma de la Iglesia fundada por Cristo. Estos elementos se pueden considerar en dos grupos: los inmutables, que nunca cambian y siempre permanecen idénticos, y aquellos que sí pueden cambiar o son modificables. Es importantísimo entender esta diferencia pues si no se entiende bien se puede caer en gravísimos errores: aquellos que quieren cambiar lo que no se puede cambiar de la Tradición caen en el gravísimo error del modernismo o progresismo, un error condenado por el Magisterio en el Syllabus y en tantos otros documentos oficiales. Aquellos que no entienden que la Tradición igualmente se compone de elementos que pueden cambiar siguen una noción errónea, limitada e incompleta de la Tradición.

Algunos dogmas

Los elementos que no cambian y siempre permanecen idénticos en la Tradición son el dogma y la moral. El dogma y la moral de la Iglesia, lo que tenemos que creer y que hacer o no hacer para salvarnos son inmutables y permanecen idénticos por todos los siglos. Ese dogma y moral son un elemento de la Tradición, pero no son la totalidad de la Tradición. En un gran error están los que confunden el dogma y la moral inmutable como sinónimos o totalidad de la Tradición. Esto no es así, pues dogma y moral no son la totalidad de la Tradición sino solo elementos de esta. Así como París no es la totalidad de Francia sino solo parte de esta. Y si bien es cierto que París es parte esencial y principal de Francia, es también cierto que Francia es más grande que París. Hay otras áreas, ciudades y provincias en Francia además de París. Lo mismo pasa con la Tradición. Dogma y moral inmutables son parte esencial y principal de la Tradición, pero no son la totalidad de la Tradición pues la Tradición abarca más que dogma y moral. La Tradición de la Iglesia contiene más elementos, es más grande que solo dogma y moral inmutables. Decir o creer que la Tradición se compone solo y únicamente de dogma y moral es un gran error y una visión limitada de esta.


Dogma, Moral, Liturgia, Disciplina y Acción Pastoral, elementos de la Tradición

La Tradición no solo se compone del dogma y moral que no pueden cambiar y permanecen idénticos por todos los siglos, pero también se compone de liturgia (1), disciplina, y la acción pastoral del Magisterio. La suma de todos estos elementos: dogma y moral inmutables, liturgia, disciplina, y acción pastoral forman lo que se conoce como Tradición de la Iglesia.

Catecismo de la Iglesia Católica (n. 78): «Esta transmisión viva, llevada a cabo en el Espíritu Santo es llamada la Tradición en cuanto distinta de la Sagrada Escritura, aunque estrechamente ligada a ella. Por ella, “la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree” (const. dogm. Dei Verbum, DV, 8). “Las palabras de los Santos Padres atestiguan la presencia viva de esta Tradición, cuyas riquezas van pasando a la práctica y a la vida de la Iglesia que cree y ora” (DV, 8)».

Así bien, si la Tradición Apostólica es la parte de la Revelación no contenida en la Biblia, en sentido teológico, la Tradición de la Iglesia es una combinación de elementos: inmutables e incambiables algunos, cambiables otros. Los inmutables son el dogma y la moral, y los mutables que se adaptan a los tiempos y circunstancias son la liturgia, la disciplina, y la acción pastoral. Así define la Tradición desde la perspectiva teológica el

Papa Benedicto XVI (26 de abril de 2006):

«Esta permanente actualización de la presencia activa de nuestro Señor Jesucristo en su pueblo, obrada por el Espíritu Santo y expresada en la Iglesia a través del ministerio apostólico y la comunión fraterna, es lo que en sentido teológico se entiende con el término Tradición: no es la simple transmisión material de lo que fue donado al inicio a los Apóstoles, sino la presencia eficaz del Señor Jesús, crucificado y resucitado, que acompaña y guía mediante el Espíritu Santo a la comunidad reunida por él.

»La Tradición es la comunión de los fieles en torno a los legítimos pastores a lo largo de la historia, una comunión que el Espíritu Santo alimenta asegurando el vínculo entre la experiencia de la fe apostólica, vivida en la comunidad originaria de los discípulos, y la experiencia actual de Cristo en su Iglesia… Así pues, concluyendo y resumiendo, podemos decir que la Tradición no es transmisión de cosas o de palabras, una colección de cosas muertas. La Tradición es el río vivo que se remonta a los orígenes, el río vivo en el que los orígenes están siempre presentes».

La Tradición es pues la suma total del dogma y moral inmutables, disciplina, liturgia y actividad pastoral. Y si bien es cierto que el dogma y la moral nunca jamás pueden cambiar y permanecen idénticos por siempre, los otros elementos que completan lo que es la Tradición sí pueden cambiar. Así, por ejemplo, la liturgia puede cambiar de acuerdo con los tiempos y circunstancias como lo demuestra el Concilio de Trento. Este Concilio nos dice que es un derecho del Magisterio de la Iglesia el cambiar o modificar su liturgia cuando esta quiere por las razones que esta quiera.

Así nos lo confirma el Concilio de Trento (Sesión 21):

«En la Iglesia siempre ha existido este poder, que en la administración de los sacramentos… ella puede modificar o cambiar lo que ella considera más apropiado para el beneficio de los que los reciben o con respecto hacia los mismos sacramentos, de acuerdo a circunstancias variables, tiempo o lugares».

Lo que el Concilio de Trento nos decreta respecto a la liturgia, la Enciclopedia Católica de 1907 (Nihil Obstat, Imprimatur) nos lo vuelve a confirmar:

«Estrechamente relacionados con los derechos papales respecto al oficio de enseñar están aquellos acerca del culto divino. Pues es la ley de la oración la que fija la ley de la fe. En este campo es mucho lo que está reservado exclusivamente para ser reglamentado por la Santa Sede. Solo el Papa puede determinar los ritos litúrgicos empleados en la Iglesia. De surgir alguna duda respecto al ceremonial de la liturgia, el obispo local no puede decidir con su sola autoridad; debe recurrir a Roma. De la misma manera, el Papa tiene total autoridad para interpretar, alterar y abrogar sus propias leyes y las que hayan sido establecidas por sus predecesores. Tiene la misma plenitud de poder que ellos, y tiene frente a las leyes que ellos establecieron la misma posición que tiene frente a las promulgadas por él mismo».

De la misma manera en que el Concilio de Trento y la Enciclopedia Católica nos dicen que la liturgia cambia de acuerdo a «circunstancias variables, tiempo y lugares», de esa misma forma la disciplina de la Iglesia cambia igualmente cuando la Iglesia quiere. El Catecismo de Baltimore, 126, de 1891 (Nihil Obstat, Imprimatur), nos recuerda el pleno poder de la Iglesia para cambiar y modificar su disciplina lo mismo que la liturgia:

«Hay dos cosas que debemos entender claramente y en la que no cabe confusión, esto son los dos tipos de leyes en la Iglesia —esas que Cristo nos dio y esas que la Iglesia ha creado ella misma—. Por ejemplo, la Iglesia no puede abolir uno de los sacramentos dejando solo seis; tampoco puede añadir uno, haciendo ocho. Pero, por ejemplo, cuando la Iglesia declara que en cierto día no se puede comer carne, esa es una ley que la Iglesia ha hecho y que puede cambiar cuando quiera. Nuestro Señor permitió que su Iglesia fuese libre de hacer ciertas leyes como fuesen necesarias. La Iglesia siempre ha ejercido este poder y ha hecho leyes que se ajusten a las circunstancias de lugar o época. Aun hoy día la Iglesia se deshace de algunas viejas leyes que ya no son necesarias y hace otras que son más necesarias. Pero las doctrinas, las verdades de Fe y Moral, las cosas que debemos creer y hacer para salvar nuestras almas, nunca podrán ser cambiadas: la Iglesia puede regular algunas cosas en la aplicación de las leyes divinas, pero las leyes en sí mismas nunca podrán cambiarse en su substancia» (Catecismo de Baltimore, Rev. Padre Thomas L. Kinkead, Nihil Obstat: D. J. McMahon, Censor Librorum, Imprimatur: *Michael Augustine Arzobispo de Nueva York, septiembre, 1891).

Así pues, claramente se ve que junto con los elementos que nunca jamás cambian en la Tradición: el dogma y la moral, otros elementos de esa misma Tradición como la liturgia, disciplina y la acción pastoral sí pueden cambiar y de hecho cambian de acuerdo a tiempo y circunstancias.


La Acción Pastoral y el Desarrollo del Dogma

Otro elemento clave en la Tradición desde el punto de vista teológico, es la acción pastoral, es decir, la relación entre los pastores legítimos de la Iglesia y su rebaño. Esta acción pastoral es parte íntegra de la Tradición y se compone a la vez de varios elementos que suman esta relación pastor-rebaño, o lo que es lo mismo, Magisterio de la Iglesia con sus fieles.

Es un elemento importantísimo de la acción pastoral, es la manera en que el pastor, es decir, el Magisterio, explica a los fieles la doctrina incambiable e inmutable. El Magisterio de la Iglesia decide o escoge la manera en que se explica un dogma; cómo se aplica una doctrina incambiable e inmutable a las circunstancias específicas de cada época y lugar. Porque una cosa es el dogma en sí mismo, que es inmutable y permanece idéntico por siempre, y otra cosa diferente es la manera en que se explica este dogma. La manera en que un dogma incambiable o inmutable se explica o desarrolla es parte importante de esa acción Pastoral del Magisterio y, esa manera particular de explicar el dogma inmutable, es algo que igualmente se ajusta o adapta a circunstancias, tiempo y lugar.

San Gregorio Magno

Así nos explica san Gregorio Magno (Ezechielem lib. 2, horn. 4, 12):

«Con el correr del tiempo fue acrecentándose la ciencia de los patriarcas; pues Moisés recibió mayores ilustraciones que Abraham en la ciencia de Dios omnipotente, y los profetas las recibieron mayores que Moisés, y los apóstoles, a su vez, mayores que los profetas».

También el Papa san Juan XXIII (11 octubre de 1962) nos habla de la importantísima distinción entre el contenido o substancia del dogma y la manera de expresar este. La substancia y significado del dogma no cambia nunca jamás, pero la manera en que el Magisterio explica o desarrolla ese dogma puede adaptarse a época y lugar. Una cosa es el dogma en sí mismo y otra la manera de explicar o hacer entender ese dogma. Nos dice el santo que estas son dos cosas diferentes y que no deben confundirse entre sí:

«El supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado en forma cada vez más eficaz… ante todo es necesario que la Iglesia no se aparte del sacro patrimonio de la verdad, recibido de los padres; pero, al mismo tiempo, debe mirar a lo presente, a las nuevas condiciones y formas de vida introducidas en el mundo actual, que han abierto nuevos caminos para el apostolado católico… el Concilio Ecuménico XXI quiere transmitir pura e íntegra, sin atenuaciones ni deformaciones, la doctrina que durante veinte siglos, a pesar de dificultades y de luchas, se ha convertido en patrimonio común de los hombres… Sin embargo, de la adhesión renovada, serena y tranquila, a todas las enseñanzas de la Iglesia, en su integridad y precisión, tal como resplandecen principalmente en las actas conciliares de Trento y del Vaticano I… espera que se dé un paso adelante hacia una penetración doctrinal y una formación de las conciencias que esté en correspondencia más perfecta con la fidelidad a la auténtica doctrina, estudiando esta y exponiéndola a través de las formas de investigación y de las fórmulas literarias del pensamiento moderno. Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del “depositum fidei”, y otra la manera de formular su expresión…».

Lo que el Papa san Juan XXIII explica aquí es que una cosa es la substancia de la doctrina y otra cosa es la manera de formular o expresar esa doctrina. Esa manera de explicar la doctrina o desarrollarla es importantísimo elemento de la acción pastoral del Magisterio de la Iglesia. Según los tiempos y circunstancias, la Iglesia adapta esa manera de expresar el inmutable dogma. Así, el dogma permanece idéntico e incambiable por siempre, pero la manera de explicarlo cambia según la acción pastoral de la Iglesia que explica esos dogmas de manera más eficaz según los tiempos y circunstancias.

Este desarrollo del dogma nunca jamás debe confundirse con la herejía del modernismo. La herejía del modernismo busca cambiar el significado y esencia del dogma y adaptar este a la corriente filosófica de moda. El desarrollo católico del dogma solo desenvuelve la manera de explicar el dogma dejando intacto el significado, esencia y substancia de este. Mientras la herejía del modernismo busca cambiar el sentido y esencia del dogma inmutable, el desarrollo católico del dogma solo hace explícitas verdades contenidas en el dogma de manera implícita.

El desarrollo del dogma de la acción pastoral nunca jamás cambia el significado del dogma, sino solo la manera de explicar este. Así se define en términos teológicos este desarrollo del dogma:

Fundamento del dogma católico: La evolución del dogma en sentido católico. Respecto de la forma del dogma, es decir, del conocimiento y proposición por la Iglesia de las verdades reveladas, y consecuentemente de la pública fe de las mismas, sí que ha habido progreso (evolución accidental del dogma), y semejante progreso tiene lugar de las siguientes maneras: a) Verdades que hasta un momento determinado solamente se creían de forma implícita, se llegan a conocer explícitamente y son propuestas a los fieles para su creencia en ellas; cf. S. th. 2 11 1, 7: «en cuanto a la explicación, creció el número de artículos [de la fe], porque ciertas cosas que por los antiguos no habían sido conocidas explícitamente, vienen a ser conocidas de forma explícita por otros posteriores». b) Los dogmas materiales se convierten en dogmas formales. c) Para más clara inteligencia por parte de todos y para evitar malentendidos y falsas interpretaciones, las verdades antiguas, creídas desde siempre, se proponen por medio de nuevos y bien precisos conceptos. Así ocurrió, por ejemplo, con el concepto de unión hipostática, de transustanciación. d) Cuestiones debatidas hasta un momento determinado son después aclaradas y definidas, condenándose las proposiciones heréticas; cf. San Agustín, De civ. Dei xvi 2, 1: «ab adversario mota quaestio discendi existit occasio» (una cuestión promovida por un adversario se convierte en ocasión de adquirir nuevas enseñanzas).

La evolución del dogma en el sentido indicado va precedida de una labor científica teológica, y prácticamente enseñada por el Magisterio ordinario de la Iglesia con asistencia del Espíritu Santo (Ioh 14, 26). Promueven esta formación, por un lado, el deseo natural que tiene el hombre de ahondar en el conocimiento de la verdad adquirida y, por otro, influencias externas, como son los ataques de los herejes o los infieles, las controversias teológicas, el progreso de las ideas filosóficas y las investigaciones históricas, la liturgia y la universal convicción de creencias que en ella se manifiesta. Los Santos Padres ya pusieron de relieve la necesidad de profundizar en el conocimiento de las verdades reveladas, de disipar las oscuridades y hacer progresar la doctrina de la Revelación. (Dr. Ludwig Ott, Nihil Obstat: Jeremiah J. O’ Sullivan. Imprimatur: + Cornelius, 7 octubre 1954).

También los santos nos dan testimonio de la necesidad de explicar o desarrollar los dogmas de manera más actualizada a los tiempos a la vez que se mantiene en su completa integridad su contenido y substancia. El gran san Vicente de Lerins nos aclara este punto del desarrollo del dogma, punto esencial de la acción pastoral:

«Pero tal vez diga alguno: ¿Luego no habrá en la Iglesia de Cristo progreso alguno de la religión? Ciertamente existe ese progreso y muy gran progreso… Pero tiene que ser verdadero progreso en la fe, no alteración de la misma. Pues es propio del progreso que algo crezca en sí mismo, mientras lo propio de la alteración es transformar una cosa en otra» (Commonitorium 23; cf. Denzinger, Dz, 1800).

Aquí vemos que el desarrollo del dogma es posible en la manera en que la Iglesia los explica y profundiza de acuerdo a la época y circunstancias. La esencia y substancia del dogma se queda idéntico y es inmutable por todos los siglos, pero la manera de explicarlo cambia y se adapta. Eso es parte importante del elemento pastoral de la Tradición.

El Rev. Padre Rafael Faria explica así el desarrollo católico del dogma en 1956:

«Indefectibilidad de la Iglesia consiste que ha conservado y conservará invariable el tesoro que recibió de Cristo, a saber: el Dogma, la Moral, los Sacramentos y a la organización interna. Sin duda que ha habido desenvolvimiento y perfección en el Dogma católico. Pero ese desenvolvimiento consiste, no en que se hayan enseñado verdades nuevas, no contenidas en la Sagrada Escritura o en la Tradición; sino que se han declarado y enseñado en forma perfectamente clara y explícita verdades que estaban allí contenidas en forma general, oscura o imprecisa. Por ejemplo, la Escritura enseña que en Dios hay Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Dogma se fue desenvolviendo hasta que encontró la formula precisa: en Dios hay tres personas en una sola Naturaleza. Y así ha pasado con otras verdades. La infabilidad de la Iglesia consiste en que no podrá errar en asuntos pertinentes a la Fe y a la Moral. La infabilidad es necesaria a la Iglesia porque Dios obligó a todos los hombres bajo pena de condenación a que pertenecieran a ella. «Quien no creyere se condenara» (Marc. 16, 16). Pero si la Iglesia pudiera errar Dios obligaría a los hombres a aceptar el error, lo cual repugna a su sabiduría» (Rev. Padre Dr. Rafael Faria, Santa Fe de Bogotá, 1956, Libro I, Dogma, p.135, Nihil Obstat, Imprimatur.). Así vemos que la Tradición de la Iglesia se compone de elementos que no cambian nunca jamás como el dogma y la moral, y de elementos que sí cambian con los tiempos, como la liturgia, la disciplina y la acción pastoral. Explicar mejor o de manera más desarrollada ese dogma inmutable e incambiable es parte importantísima de la acción pastoral.


El Magisterio de la Iglesia, Guardián Invencible de la Tradición

Según el plan de Cristo, los apóstoles y sus sucesores, es decir, el Magisterio de la Iglesia, han de ser hasta el fin de los tiempos los guardianes invencibles de la Tradición. Fue solo al Magisterio a quien Cristo encargo la misión de guardar la Tradición, definirla y exponerla a los fieles. Solo el Magisterio puede interpretar el depósito de Fe para decirnos lo que Tradición es o no es, y solo el Magisterio tiene la divina promesa de Cristo que este no podrá nunca jamás ser infiel o alejarse de la Tradición.

Es pues importantísimo entender que para comprender lo que la Tradición es de época en época solo podemos escuchar al Magisterio vivo de la Iglesia; esto es, al Papa y a los Obispos en plena comunión con él. Solo este Magisterio vivo puede decirnos, de época

Papa León XIII

en época, lo que la Tradición «es» según los tiempos y las circunstancias. Así nos explica el gran León XIII en su inmortal Satis Cognitum (1896):

«Es, pues, incontestable, después de lo que acabamos de decir, que Jesucristo instituyó en la Iglesia un magisterio vivo, auténtico y además perpetuo, investido de su propia autoridad, revestido del espíritu de verdad, confirmado por milagros, y quiso, y muy severamente lo ordenó, que las enseñanzas doctrinales de ese magisterio fuesen recibidas como las suyas propias. Cuantas veces, por lo tanto, declare la palabra de ese magisterio que tal o cual verdad forma parte del conjunto de la doctrina divinamente revelada, cada cual debe creer con certidumbre que eso es verdad; pues si en cierto modo pudiera ser falso, se seguiría de ello, lo cual es evidentemente absurdo, que Dios mismo sería el autor del error de los hombres. Señor, si estamos en el error, vos mismo nos habéis engañado». También la doctrina de la Iglesia nos repite sin cesar: solo el Magisterio de la Iglesia nos puede definir lo que la Tradición de la Iglesia es de época en época y nadie más: así lo repiten los Santos Padres, el Catecismo y los manuales de teología dogmática una y otra vez.

Papa san Pío X (10 de mayo de 1909): «El primero y el más grande criterio de la fe, la regla suprema e inquebrantable de la ortodoxia es la obediencia al Magisterio siempre vivo e infalible de la Iglesia, establecida por Cristo “la columna y el sostén de la verdad”».

Papa san Pablo VI (carta al arzobispo Lefebvre, octubre 1976): «Este es el asunto esencial… Cristo le ha dado la suprema autoridad de Su Iglesia a Pedro y al Colegio apostólico, esto es al Papa y al colegio de Obispos una cum Capite. Por su naturaleza “el encargo de enseñar y gobernar no puede ser ejercitado excepto en comunión jerárquica con la cabeza del Colegio y con sus miembros” (constitución Lumen gentium, 21; cf. también, 25). A fortiori, un solo obispo sin misión canónica no tiene en actu expedito ad agendum, la facultad de decidir en general lo que es regla de fe o determinar lo que es Tradición».

Catecismo de la Iglesia Católica (n. 85): «El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escritura, ha sido encomendado solo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo (DV, 10), es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma».

Diccionario de teología dogmática: «Según la doctrina católica la Sagrada Escritura y la Tradición no son más que la fuente y la regla remota de la fe, mientras la regla próxima es el Magisterio vivo de la Iglesia, que reside en el Romano Pontífice y en los Obispos en cuanto están sujetos y unidos a él» (Diccionario de teología dogmática, pág. 206, Rev. Padre Pietro Parente, Nihil Obstat, Imprimatur, 1955).

El Papa y los obispos en comunión con él son los únicos intérpretes legítimos e infalibles de las Escrituras y de la Tradición, la única regla de la fe y de la moral.

Solo el Papa y los Obispos en plena comunión con él pueden decirnos lo que la Tradición es o no es. Nadie que no sea este autentico Magisterio vivo de la Iglesia, es decir, el Papa y los obispos en plena comunión con él pueden decirnos lo que la Tradición es o no es en determinado momento histórico.

La exacta definición de los elementos que componen la Tradición de la Iglesia: dogma, moral, liturgia, disciplina, acción pastoral, solo la puede determinar y nos la puede transmitir el Magisterio auténtico de la Iglesia y nadie más. Solo el Papa y los obispos en comunión con él nos pueden decir lo que Tradición es o no es en cada determinada época.

Este Magisterio nunca podrá ser infiel al depósito de la Fe, es decir, que el Magisterio nunca podrá ser infiel a la Tradición. La promesa de Cristo de ayudar y proteger su Iglesia por «todos los días hasta el fin del mundo» nos da la garantía absoluta y rotunda que el Magisterio de la Iglesia nunca será infiel a la Tradición. Así, el Magisterio nunca podrá cambiar lo incambiable de la Tradición, el dogma y la moral, ni dejar de ser fiel a esta.

Esta Tradición, desde el punto de vista teológico, se compone de elementos que no pueden cambiar nunca jamás y siempre permanecen idénticos, el dogma y la moral, pero igualmente de elementos que sí cambian o se adaptan con los tiempos y las circunstancias.

La herejía del modernismo busca romper con el pasado irrompible de la Tradición y cambiar lo que por ser verdad eterna no puede cambiarse. Al intentar cambiar lo incambiable de la Tradición, el dogma que hay que creer para salvarse y la moral que rige los actos igualmente para salvarse, el modernismo atenta contra la base fundamental de la Tradición.

El Papa san Juan Pablo II (1988) nos advierte del gravísimo error teológico del integrismo. No reconocer que la Santa Tradición tiene otros elementos además del dogma y la moral, y que estos elementos (liturgia, acción pastoral, disciplina) pueden y deben cambiar con los tiempos según lo decreta el Concilio de Trento; es el gravísimo error y mal entendimiento de la Tradición que llamamos integrismo. Este integrismo lleva a otros errores como el cisma, la negación de la indefectibilidad e infalibilidad de la Iglesia y una nueva versión del error luterano de la libre interpretación en la que el cismático da su propia interpretación a la Tradición, independientemente y por separado del Papa y el auténtico Magisterio.

Solo el Magisterio auténtico puede llevarnos seguros por el camino de la Santa Tradición. Solo el Magisterio tiene la promesa divina de Cristo de no desviarse nunca jamás del depósito de la Fe y solo al Magisterio auténtico autorizó Cristo a predicar la verdad. La única manera de permanecer firmes en la Fe contra los errores del modernismo y el integrismo es la permanencia en adhesión completa al Magisterio de la Iglesia.

La herejía y el cisma se producen y nacen del hecho de negar al poder supremo la obediencia que le es debida: «La única fuente de donde han surgido las herejías y de donde han nacido los cismas es que no se obedece al Pontífice de Dios ni se quiere reconocer en la Iglesia un solo Pontífice y un solo juez, que ocupa el lugar de Cristo. Nadie, pues, puede tener parte en la autoridad si no está unido a Pedro, pues sería absurdo pretender que un hombre excluido de la Iglesia tuviese autoridad en la Iglesia» (San Cipriano).

Bibliografía (2ª parte)

  • Roni Aledo, «La Tradición en la Iglesia».

Literalmente, la tradición es la enseñanza que se comunica de una generación a otra. Tradición, con «T» mayúscula se refiere a la Palabra revelada por Dios que se transmite en la Iglesia. Como tal, «Tradición» tiene dos significados estrechamente relacionados entre sí. «Tradición» es toda la Revelación, desde el comienzo de la historia hasta el final de la era Apostólica, transmitida por los fieles de generación en generación y preservada por la guía divina del Espíritu en la Iglesia instituida por Cristo. La Sagrada Tradición, más técnicamente, se refiere, dentro de la Revelación, a aquella parte que no está contenida en las Sagradas Escrituras porque no se escribió hasta más tarde. El Depósito de la Fe, de la Revelación, está compuesto por las Sagradas Escrituras (Biblia) y la Tradición apostólica.

San Pablo habla bien claro sobre la importancia de las auténticas tradiciones:

1 Corintios 11, 2: «Os alabo porque en todas las cosas os acordáis de mí y conserváis las tradiciones tal como os las he transmitido».

2 Tesalonicenses 2, 15: «Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta».

¿Acaso san Pablo se contradice? Claro que no. Él sabe discernir entre las tradiciones humanas y la Tradición de origen divino. Esta última es revelada por Jesucristo y transmitida por los Apóstoles.

Los cristianos que no aceptan la doctrina de la Iglesia hacen su propia interpretación bíblica de la cual deducen la doctrina de su Iglesia. Esta interpretación propia de su Iglesia es en efecto lo que se llama tradición. De ahí la proliferación de sectas, todas ellas apelando a la Biblia para justificar sus creencias. No se dan cuenta que mientras rechazan a la Iglesia católica por sus «tradiciones», las substituyen por las suyas propias. Esto es precisamente lo que san Pablo condena.

Este problema ya ocurría en el tiempo de san Pablo, por eso él condenó las tradiciones humanas (interpretaciones bíblicas separadas de la Iglesia) que bloqueaban la verdad revelada. Al mismo tiempo san Pablo alaba a Dios porque los corintios conservan las «tradiciones tal como os las he transmitido» (1 Cor. 11, 2).

Jesucristo fundó UNA Iglesia para que por todas las generaciones sus discípulos se mantengan unidos en la auténtica enseñanza de los Apóstoles. Solo esta es verdadera Tradición porque viene de Jesucristo y es guardada en el Depósito de Fe por gracia del Espíritu Santo. Jesucristo prometió que el engaño del maligno no corrompería la verdadera Tradición que los Papas enseñan: «Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mt. 16, 18).

En el Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 74-100) se habla de la transmisión de la Revelación divina:

«74 Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4), es decir, al conocimiento de Cristo Jesús (cf. Jn 14, 6). Es preciso, pues, que Cristo sea anunciado a todos los pueblos y a todos los hombres y que así la Revelación llegue hasta los confines del mundo: “Dios quiso que lo que había revelado para salvación de todos los pueblos se conservara por siempre íntegro y fuera transmitido a todas las generaciones” (DV, 7)».

Transmisión de la Revelación divina (ir al Catecismo):

  • La Tradición apostólica (75-79).
  • Relación entre Tradición y Sagrada Escritura (80-83).
  • Interpretación del depósito de la Fe (84-95).
  • Resumen (96-100).

«La Iglesia es la depositaria de la Revelación divino apostólica que le llega en forma de tradición oral y como palabra escrita bajo la inspiración del Espíritu Santo. Al mismo tiempo la Iglesia va progresando, con la ayuda del mismo Espíritu Santo, en la comprensión del depósito de la Revelación que ha recibido. En este sentido, la Tradición originaria va creciendo en la Iglesia y pasa a ser lo que llamamos Tradición viva de la Iglesia» (G. Aranda, «Magisterio de la Iglesia e interpretación de la Escritura»).

El Papa san Pablo VI nos habla de la imposibilidad de aplicar la herejía modernista en la Iglesia y cambiar lo incambiable de la Tradición. Sin importar la presión y la corriente o moda de los tiempos la Iglesia nunca jamás, por promesa del mismo Cristo, podrá cambiar lo incambiable de la Tradición. Pablo VI nos dice, 19 de enero de 1972, que la Iglesia nunca jamás podrá cambiar o mutar el elemento inmutable de la Tradición.

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(1) (Esta nota es nuestra, no está en el artículo original):

Elementos de la Liturgia:

Elementos materiales de la Liturgia: el Templo, el Altar, vestiduras del Papa, obispos y sacerdotes, colores litúrgicos. Elementos naturales de la Liturgia: luz, fuego, agua, saliva, aire, aceite, óleo de los catecúmenos, crisma, cera de abejas, pan y vino, sal, ceniza, incienso, flores, campanilla. Elementos humanos de la Liturgia: ceremonias del culto, actitudes, posturas y gestos que hace y vive el hombre en la liturgia. Elementos literarios de la Liturgia: el Misal, el Breviario o Liturgia de las Horas, el Ritual. Elementos artísticos de la Liturgia: la música y el arte sagrado…

Partes de la Liturgia:

La Liturgia consta de una parte que es inmutable por ser la institución divina, y de otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden y aun deben variar, si es que en ellas se han introducido elementos que no responden bien a la naturaleza íntima de la misma Liturgia o han llegado a ser menos apropiados.

Cambios en la Liturgia:

«Solo la Jerarquía puede introducir cambios en la Liturgia:

»22. §1. La reglamentación de la sagrada Liturgia es de competencia exclusiva de la autoridad eclesiástica; esta reside en la Sede Apostólica y, en la medida que determine la ley, en el Obispo.

»§ 2. En virtud del poder concedido por el derecho la reglamentación de las cuestiones litúrgicas corresponde también, dentro de los límites establecidos, a las competentes asambleas territoriales de Obispos de distintas clases, legítimamente constituidos.

»§3. Por lo mismo, nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia» (Constit. Sacrosanctum Concilium, ir a «Leer», más abajo).

Leer:

https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19651118_dei-verbum_sp.html

https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19631204_sacrosanctum-concilium_sp.html

https://ec.aciprensa.com/wiki/Tradici%C3%B3n_y_Magisterio_Vivo

https://dadun.unav.edu/bitstream/10171/6087/1/GONZALO%20ARANDA%20PEREZ.pdf

https://opusdei.org/es-es/article/tema-2-la-revelacion/